Primero las noticias.
La vida se va más rápido de lo que se ha previsto.
El cuerpo se deteriora más rápido de lo que se ha pensado.
Ando en las penúltimas. Pero no me iré. El enemigo que traigo es más fuerte, infeliz y destructivo que los otros con los que he luchado. Pero hay manera de vencerlo.
Siento los interiores hechos garras, y mi piel enjuta, da por hecho un rápido final.
El enemigo piensa que ya no opongo resistencia real, y pretende apagarme en absorciones lentas.
Disfrutando su poder.
Sin embargo, siempre habrá una emulsión, una tableta, una inyección, una oración que detenga un poco la fatalidad, te restablezca y te ponga nuevamente en condiciones de lucha.
O de plano un milagro un prodigio, un portento una maravilla, que te salva de la muerte.
Para el guerrero no hay descanso; y cada cosa que atraviesa por su paso es un arma que utiliza a su favor.
Los que somos asi no tenemos miedo.
Decir “no tenemos miedo” es afirmar que el miedo no gobierna nuestras acciones.
Es una filosofía de coraje, disciplina y propósito, donde la fuerza interior supera cualquier amenaza externa.
EL ENEMIGO
Como cualquier combatiente regular, me he enfrentado muchas veces a la muerte.
Eres muy temerario, me decía mi padre cuando veía que salvaba el pellejo.
Y yo le sonreía, me sentía un Aquiles moderno.
Hasta que me enfrenté a tres enemigos verdaderamente poderosos y cabrones.
Antes de continuar quiero declarar que soy un soldado de Dios.
No puede ser de otro modo; no puedo servir a nadie más.
Esta es la tercera prueba a la que me somete Dios en esta década; en términos fatales.
Algo tengo que hacer en esta vida todavía, por lo que no me deja ir.
La primera vez que vi a este monstruo fue en 2020; le llamaban COVID. Y lo derroté en su versión más poderosa, el auténtico COVID 19.
El terror de los viejitos de sesenta y más. Yo tenía 67. ¿Lo recuerdan? Se llevó un buen chingazo de neuronas, capacidad motriz y un poco de memoria.
Pero con lo que dejó, saqué adelante la vida.
Estuve a punto de fallecer, me quedaba como el 1% de batería y en un amanecer, justo cuando el C19 me iba a dar el golpe final, se acercó a mí para checar como andaban mis signos vitales, abrí los ojos, y lo vi cerquita a sus ojos enrojecidos y le dije: “no va a ser hoy que me lleves.” Le apliqué una llave que me ayudó a quitármelo de encima y salió corriendo.
Yo aproveché para cargar energía, provisiones y no lo volví a ver hasta un año después.
Pero me fue más fácil vencerlo. Era una versión más débil.
Al segundo, lo derroté en Cuernavaca, disfrazado de Trombosis. Pero era el mismo demonio; y salí de la tumba para encarar la existencia con mucha felicidad.
Esto fue hace dos años, casi tres. Mi mujer, mis hijos, mis hermanos y algunos amigos cercanos me impulsaron para salir de la fosa.
La verdad, yo ya me había rendido, el trajín de tantos años, tantas batallas me tenían cansado.
Y regresar del Mictlán a respirar el aroma de las flores de Cuernavaca fue algo sensacional.
Yo aún era presa de la soberbia. ¡pensé que me lo merecía! Un nuevo respiro.
Y al tercero, lo enfrento hoy uniformado en color arena con un anuncio en el pecho que dice CÁNCER.
Me tomó por sorpresa; un contagio repentino, inesperado. Y en cosa de cuatro meses estoy en precarias condiciones.
Pero en la lucha.
Al enemigo lo conozco bien. Lo he visto a los ojos. Rojos por cierto. Ah ya lo había dicho.
Me habla, me amenaza, me muestra su musculatura.
Se burla, ha crecido, se ha puesto a entrenar, mientras yo me la he pasado en la milonga.
Por eso, Dios me manda al encordado así nomás a lo pelón. ¡Espabílate, cabrón! me dice desde las alturas, es mi comandante.
Dios no quiere que me vaya. Me abre puertas, me muestra caminos que habían permanecido cerrados para otros.
Me acerca a los recursos, me aleja de personas que no quieren ayudar.
Y me provee de armamento que mi enemigo desconoce.
No hablo solamente del medicamento especializado y caro, muy caro… que le disparo para debilitarlo, sino de un equipo médico muy completo que busca la gloria de haberlo vencido.
Y la fuerza del amor que me protege con los ungüentos que resanan los shingadazos diarios, los dolores intensos, el cansancio de los desvelos.
Porque la lucha es 24/7/365 y tengo turnos de enfermería familiar. Estoy cubierto.
Este monstruo tiene su lado flaco. ¡la soberbia!
Se sabe poderoso. Asesino de cuanto enemigo se le pone enfrente.
Pero a mí, no sé, me ha respetado mucho.
Me explico:
A unos les quita la piel; a otros los llena de llagas purulentas; otros, sufren mutilaciones.
Y yo, intacto. Bueno, es un decir.
C19 se llevó neuronas, memoria, hardware que luego pude restaurar.
El segundo, se fue en blanco. Me di por muerto y abandonó la pelea.
Y este tercero, como ya dije, me ha dejado sin lesiones. Va directo a matar.
Me ha quitado momentáneamente la capacidad motriz.
No puedo caminar, pero me ejercito en cama para retornar a mis caminatas matutinas.
Esto no lo percibe aún mi enemigo.
Se ha conformado con mantenerme a diario en un permanente consumo de mi masa corporal.
La sarcopenia me exhibe débil pero no ha tocado mi cerebro.
Aquí paso a describir mi ruta hacia el encontronazo final.
Líneas arriba les dije a ustedes que trae un lado flaco, la soberbia… y la vanidad.
Hace unos días, me tomó por sorpresa. Pensé que me llevaría.
Traigo en estos momentos un 6% de pila y él lo sabe, juega con el score.
Yo, recostado sobre la cama con dificultad respiratoria, los latidos apenas perceptibles de mi envejecido corazón, mis ojos entrecerrados.
Al acercarse, lo sorprendí como C19, abrí los ojos y le dije: “sabía que eras tú.”
Y me dijo… “no, no soy el mismo. ¡soy METALEPSIS! Cien veces más poderoso y destructivo que C19”.
Y se alejó.
Recuperé el aliento y el ritmo cardíaco.
¿Porqué me la perdonó?
Me tenía indefenso. Sólo era cosa de cortar el oxígeno pero no.
Me dejó información que será vital para su derrota.
Quiere ser famoso.
Cree que al derrotarme, toda la perrada caerá de rodillas ante su majestad. Y qué mejor que ponerle cuño al personaje.
Esto lo vuelve más descuidado y desde luego, más indefenso.
Pero tomaré ese reto y lo haré famoso.
Traigo más rollo. Otro capítulo sobre mi poderoso ejército de orcos y su conversión hacia el poder divino.
Pero me cansé.
El trabajo literario es muy pesado. Se necesita traer la pila bien cargada y yo ni al 10% la traigo.
Hay que revisar notas, tarjetas, ponerle un poco de aderezo a la escritura y la verdad, por hoy quedé exhausto.
Lidiar con el cansancio natural que deja Metalepsis y el dolor permanente de todo el cuerpo, producto de la enfermedad es agobiante.
Nos leemos luego…

Raúl Ruiz
Abogado. Analista Político. Amante de las letras.
CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.
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