Cada quien mira las gráficas desde la comodidad donde quiere pararse.
Esta semana Polls.mx presentó los números de Coahuila como una historia simple de tendencias fáciles: el PRI crece, Morena cae, lo que lleva a la construcción de la narrativa bandera del “carro completo” que confirma que al partido guinda se le puede derrotar. La lectura es cómoda, redonda, útil para el consumo rápido de redes: una línea sube, otras bajan, y con eso se pretende explicar toda una elección.
Sin embargo, una gráfica no explica sola una jornada electoral. Si acaso, apenas acomoda los resultados para visualizarse más cristalinos de lo que fueron.
El dato que brinca no es únicamente que el PRI suba y Morena baje. Eso es lo obvio y además de todo, lo esperado.
Lo verdaderamente llamativo es el patrón subyacente del que nadie habla de fondo: prácticamente todos los partidos pierden terreno, algunos al borde de la nulidad política en la entidad, mientras el PRI y su socio UDC – de Manolo Jiménez – aparecen como los únicos beneficiarios claros de una elección marcada por observaciones graves, videos de presunta compra de voto y señalamientos sobre pagos administrados mediante códigos QR.
Ahí es donde la celebración se vuelve sospechosamente cómoda.
El PRI Coahuilense no es un partido cualquiera tratando de sobrevivir en el desierto. Es una maquinaria política con décadas de control, aceitada desde los gobiernos de los Moreira y actualizada bajo el mando de Manolo Jiménez. En el norte conocemos bien ese tipo de estructuras: no siempre gritan, no siempre amenazan, no siempre necesitan hacerlo. Operan desde el empleo, la gestoría, el miedo al abandono, la promesa de seguridad, la cercanía con sindicatos, colonias, programas sociales y liderazgos locales. La vieja política no desapareció en esta región con la transición democrática; aprendió a hablar en lenguaje digital.
Por eso el asunto del QR no debe verse como una anécdota folclórica ni como simple pataleo poselectoral, porque de fondo lleva mucho de verdad por las evidencias. Si se confirma que hubo una plataforma para administrar pagos, validar votos y movilizar electores, estaríamos ante una versión modernizada del mapache electoral: menos torta y frutsi, más base de datos; menos libreta de promotor, más código escaneable. La tecnología no vuelve limpio un fraude, sólo más fluido y eficiente.
También hay que decirlo: Morena no puede convertir toda derrota en conspiración. Coahuila ha sido históricamente un terreno difícil para la 4T, y sus errores internos, candidaturas débiles o falta de arraigo local también cuentan. La marca nacional no sustituye al trabajo de tierra. En estados como Coahuila y Durango, las identidades políticas tienen raíces propias, redes propias y agravios propios. Creer que una ola nacional basta para ganar cualquier elección es otra forma de soberbia.
Pero una cosa es reconocer la debilidad de Morena en Coahuila y otra muy distinta aceptar sin preguntas una elección donde el oficialismo estatal arrasa, su partido satélite crece y el resto del sistema partidista se desploma.
El PAN, Movimiento Ciudadano, el Verde y otras fuerzas locales reducidas a cifras mínimas no hablan sólo de una preferencia ciudadana; hablan de un ecosistema político donde la competencia parece estrecharse hasta dejar de parecer competencia para convertirse en un patrón.
Y aquí la pregunta no es sólo para Morena. ¿Acaso el PAN, MC y PVEM no van a reclamar su lugar, su espacio, su historia, su tradición? ¿Se dejarán pisotear hasta el exterminio en Coahuila, donde todo apunta a un fraude político de épicas dimensiones?
¿De verdad callarán?
Sé, de antemano, que callarán. Porque aceptarlo sería admitir también el vehículo que se está preparando rumbo a 2027. Porque esto no fue solamente una elección local ni un exceso aislado de la maquinaria coahuilense, en mi opinión: fue un experimento. Una prueba de resistencia. Un ensayo para medir hasta dónde se puede estirar el control territorial, la compra del voto, la administración digital de la lealtad, empezando por la resignación de los partidos que hoy prefieren hacerse pequeños, para enfrentar al poder nacional después.
Por ello, desde mi óptica, se trata de una pérdida controlada en un territorio que de cualquier forma no iban a ganar. Mejor guardar silencio, calcular daños, conservar acuerdos sordos y mirar hacia adelante. Pero esa lógica pragmática tiene un costo: normaliza el atropello como parte de aceptar ser disminuido por una negociación mayor, entonces se dejan de comportar como fuerza política y empiezan a operar como accesorio del régimen local que dice combatir.
Porque si PAN, MC y PVEM aceptan mansamente una elección que los borra del mapa coahuilense, no estarán reconociendo una derrota democrática: estarán firmando su acta de defunción frente a una maquinaria que hoy les pasa por encima y mañana ni siquiera necesitará simular que compite con ellos.
La frase más tramposa de estos días es esa de que Coahuila demuestra que se puede vencer al “régimen dictatorial” morenista. Si fuera dictadura, para empezar, no habría elecciones competitivas ni alternancias estatales ni congresos disputados. Pero el abuso del concepto sirve para fabricar épica opositora donde quizá sólo hubo aparato, dinero, control territorial y una elección que merece revisión. Llamarle dictadura a todo lo que no nos gusta empobrece el debate; llamar democracia a cualquier conteo, aunque huela raro, lo envilece. Segundo, en Coahuila no se le ganó a Morena, Morena misma nunca fue opción electoral en Coahuila, no lo digo yo, lo anticiparon diversos analistas de costa a costa y de frontera a frontera. Coahuila es claro que es del PRI. Se podrán resolver los señalamientos de la jornada, pero no cambiará el resultado.
Y luego está Alito Moreno, soñando con que ganó Coahuila por alguna virtud propia, por conveniencia acomodaticia o por esa necesidad de colgarse medallas ajenas que se ha vuelto costumbre en la dirigencia nacional del PRI. Pero Alito no ganó Coahuila. Alito no ha ganado casi nada por sí mismo. Quienes operaron fueron los de antes: el PRI que todavía sabe hacer trabajo de campo, los caciques regionales de Durango y Coahuila, incluida por supuesto la zona Lagunera, esa franja donde la política se mezcla con tierra, agua, dinero, influencia y viejas lealtades. Ergo, ganó el enorme capital agroindustrial y ganadero de la región, ese poder que no se ve en las boletas, pero que pe$a en las urnas.
La gráfica de Polls.mx puede leerse como triunfo priista. Sí. Pero también puede leerse como advertencia. Porque los números no sólo dicen quién ganó; a veces revelan cómo se ordenó el tablero para que nadie más pudiera ganar.
Así, en Coahuila, más que una victoria electoral, lo que asoma es la persistencia de una vieja escuela política que entendió antes que muchos que el siglo XXI no acabó con el clientelismo: apenas le puso código QR.

David Gamboa
Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.
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