El domingo pasado se cumplieron 179 años del desenlace de una de las batallas que más han alimentado el imaginario colectivo de las y los mexicanos. Esta fue la batalla de Chapultepec, el último esfuerzo formal que intentó el ejército mexicano para intentar defender nuestro territorio, y en el que 832 mexicanos, intentaron desesperadamente frenar el avance de 7 mil efectivos del ejército estadounidense.
En esta acción de guerra se registraron muchos actos heroicos, como los 14 disparos que recibió el coronel Felipe Santiago Xicotencatl, intentando proteger le lábaro patrio; el sacrificio del teniente Juan De la Barrera a las faldas del cerro, o el gesto patriótico de algunos de los cadetes del Colegio Militar, quienes, a pesar de haber recibido la instrucción para retirarse, decidieron quedarse a la batalla.
Lamentablemente en la conciencia colectiva de nuestro tiempo, sin importar lo conmovedor de las anécdotas reales, tras 40 años de la derrota, en pleno porfiriato se emprendió la difusión de una serie de relatos, sin forma de comprobación, pero que de alguna manera ofrecían un nuevo discurso sobre lo sucedido en la última batalla durante la defensa del Valle de México.
Hoy el relato ficticio ha abonado a que la conmemoración se centre sólo en cinco cadetes de los más de 50 que decidieron jugarse la vida, a pesar de que el deber institucional había sido liberado por parte del director del Colegio Militar, el Gral. Nicolás Bravo. Asimismo, la manera de conmemorar el hecho histórico de la batalla ha terminado por invisibilizar a personajes como el coronel Xicotencatl.
De alguna manera, en la construcción de algunos mitos nacionales se ha seguido el mismo patrón, relegando la historia verídica y comprobable, con toda su grandeza, por generar relatos poco creíbles que terminan desdibujando hechos que en muchas ocasiones son más grandes que la propaganda del mito.
Algo así esta por suceder con el tema de la posibilidad de que personas mexicanas que tengan alguna otra nacionalidad puedan acceder a espacios de poder público como gobernaturas o a la presidencia de la república. Pareciera que se nos olvida que los grandes desastres políticos y administrativos que ha enfrentado nuestro país corrieron por cuenta de mexicanas y mexicanos sin doble nacionalidad, como fue el caso de Luis Echeverría o José López Portillo,por poner algún ejemplo.
En el mismo sentido, en el relato político que nos regresa a las reglas de la presidencia de la república del siglo XX, se invisibilizan las oportunidades negadas a personas de probada capacidad y patriotismo, pero que no pudieron ser presidentes o gobernadores por su ascendencia. Por ejemplo, Don Jesús Reyes Heróles o Don Justo Sierra O´Reilly. Ello, sin mencionar que, en este discurso contra personas con doble nacionalidad, se estaría perdiendo la posibilidad de brindar la oportunidad de acceder a esos niveles de la vida pública, a casi 36 millones de personas de origen mexicano que viven en el extranjero, y que aportan, con sus remesas, uno de los ingresos más importantes de nuestro país.
Es muy poco probable que la reforma constitucional aludida sea frenada, pero existe la posibilidad de que más adelante, volvamos a hacer una reforma antes de que termine la primera mitad delsiglo XXI, y con ella podamos exiliar los fantasmas decimonónicos que privilegian los mitos sobre las realidades, y nos privan de oportunidades verdaderas de enriquecimiento de nuestra vida pública.

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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