Hay que decirlo sin rodeos porque el momento lo exige: el FC Juárez está en el peor arranque de su historia en Primera División. Siete derrotas consecutivas, cero puntos, 21 goles recibidos, un promedio de tres goles en contra por partido que los coloca en la posición 18 de 18 y en la ruta de protagonizar uno de los registros defensivos más lamentables en la historia de los torneos cortos de la Liga MX. La salida de directores técnicos, la sanción de la FIFA que les impidió por un tiempo registrar refuerzos y los rumores de venta que la directiva tuvo que salir a desmentir conforman un escenario que ningún aficionado merece y que la ciudad no puede ignorar. Los números son los que son y pretender otra cosa sería hacerle un flaco favor al equipo y a la afición.
Dicho eso, hay algo que también necesita decirse con la misma claridad: Juárez no puede darse el lujo de perder y abandonar a sus Bravos. No solo como proyecto futbolístico, sino como activo de ciudad. Tener un equipo en Primera División no es un capricho deportivo ni un lujo de temporada. Es identidad, es cohesión, es la única plataforma donde esta ciudad aparece en la pantalla del resto del país cada fin de semana con su nombre en el marcador. Cuando los Bravos juegan en el Olímpico Benito Juárez, Juárez existe para el México que no vive en la frontera. Eso tiene un valor que no aparece en ninguna hoja de cálculo.
El impacto real va mucho más allá de lo simbólico. Un partido de Liga MX en casa mueve hoteles, restaurantes, transporte, comercio informal y economía de barrio en un radio que pocas actividades locales pueden igualar. La afición visitante, llega de otras ciudades o países y genera una derrama que los empresarios locales conocen bien aunque muchas veces no lo digan en voz alta. Y hay algo todavía más importante que el dinero: en una ciudad donde los jóvenes necesitan referentes, donde el tejido comunitario se fractura por el trabajo en turnos y la distancia entre colonias, el futbol profesional ofrece algo que ninguna política pública ha logrado fabricar en laboratorio: un motivo compartido para reunirse, para gritar juntos, para sentir que se pertenece a algo más grande que el propio barrio.
Por eso este momento exige más que crítica. Exige compromiso.
El empresariado juarense, que ha visto crecer sus ventas en cada partido, tiene aquí una oportunidad concreta: acercarse al club, explorar patrocinios, hacer visible su respaldo y enviar la señal de que el proyecto tiene raíces que van más allá de la directiva.
Los medios de comunicación tenemos también una responsabilidad: Criticar es parte de nuestro trabajo. Señalar errores, cuestionar decisiones y exigir explicaciones también. Pero una cosa es ejercer periodismo deportivo y otra muy distinta convertir cada derrota en una sentencia contra todo el proyecto. La crítica ayuda cuando busca mejorar.
Y la afición, que ha tenido razones de sobra para alejarse, necesita volver al Olímpico precisamente ahora, porque los estadios vacíos no presionan a nadie, solo confirman el abandono.
Porque apoyo y exigencia no son contradictorios. Son exactamente lo mismo cuando se aplican con honestidad. Apoyar a los Bravos no significa aplaudir las goleadas ni celebrar lo que no merece celebrarse. Significa exigir con la intensidad de quien tiene algo que perder si esto se derrumba. La directiva debe construir un proyecto deportivo con identidad y horizonte real, y entender que esta ciudad merece algo más que parches de emergencia cada vez que el marcador duele. Los jugadores deben dejar en la cancha lo que la afición pone en las gradas: presencia, entrega y orgullo de representar a una ciudad que tiene más carácter del que ellos mismos a veces demuestran.
Ciudad Juárez tardó en tener un equipo en Primera División. Eso no fue casualidad ni regalo: fue el resultado de una ciudad que creció, que generó mercado, que demostró que merecía estar en la conversación del futbol mexicano. Perder eso por una crisis sería un retroceso que va mucho más allá del deporte. Los Bravos tienen diez jornadas para cambiar el rumbo. La ciudad tiene exactamente el mismo tiempo para decidir si los acompaña o los deja solos. La segunda opción nunca le ha salido bien a nadie.
Por eso hoy la ciudad debe ser más Bravo que nunca.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político



