¡Con la camiseta puesta!

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Escribo estas palabras con la camiseta puesta. Sí, con la verde. Con la de la Selección Mexicana. Pero, sobre todo, con la camiseta de mi país.

Durante estos días vimos algo que pocas cosas consiguen en un México tan diverso, tan complejo y, muchas veces, tan dividido: millones de personas latiendo al mismo ritmo. En las casas, en los restaurantes, en las plazas, en las oficinas, en las redes sociales. Personas que normalmente no coinciden en casi nada, coincidiendo en un solo grito: ¡Vamos, México!

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Y qué maravilloso viaje nos regaló esta selección.

Nos hizo sufrir. Nos hizo celebrar. Nos hizo creer. Nos hizo soñar.

No importa si uno es un aficionado que conoce de memoria cada convocatoria o si, como muchos, solo se pone frente al televisor cuando juega México. Durante noventa minutos desaparecieron las diferencias. No preguntábamos por ideologías, religiones, clases sociales o profesiones. Solo queríamos una cosa: que nuestro país ganara. Y vaya que hubo razones para emocionarnos.

Raúl Jiménez volvió a demostrar que la experiencia también sabe reinventarse. Después de tantas pruebas personales y deportivas, encontró la manera de seguir siendo un líder dentro y fuera de la cancha.

Julián Quiñones aportó esa intensidad que contagia, esa fuerza que nunca deja de pelear una pelota y que recuerda que el esfuerzo también inspira.

Erik Lira fue el equilibrio silencioso. De esos jugadores que quizá no siempre aparecen en los encabezados, pero cuya inteligencia, disciplina y entrega sostienen al equipo cuando más lo necesita.

Marcel Ruiz confirmó que el talento joven también puede jugar con personalidad y madurez. Gilberto Mora, con su frescura y desparpajo, nos recordó que el futuro siempre llega más rápido de lo que imaginamos cuando encuentra oportunidades.

Y qué decir del “Piojo” Alvarado. Incansable. Generoso. Siempre dispuesto a correr un metro más por el compañero. De esos futbolistas que entienden que el éxito colectivo vale mucho más que cualquier lucimiento individual.

Podríamos seguir nombrando a muchos más. Porque precisamente esa fue la grandeza de este equipo: no dependió de un solo héroe. Ganó porque entendió que el escudo pesa más que el apellido.

Mientras veía los partidos pensaba en algo que va mucho más allá del futbol.

Porque sí, nuestro país sigue teniendo heridas profundas. No se olvidan las madres que buscan a sus hijos desaparecidos. No desaparece la violencia que viven tantas mujeres. No dejan de existir la pobreza, la inseguridad, las desigualdades ni los enormes retos que enfrentamos todos los días.

Nada de eso se borra con un campeonato. Pero tampoco podemos ignorar la lección que el deporte acaba de regalarnos. Cuando México juega unido, es capaz de cosas extraordinarias.

En la cancha nadie se queda parado esperando que otro resuelva el partido. Todos corren. Todos se sacrifican. Todos entienden que si uno falla, el equipo entero lo resiente; pero también que si uno se levanta, los demás lo acompañan.

¿No es exactamente esa la actitud que necesitamos como sociedad?

Ponerse la camiseta por México no debería ser una emoción reservada para un torneo internacional. Debería ser una decisión cotidiana. La del ciudadano que respeta la ley. La de quien ayuda a su vecino. La del servidor público que trabaja con honestidad. La del empresario que genera oportunidades. La del maestro que forma generaciones. La del periodista que informa con responsabilidad. La del joven que decide construir en lugar de destruir.

Porque ningún país sale adelante esperando que alguien más haga el trabajo.

Los mexicanos ya demostramos que sabemos empujar juntos. Que sabemos ilusionarnos juntos. Que sabemos abrazarnos sin preguntar de qué equipo, de qué estado o de qué partido somos.

Tal vez el verdadero triunfo de esta selección no fue solamente levantar un trofeo. Fue recordarnos, aunque fuera por unos días, la enorme fuerza que tenemos cuando dejamos de lado lo que nos divide y abrazamos aquello que nos une.

Ojalá esa camiseta verde no vuelva al clóset hasta el próximo torneo. Ojalá aprendamos a vestir, todos los días, la camiseta de México. Porque entonces sí podríamos empezar a ganar los partidos más importantes.

¿Y si sí nos unimos siempre? ¿Y si sí empujamos a México como empujamos juntos el barco por la Selección?

Quizá descubramos que el país que soñamos no depende de once jugadores en una cancha. Depende de más de ciento treinta millones de mexicanos decidiendo, todos los días, jugar en el mismo equipo.

Y ese campeonato, el más importante de todos, todavía está por conquistarse.

ADN Daniela GonzalezLara
Daniela González Lara

Abogada y Dra. en Administración Pública, especializada en litigio, educación y asesoría legislativa. Experiencia como Directora de Educación y Coordinadora Jurídica en gobierno municipal


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