Hace tiempo que quería hablar de este tema por muchas razones. La primera, porque el Instituto Mexicano del Seguro Social, el IMSS, es una institución a la que aprecio profundamente. Fue la institución que dio empleo a mis padres durante más de 30 años, el lugar al que ambos dedicaron gran parte de su vida profesional y al que entregaron su vocación con un enorme sentido de responsabilidad y orgullo.
La segunda razón es todavía más personal: el IMSS es el lugar donde nací y donde fui atendida por un equipo médico y humano extraordinario. Mi historia personal está, de alguna manera, ligada a esta institución.
Y la tercera razón es que, más allá de cualquier ideología política, el modelo de seguridad social que representa el IMSS es una de las grandes construcciones institucionales de nuestro país. La idea de brindar atención médica y protección social a millones de trabajadores y sus familias fue, en su momento, un proyecto profundamente innovador. El IMSS ha sido durante décadas uno de los pilares de la vida social de México y una institución que, con todos sus problemas, ha atendido a generaciones enteras de mexicanos.
Por eso precisamente me preocupa lo que estamos viendo. Hoy no quiero hablar solamente de lo bueno. También debemos hablar del contraste que existe entre lo que el IMSS representa y la realidad que enfrentan miles de derechohabientes y trabajadores todos los días. Durante los últimos años hemos visto decisiones, omisiones y una serie de negligencias administrativas que han debilitado una institución que debería ser prioridad para cualquier gobierno, independientemente de su partido.
Pero hay algo más que también me gustaría poner sobre la mesa. El Partido Acción Nacional ha emprendido en Chihuahua una campaña con espectaculares que dicen: “El IMSS y nada es lo mismo”. Me parece una campaña contundente y necesaria para visibilizar el deterioro de los servicios de salud. Sin embargo, creo que está incompleta.
Porque cuando hablamos del IMSS que hoy tenemos que cuestionar, debemos dejar muy claro que hablamos del IMSS que la actual administración ha dejado deteriorarse. No hablamos de sus médicos. No hablamos de sus enfermeras. No hablamos de sus trabajadores administrativos, camilleros, laboratoristas, personal de limpieza o de todos aquellos que, desde sus diferentes responsabilidades, hacen lo posible para que la institución siga funcionando.
Ellos también son víctimas de este deterioro. Conozco personalmente historias de trabajadores del IMSS que viven con una enorme frustración. Personas que llegan todos los días a su trabajo queriendo hacer bien las cosas, pero que muchas veces no cuentan con los insumos mínimos para realizar su labor. Trabajadores que, en ocasiones, tienen que resolver con recursos propios lo que la institución no les proporciona. Personas que terminan dando la cara frente a los pacientes y sus familias por decisiones que no tomaron y por carencias que no provocaron.
Son ellos quienes tienen que explicar por qué un paciente llega a la farmacia y no encuentra completo su tratamiento. Son ellos quienes enfrentan la angustia de saber que hay personas que necesitan medicamentos indispensables para enfermedades graves y que no pueden recibirlos oportunamente. Son ellos quienes escuchan el reclamo de las familias, quienes reciben el enojo y la desesperación de los pacientes y quienes, muchas veces, no tienen una respuesta que ofrecer.
También existen historias preocupantes sobre la falta de insumos para procedimientos quirúrgicos, problemas de mantenimiento, equipos que requieren calibración y condiciones de infraestructura que pueden poner en riesgo la atención de los pacientes. Hay preocupación por el funcionamiento de equipos indispensables para conservar vacunas y medicamentos, así como por las condiciones en las que trabajan quienes tienen la responsabilidad de cuidar nuestra salud.
Y mientras todo esto ocurre, muchas veces existe una realidad que permanece en silencio. Los trabajadores no pueden denunciar públicamente todo lo que ven porque tienen miedo de perder su empleo. Los pacientes tienen miedo de reclamar porque necesitan seguir recibiendo atención. Y las familias, desesperadas, terminan aceptando como normal algo que nunca debería serlo.
Pero también hay otra parte de la historia que no estamos discutiendo lo suficiente. Los empresarios que cada mes pagan miles de pesos en cuotas para que sus trabajadores tengan seguridad social. Los trabajadores que cotizan durante años esperando tener acceso a una atención médica digna. Las familias que confían en que, cuando llegue una enfermedad, un accidente o una emergencia, habrá una institución capaz de responder.
Y cuando el sistema no responde, muchos terminan pagando nuevamente por fuera. Pagan consultas privadas, medicamentos, estudios y cirugías. En muchos casos, incluso recurren a seguros médicos adicionales o a clínicas privadas para poder recibir una atención oportuna y regresar a trabajar.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué está pasando con el dinero de los trabajadores y de los empresarios? ¿Por qué una institución que recibe recursos de millones de mexicanos no puede garantizar lo más básico?
El IMSS y nada… ¿es lo mismo? No. No debería serlo. Porque el IMSS no es solamente un edificio, una farmacia vacía o una consulta que tarda meses en llegar. El IMSS son también miles de médicos, enfermeras y trabajadores que todos los días hacen esfuerzos extraordinarios en condiciones que muchas veces son inaceptables.
La oposición tiene todo el derecho y la obligación de señalar lo que está mal. Pero también tiene la responsabilidad de reconocer que dentro del IMSS existe un enorme capital humano que merece respeto y respaldo. No podemos permitir que la crítica al gobierno termine convirtiéndose, injustamente, en una crítica contra quienes sostienen la institución desde adentro.
Y los ciudadanos tampoco podemos permanecer indiferentes. Nos hemos acostumbrado demasiado a escuchar historias de pacientes que entran por una fractura y terminan enfrentando complicaciones graves; de familias que esperan meses por una cirugía; de personas que no encuentran sus medicamentos; de equipos que no funcionan o de tratamientos que se retrasan. Lo más peligroso es que hemos comenzado a verlo como algo normal. No lo es. El IMSS debe preocuparnos, pero también debe ocuparnos.
Debe ocuparnos exigir transparencia, exigir resultados y exigir que cada peso destinado a la salud sea utilizado correctamente. Debe ocuparnos defender a los trabajadores que cumplen con su responsabilidad y denunciar a quienes, desde posiciones de poder, toman decisiones que ponen en riesgo la vida de los pacientes. El IMSS es de todos. Es de los trabajadores que cotizan. Es de los empresarios que aportan. Es de los médicos y enfermeras que ahí laboran. Es de las familias que dependen de sus servicios. Y es también de quienes, como yo, tenemos una historia personal vinculada a esta institución y no queremos verla desaparecer o convertirse en una sombra de lo que alguna vez fue. Por eso, si una campaña política dice que “El IMSS y nada es lo mismo”, yo agregaría algo más:
El IMSS no es nada sin sus trabajadores. Y sus trabajadores no pueden hacer nada si quienes dirigen la institución no les dan las herramientas para cumplir con su misión. No debemos permitir que una institución tan importante se siga deteriorando en silencio. El IMSS debe preocuparnos. Pero, sobre todo, debe ocuparnos. Porque defender el derecho a la salud no debería ser una bandera de partidos. Debería ser una exigencia de todos.

Marisela Terrazas
Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.
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