El día que el mito se quedó sin equipo

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Hay derrotas que no solo cambian el marcador. Hay derrotas que modifican la historia, alteran los símbolos y obligan a replantear los relatos que durante años parecían inamovibles. La final de la Copa del Mundo de 2026 fue una de ellas. España levantó su segundo título mundial al derrotar a Argentina por la mínima diferencia en los tiempos extras, impidiendo que Lionel Messi escribiera el último capítulo perfecto de una carrera irrepetible. Más que la derrota de una selección, fue la caída de una narrativa que durante casi dos décadas colocó a un hombre en el centro del universo futbolístico.

La Copa del Mundo ha sido, desde 1930, mucho más que un torneo de fútbol. Veintitrés ediciones han construido el evento deportivo más importante del planeta. Solo ocho países han logrado conquistarla: Brasil, Alemania, Italia, Argentina, Uruguay, Francia, Inglaterra y ahora España, que alcanza su segundo campeonato. Apenas Italia (1934-1938) y Brasil (1958-1962) habían conseguido defender exitosamente el título. Argentina tenía hoy la posibilidad de convertirse en la tercera selección bicampeona de la historia. No ocurrió.

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Y es que ganar un Mundial significa mucho más que levantar un trofeo. Significa prestigio internacional, identidad nacional, influencia cultural, millones de dólares en premios, incremento en el valor comercial de los futbolistas, fortalecimiento de la marca país y un lugar permanente en la memoria colectiva. Una Copa del Mundo redefine generaciones completas y convierte a sus protagonistas en patrimonio simbólico de una nación.

Pero el Mundial tampoco sería el fenómeno global que conocemos sin la transformación comercial impulsada por la FIFA durante la segunda mitad del siglo XX. La alianza con Adidas marcó un punto de inflexión. La empresa alemana no solo vistió selecciones o fabricó balones; ayudó a construir una identidad visual reconocible para cada edición del torneo. El balón oficial dejó de ser un simple implemento deportivo para convertirse en un objeto cultural, en un signo capaz de representar una época completa del fútbol.

A la par apareció otro actor decisivo: Coca-Cola. Convertida en el primer gran patrocinador corporativo de la FIFA, abrió el camino hacia el modelo moderno de patrocinio internacional. El fútbol dejó de depender exclusivamente de la taquilla para convertirse en un gigantesco ecosistema económico donde convivían derechos de televisión, mercadotecnia, publicidad y consumo global. El Mundial ya no era solamente una competencia; era una marca planetaria.

Quizá por eso el gesto de Cristiano Ronaldo durante la Eurocopa de 2021 adquirió una dimensión tan poderosa. Bastó con apartar dos botellas de Coca-Cola y levantar una botella de agua para provocar una conversación mundial sobre salud, patrocinio y poder de las celebridades. Aunque nunca pudo demostrarse que aquel movimiento fuera el responsable directo de la caída bursátil de la empresa, el episodio dejó una lección invaluable: en el deporte contemporáneo los símbolos pueden llegar a tener tanto impacto como los goles. Un gesto puede desafiar millones de dólares en inversión publicitaria.

En ese contexto debe entenderse la construcción de Lionel Messi. Reducir su legado al marketing sería absurdo; su talento está fuera de toda discusión. Sin embargo, tampoco sería intelectualmente honesto ignorar que la figura del argentino trascendió el terreno de juego gracias a una compleja red de instituciones, patrocinadores, medios de comunicación y plataformas digitales. Adidas encontró en Messi al embajador perfecto; la FIFA hizo de sus logros parte central del relato contemporáneo del fútbol; las campañas publicitarias, los documentales, las transmisiones y las redes sociales terminaron por convertirlo en mucho más que un futbolista: en un símbolo global.

Los mitos deportivos no nacen únicamente del rendimiento. Se consolidan cuando existe una estructura capaz de amplificar cada victoria y convertir cada imagen en patrimonio cultural. Messi representa, probablemente, la construcción simbólica más exitosa de la historia reciente del deporte. Precisamente por eso la final de hoy resulta tan significativa.

España no derrotó solamente a Argentina; desarticuló el escenario ideal sobre el que descansaba el último gran capítulo del mito. Durante buena parte del encuentro el conjunto argentino renunció a imponer condiciones. El planteamiento fue prudente, reactivo y diseñado para contener antes que para atacar. Messi pasó demasiados minutos lejos del área, obligado a retroceder para participar en la circulación del balón, mientras España dominaba la posesión y el ritmo del partido. La sensación fue evidente: Argentina jugó más preocupada por sobrevivir que por potenciar a su máxima figura.

Si el objetivo era construir el bicampeonato alrededor del mejor futbolista de su generación, la estrategia terminó produciendo el efecto contrario. El equipo protegió el resultado antes que el talento. Y cuando Ferran Torres marcó el gol definitivo en la prórroga, no solo terminó una final; terminó la posibilidad de que Argentina ingresara al exclusivo grupo de selecciones bicampeonas del mundo.

La historia juzgará a Messi como uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos. Eso ya nadie podrá modificarlo. Pero esta final recordó una verdad incómoda: incluso los mitos necesitan que el colectivo los sostenga. Ninguna leyenda gana sola.

Mientras tanto, México sigue observando el Mundial como un espectador privilegiado. Somos extraordinarios organizadores, excelentes consumidores del espectáculo y un mercado indispensable para la FIFA, pero profundamente incapaces de construir un proyecto deportivo de largo plazo. Nos emociona recibir inauguraciones, vender camisetas, llenar estadios y romper récords de audiencia, pero seguimos confundiendo negocio con desarrollo futbolístico. Mientras otros países forman futbolistas, nosotros fabricamos campañas publicitarias.

Quizá esa sea la mayor lección que deja este Mundial. Los campeones no se improvisan cada cuatro años; se construyen durante décadas. España entendió esa lógica. Argentina la sostuvo durante años alrededor de Messi. México, en cambio, continúa apostando por la inmediatez. Y mientras esa mentalidad no cambie, seguiremos celebrando los Mundiales… pero siempre desde la tribuna.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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