Las inauguraciones tienen listón, fotografía, discurso y aplausos. El mantenimiento, en cambio, casi nunca aparece en la portada.
No resulta emocionante anunciar que una calle recibió conservación preventiva, que una luminaria fue reparada antes de que toda la cuadra quedara a oscuras o que una alcantarilla fue limpiada antes de la temporada de lluvias. Sin embargo, esas tareas silenciosas dicen mucho más sobre la capacidad de un gobierno que algunas obras espectaculares.
Gobernar no solamente consiste en construir algo nuevo. También significa cuidar lo que ya existe.
En Ciudad Juárez conocemos demasiado bien las consecuencias de olvidar esa responsabilidad. Calles que comenzaron con una pequeña grieta y terminaron convertidas en una sucesión de baches. Parques que fueron inaugurados con entusiasmo y después quedaron sin iluminación, limpieza o vigilancia. Espacios públicos que costaron millones de pesos, pero que comenzaron a deteriorarse porque nadie previó recursos para conservarlos. El problema no siempre es la falta de infraestructura. En muchas ocasiones, es la falta de mantenimiento.
Una ciudad es propietaria de calles, parques, edificios, luminarias, semáforos, banquetas, puentes y equipamiento público. Todo eso constituye un patrimonio pagado por la ciudadanía. Abandonarlo no solamente genera una mala imagen: representa perder parte de la inversión realizada con nuestros impuestos.
Cuando una calle no recibe atención a tiempo, repararla después cuesta más. Cuando un parque se abandona, recuperarlo resulta más caro que conservarlo. Cuando una luminaria permanece apagada durante meses, el problema deja de ser únicamente de servicios públicos y comienza a convertirse también en un asunto de seguridad.
La falta de mantenimiento transforma problemas pequeños en crisis costosas.
Después llegan las lluvias y descubrimos que no se limpiaron adecuadamente los sistemas de desagüe. Aparecen las inundaciones, el tráfico se paraliza y algunas familias pierden parte de su patrimonio. Entonces comienza la administración de la emergencia: cuadrillas, declaraciones, recorridos y promesas de solución.
Pero gobernar bien no consiste solamente en reaccionar cuando el problema ya está frente a las cámaras. También implica anticiparse. La prevención rara vez genera aplausos, pero evita tragedias, reduce costos y mejora la vida diaria. Para lograrlo se necesita algo menos vistoso que una ceremonia y mucho más importante: planeación.
Una administración responsable debería contar con inventarios actualizados de la infraestructura municipal, calendarios públicos de mantenimiento, responsables definidos, presupuestos suficientes e indicadores que permitan evaluar resultados. La ciudadanía debería poder conocer cuándo será atendida una avenida, cuántas luminarias funcionan o qué parques requieren intervención.
No basta con esperar reportes y reaccionar conforme llegan. El gobierno debe recorrer, inspeccionar y detectar problemas antes de que se vuelvan insoportables.También es necesario revisar la calidad de las obras. Cuando una calle recién pavimentada comienza a dañarse, alguien debe explicar qué ocurrió. Puede existir una falla en los materiales, en la ejecución, en la supervisión o en el diseño.
Lo que no debería suceder es que la ciudadanía pague repetidamente por corregir trabajos mal realizados.Las garantías deben hacerse valer y las empresas contratadas deben responder por la calidad de lo que entregan.
Por supuesto, la responsabilidad no corresponde exclusivamente al gobierno. Los ciudadanos también contribuimos al deterioro cuando tiramos basura, dañamos mobiliario, invadimos espacios públicos o permanecemos indiferentes ante actos de vandalismo. Exigir mantenimiento también nos obliga a cuidar.
Pero no debemos confundir la participación ciudadana con la sustitución de la autoridad. Los vecinos pueden organizarse para mejorar un parque, limpiar su entorno o reportar una falla; sin embargo, pagan impuestos precisamente para contar con servicios públicos permanentes y profesionales. La voluntad de una comunidad no puede convertirse en excusa para la ausencia del gobierno.
Juárez necesita obras nuevas, especialmente en las zonas que durante años han quedado rezagadas. Pero también necesita una política seria para conservar lo construido. De poco sirve inaugurar más espacios si permitimos que los anteriores se deterioren.
La calidad de una administración no debería medirse solamente por cuántas obras comenzó, sino por cuántas funcionan correctamente años después. Gobernar también es cambiar una lámpara, reparar una banqueta, limpiar un desagüe, conservar un parque y atender una grieta antes de que se convierta en un bache.
Son acciones pequeñas frente a una cámara, pero enormes para quien transita todos los días por esa calle, espera el transporte bajo esa luminaria o lleva a sus hijos a jugar en ese parque.
Las inauguraciones muestran lo que un gobierno quiere que veamos. El mantenimiento revela lo que realmente está dispuesto a cuidar.

Josué Urrutia
Especialista en estrategia política y asuntos públicos. Su experiencia abarca comunicación institucional, vinculación con distintos sectores y coordinación de proyectos en el ámbito gubernamental, partidista y de la sociedad civil.
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