Hay momentos que nos recuerdan que ser mexicano es mucho más que un lugar de nacimiento. Es una identidad que se construye con emociones compartidas, con símbolos que nos unen y con historias que nos hacen sentir parte de algo más grande que nosotros mismos. Este domingo vivimos uno de esos momentos.
Lo que hizo nuestra Selección Mexicana de Futbol nos llenó profundamente el corazón de orgullo, de emoción, de pasión y, sobre todo, de esperanza. Ver a un grupo de jóvenes talentosos dejar absolutamente todo en la cancha hasta el último minuto fue un recordatorio de que la entrega, la disciplina y el trabajo en equipo siguen siendo valores capaces de inspirar a millones de personas.
Por unas horas desapareció ese pesimismo tan arraigado del “siempre perdemos” para dar paso a una pregunta mucho más poderosa: “¿Y si sí?”. Ese cambio de mentalidad vale tanto como cualquier campeonato. Porque la esperanza también se contagia.
Los hogares se llenaron de familias reunidas frente al televisor. Los restaurantes, las plazas públicas y los estadios donde se transmitió el partido lucieron abarrotados. Las banderas mexicanas volvieron a ondear con orgullo y, sin importar diferencias políticas, económicas o sociales, millones de personas compartimos una misma emoción.
Desde una perspectiva antropológica, el futbol sigue siendo uno de los fenómenos de identidad colectiva más importantes que tiene nuestro país. No es únicamente un deporte; es un espacio donde los mexicanos encontramos un lenguaje común. Nos abrazamos con desconocidos cuando cae un gol, sufrimos juntos cada jugada y celebramos como si todos fuéramos parte del mismo equipo.
Esa capacidad de unirnos es, sin duda, uno de los mayores orgullos nacionales.
Pero así como existen hechos que nos llenan de esperanza, también existen otros que nos avergüenzan profundamente.
En los últimos días conocimos un caso particularmente grave ocurrido en Ciudad Juárez. Cinco elementos de la Guardia Nacional fueron detenidos por su presunta participación en secuestros exprés y extorsiones contra pasajeros que llegaban al Aeropuerto Internacional Abraham González. De acuerdo con la investigación de la Fiscalía General de la República, las víctimas eran retenidas ilegalmente y obligadas a entregar dinero para recuperar su libertad. Los agentes enfrentan procesos penales por delitos cometidos durante el ejercicio de sus funciones.
La sola existencia de un caso como éste resulta indignante.
Porque cuando quienes portan un uniforme y representan al Estado utilizan esa autoridad para delinquir, el daño trasciende a las víctimas directas. Se rompe la confianza ciudadana en las instituciones encargadas de protegernos. Se lastima la imagen del país y se desacredita el trabajo honesto de miles de elementos de seguridad que sí cumplen diariamente con su deber.
También han circulado durante los últimos días denuncias de operadores de autobuses internacionales y de pasajeros que afirman la existencia de cobros ilegales para evitar revisiones al ingresar a México desde Estados Unidos. Son señalamientos graves que, de comprobarse, representarían una práctica inadmisible de corrupción y un enorme riesgo para la seguridad nacional, además de proyectar una pésima imagen para quienes visitan nuestro país. Hasta el momento, estas denuncias deben ser investigadas y esclarecidas por las autoridades competentes, pues la confianza pública exige respuestas claras y transparentes.
Y es precisamente ahí donde debemos hacer una reflexión.
No podemos permitir que el orgullo nacional dependa únicamente de lo que ocurre durante noventa minutos en una cancha de futbol. Nuestro verdadero orgullo debería construirse todos los días: cuando un servidor público actúa con honestidad, cuando un policía protege a los ciudadanos en lugar de aprovecharse de ellos, cuando una institución responde con eficacia y cuando el Estado castiga sin contemplaciones a quienes traicionan la confianza de la sociedad.
México tiene razones de sobra para sentirse orgulloso. Somos un país de gente trabajadora, solidaria y resiliente. Somos líderes en muchos sectores, contamos con una riqueza cultural incomparable y seguimos demostrando que, cuando nos unimos, somos capaces de alcanzar grandes cosas.
Pero precisamente porque amamos a nuestro país, también tenemos la obligación de señalar aquello que no funciona.
El patriotismo no consiste en cerrar los ojos frente a los problemas. Al contrario. Amar a México significa exigir instituciones honestas, denunciar la corrupción, defender el Estado de derecho y no normalizar aquello que tanto daño nos ha hecho durante décadas.
Celebremos a nuestros deportistas cuando nos regalan momentos inolvidables. Sintámonos orgullosos de quienes representan con dignidad el nombre de México dentro y fuera de nuestras fronteras. Pero al mismo tiempo, levantemos la voz cuando quienes deberían cuidar de nosotros olvidan que el uniforme representa un compromiso con la legalidad y con la ciudadanía.
Sigamos buscando todos los días motivos para sentirnos orgullosos de ser mexicanos. Y con la misma convicción, no dejemos de denunciar aquello que no nos representa. Porque el México que queremos construir necesita tanto de nuestras celebraciones como de nuestra capacidad para exigir que las cosas se hagan bien.

Marisela Terrazas
Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.
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