Pensar ha sido, desde siempre, el rasgo que mejor distingue a nuestra especie. Antes de construir ciudades, inventar la rueda o llegar a la Luna, el ser humano aprendió a hacer algo que cambió para siempre su destino: cuestionar. Pensar no consiste únicamente en acumular información; implica dudar, contrastar, interpretar y tomar decisiones. Por eso llamó mi atención la noticia de un profesor chino que decidió poner a prueba, no a una inteligencia artificial, sino a sus propios estudiantes.
Xiao Yanghua, profesor de la Universidad Fudan, China, diseñó un examen poco convencional. En lugar de pedir respuestas correctas, pidió a sus alumnos elaborar preguntas capaces de hacer fallar a distintos modelos de inteligencia artificial. El objetivo no era demostrar que la tecnología es imperfecta. La verdadera intención era comprobar si los estudiantes conservaban la capacidad de reconocer cuándo una máquina se equivoca.
La anécdota parece lejana. Ocurrió en una universidad del otro lado del mundo. Sin embargo, la pregunta que plantea nos alcanza a todos: ¿seguimos pensando por nosotros mismos o estamos comenzando a delegar esa responsabilidad?
No tengo dudas de que la inteligencia artificial representa uno de los avances tecnológicos más importantes de nuestro tiempo. Negarlo sería tan absurdo como haber rechazado la electricidad, Internet o los teléfonos inteligentes. Su capacidad para procesar información, redactar textos, analizar datos o generar imágenes es extraordinaria. El problema nunca ha sido la herramienta. El problema aparece cuando dejamos de verla como una herramienta y comenzamos a tratarla como una panacea. La diferencia es mucho más profunda de lo que parece. Una herramienta amplía nuestras capacidades; una panacea pretende sustituirlas.
Quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a la fotografía conocemos perfectamente esa distinción. Una cámara puede ser más rápida, más precisa y ofrecer una calidad de imagen extraordinaria. Puede incorporar inteligencia artificial para mejorar el enfoque, corregir la exposición o eliminar el ruido. Pero ninguna cámara ha tomado, por sí sola, una gran fotografía. La cámara registra la luz; el fotógrafo decide dónde mirar. La herramienta captura el instante; el ser humano encuentra el significado.
Con la inteligencia artificial ocurre exactamente lo mismo, puede redactar un texto impecable, resumir un libro en segundos o resolver problemas complejos con una velocidad sorprendente. Pero sigue siendo incapaz de asumir aquello que da sentido al conocimiento: el juicio crítico. La inteligencia artificial responde; el ser humano decide qué hacer con esa respuesta.
Y, sin darnos cuenta, ahí es donde estamos cediendo terreno, cada vez con mayor frecuencia dejamos de verificar la información porque “la inteligencia artificial lo dijo”. Dejamos de contrastar ideas porque es más cómodo aceptar la primera respuesta. Poco a poco, la facilidad está desplazando al esfuerzo intelectual, y la inmediatez comienza a sustituir a la reflexión. No estamos perdiendo la capacidad de pensar porque exista una inteligencia artificial; corremos el riesgo de perderla porque hemos comenzado a renunciar al ejercicio de pensar.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza del profesor Xiao Yanghua. El examen nunca fue para la máquina. El examen era para los estudiantes. Y, de alguna manera, también lo es para todos nosotros. Mientras algunas universidades del mundo ya están replanteando la forma en que enseñan para desarrollar pensamiento crítico frente a la inteligencia artificial, en México seguimos discutiendo si debe permitirse o prohibirse su uso en las aulas. Continuamos reaccionando ante la tecnología en lugar de prepararnos para convivir con ella. Llegamos tarde a la revolución digital y hoy corremos el riesgo de repetir la historia con la inteligencia artificial. El problema no es únicamente tecnológico; es educativo, cultural y, sobre todo, estratégico.
No necesitamos formar generaciones que sepan pedir respuestas a una máquina. Necesitamos formar ciudadanos capaces de cuestionarlas. Porque el conocimiento no consiste en obtener información, sino en comprenderla, discutirla y utilizarla con responsabilidad. Esa diferencia marcará el futuro de las personas, de las universidades y también de los países.
La inteligencia artificial seguirá evolucionando, será más rápida, más precisa y, probablemente, más útil, eso es inevitable. Lo que todavía depende de nosotros es decidir qué lugar ocupará en nuestras vidas. Si la entendemos como una herramienta, potenciará nuestras capacidades. Si la convertimos en una panacea, terminará sustituyendo aquello que nos hace verdaderamente humanos.
Pensar sigue siendo un acto profundamente humano pero, como toda capacidad que deja de ejercerse, también puede atrofiarse. Tal vez ese sea el verdadero riesgo de nuestra época. No que las máquinas aprendan a pensar como nosotros, sino que nosotros dejemos de hacerlo porque creemos que ellas ya lo hicieron.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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