“Patria se escribe con ‘A’ de mujer”, declaró Claudia Sheinbaum durante la inauguración de un Centro Libre para las Mujeres en Silao, Guanajuato.
La expresión fue celebrada como reconocimiento a la participación femenina en la construcción del país. Ésa es la lectura amable, pero las palabras pronunciadas desde el poder suelen tener más de una cara. A veces hasta salen con doble fondo, como ciertas maletas políticas.
La intención puede comprenderse. Sheinbaum necesitaba una frase breve, emotiva y fácilmente reproducible. El problema comienza cuando una ocurrencia de templete pretende convertirse en argumento histórico, lingüístico o filosófico. Una consigna no se transforma en verdad porque reciba aplausos.
Patria termina en “a”, pero también problema, sistema, mapa y poeta. La palabra mujer, por cierto, ni siquiera termina con esa vocal.
Según la lógica oficial, la propia mujer habría cometido la incorrección ideológica de no escribirse con “a” de mujer.
La lengua distingue entre género gramatical y sexo. Una mesa no es mujer, un sillón no es hombre y el mar no necesita someterse a cirugía lingüística para adquirir identidad. Las palabras poseen origen, evolución y significado; no cromosomas ni credencial partidista.
Patria procede del latín patria, relacionada con “pater”: padre. Se refiere a la tierra de los antepasados. Eso no la convierte en propiedad masculina ni excluye a las mujeres. Es una herencia común construida por madres y padres, hijas e hijos, mujeres y hombres.
La patria no tiene sexo: tiene historia, territorio, cultura, memoria, heridas, héroes, traidores y, para que nada falte, gobernantes aficionados a las frases publicitarias.
Aquí aparece otra cuestión. No todo feminismo busca disminuir al hombre. Muchas mujeres han combatido injusticias reales y, logrado avances indispensables. Pero existen corrientes radicales, separatistas y abiertamente misándricas que dejaron de buscar igualdad y comenzaron a promover una revancha cultural.
Dentro de esa visión, el hombre ya no responde por sus propios actos: pertenece a una clase culpable. Nació varón y, por tanto, debe cargar con la sospecha de ser opresor, violento o privilegiado. Es la antigua culpa colectiva, sólo que ahora emplea lenguaje académico, recibe presupuesto público y presume diploma en perspectiva de género.
En ese contexto, “patria se escribe con ‘A’ de mujer” puede interpretarse como una apropiación simbólica. No dice que la patria fue construida también por mujeres, sino que utiliza una pertenencia común para otorgar centralidad a un sexo mientras el otro desaparece discretamente de la fotografía.
Imaginemos que un titular del Poder Ejecutivo Federal afirmara sonriente: “México se escribe con ‘O’ de hombre”. Nadie hablaría de una metáfora inocente. Sería acusado de machista, patriarcal y excluyente.
¿Por qué la misma operación deja de ser discriminatoria cuando cambia el sexo beneficiado?
Borrar simbólicamente a la mujer se llama violencia; borrar al hombre, empoderamiento. Generalizar negativamente sobre ellas es misoginia; hacerlo sobre ellos se presenta como conciencia social. La conducta es semejante: solamente cambia quién recibe el golpe y quién administra el diccionario.
Pero todavía queda una tercera cuestión: la “A” olvidada.
Esa letra puede iniciar palabras como amor, amistad, apoyo y abnegación, pero también abusadora, acosadora, agresora, arrogante y autoritaria. No porque todas las mujeres lo sean, sino porque ninguna recibe inmunidad moral por haber nacido mujer.
La ideología contemporánea ha construido una representación casi inmaculada de lo femenino: la mujer siempre víctima, nunca victimaria; necesariamente solidaria, incapaz de abusar y moralmente superior al hombre. La realidad, bastante indisciplinada, se niega a obedecer ese guion.
Hay mujeres admirables y mujeres despreciables, como existen hombres virtuosos y perversos. Ambos pueden amar, proteger, mentir, traicionar, cuidar, acosar, construir o destruir. La bondad y la maldad no se distribuyen según el sexo. Negarlo no engrandece a la mujer: la convierte en una “estampita” ideológica sin libertad ni responsabilidad.
El tono, los gestos y la expresión con que Sheinbaum pronunció la consigna permiten percibir algo más que un juego lingüístico. Pueden interpretarse como satisfacción por adjudicar simbólicamente la patria a un sexo, aunque sería irresponsable asegurar que conocemos su intención interior. Sin embargo, las formas también comunican, especialmente cuando proceden de quien representa al Estado y gobierna a mujeres y hombres.
La igualdad no consiste únicamente en compartir derechos, espacios y reconocimientos. También exige compartir responsabilidades y consecuencias.
Una mujer verdaderamente libre no debe ser tratada como menor de edad moral, incapaz de hacer daño y siempre exculpada por las circunstancias.
Sheinbaum pudo decir que la patria también fue construida por mujeres. Habría sido verdadero, justo y suficiente. Prefirió convertir una terminación gramatical en insignia ideológica.
La mujer merece mucho más que una vocal utilizada como propaganda. El hombre no necesita ser disminuido para reconocerla. Y la patria no debe pronunciarse con desprecio hacia ninguno de sus hijos.
Ninguna letra concede superioridad moral. Lo que se oculta también existe. Y eso es, El Meollo del Asunto.

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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