Recuerdo aquella mañana del 11 de septiembre de 2001 a la hora del desayuno. La televisión estaba encendida y, de pronto, apareció en la televisión una imagen que no parecía tener explicación: una de las Torres Gemelas de Nueva York ardiendo, cubierta por una enorme columna de humo. Los conductores de televisión hablaban, especulaban, buscaban información. Nadie parecía saber exactamente qué estaba sucediendo. El primer avión, para la mayoría de quienes estábamos frente al televisor, no fue una imagen del impacto; fue una ausencia que intentábamos explicar a partir de lo que estábamos viendo. Entonces apareció el segundo avión. Y en ese instante la imagen cambió de significado. Ya no parecía un accidente. Algo mucho más terrible estaba ocurriendo.
Después llegaron las noticias del Pentágono, del cuarto avión estrellado en Pensilvania, de las personas atrapadas en las torres y del derrumbe. Durante horas, el mundo pareció quedarse frente a las pantallas intentando comprender una realidad que todavía no tenía explicación. Primero vimos la imagen y después intentamos construir el significado. Quizá esa sea una de las características que más recuerdo de aquel día: la televisión tenía las imágenes, pero todavía no tenía las respuestas.
En las horas y días posteriores comenzó otra historia. Aparecieron las preguntas, las hipótesis, los rumores y las teorías de todo tipo. ¿Quién había organizado aquello? ¿Por qué? ¿Cómo había sido posible? ¿Qué sabía el gobierno estadounidense? ¿Había intereses económicos o políticos detrás? Muchas de aquellas especulaciones nunca pasaron de eso: especulaciones. Pero revelaban algo más profundo: cuando un acontecimiento es demasiado grande para comprenderlo, la sociedad intenta llenar los espacios vacíos con explicaciones.
Y después llegó el miedo.
No fue el nacimiento del terrorismo. El terrorismo ya existía y Estados Unidos había sufrido atentados antes de 2001. Pero el 11-S cambió la escala de la amenaza y, sobre todo, cambió su presencia en nuestra vida cotidiana. Semanas después, las cartas contaminadas con ántrax llevaron el temor hasta un objeto tan común como un sobre. Cinco personas murieron y 17 enfermaron en aquellos ataques biológicos. De pronto, un avión podía ser un arma, un sobre podía contener una amenaza, una maleta podía despertar sospechas, un objeto cotidiano podía adquirir un significado completamente diferente.
También cambió la manera de viajar. Antes del 11-S, volar todavía conservaba para muchas personas una idea de glamour, de aventura y hasta de fantasía. El avión era parte de la experiencia del viaje. Había pasajeros que podían moverse con mayor libertad, objetos que hoy parecen impensables dentro de una aeronave y una relación mucho menos obsesiva con los controles de seguridad.
Hoy millones de personas nacieron después de aquel día y nunca conocieron esa forma de volar. Para ellos, quitarse objetos, pasar filtros, mostrar documentos, esperar en filas y aceptar restricciones no es una transformación histórica: es simplemente la manera en que se viaja. Hay una generación que no perdió aquella libertad porque nunca llegó a conocerla y eso también es memoria. Veinticinco años después, el 11-S ya no pertenece únicamente a quienes lo vivimos. Para millones de jóvenes es una sucesión de fotografías y videos: las torres, el humo, los aviones, el derrumbe, los bomberos, las calles cubiertas de polvo. Para ellos, el acontecimiento existe fundamentalmente como imagen.
Y aquí aparece una paradoja que me preocupa. En 2001 teníamos una imagen y no sabíamos qué significaba. En 2026 tenemos imágenes cuyo significado parece evidente, pero ya no siempre podemos estar seguros de que aquello que muestran haya ocurrido. La inteligencia artificial está cambiando nuevamente nuestra relación con la imagen. Y no se trata de ciencia ficción. Investigadores y antiguos investigadores de empresas como Anthropic han comenzado a advertir públicamente sobre riesgos extremos asociados con sistemas de IA cada vez más capaces. Algunos incluso han planteado escenarios de pérdida de control y riesgo existencial. Son advertencias discutibles, debatidas y no predicciones inevitables, pero sería irresponsable ignorarlas.
Hace 25 años descubrimos que una tecnología diseñada para transportar personas podía convertirse en un arma. Hoy estamos construyendo tecnologías capaces de producir información, tomar decisiones y actuar sobre sistemas del mundo real a una velocidad que apenas comenzamos a comprender. Por eso, cuando miro hacia atrás y recuerdo aquella televisión encendida durante el desayuno, pienso que quizá el verdadero parteaguas del 11–S no fue solamente lo que ocurrió en Nueva York. Fue que aprendimos que el mundo podía cambiar frente a nuestros ojos antes de que tuviéramos tiempo de entenderlo. Primero vimos el humo, después vimos el avión y hoy tenemos que hacernos una pregunta todavía más incómoda: ¿Qué ocurrirá cuando ya no podamos estar seguros de que lo que estamos viendo ocurrió realmente?
Veinticinco años después del 11-S, quizá esa sea una de las grandes lecciones que todavía no hemos aprendido: la seguridad no consiste solamente en protegernos de aquello que puede hacernos daño; también consiste en aprender a distinguir aquello que es verdadero de aquello que solamente parece serlo.

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