Still Believe

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La soberanía como rareza

En medio de una comparecencia común entre pares, en casa, Markwayne Mullin se refiere a la reciente visita a México de manera positiva, con mayor colaboración que en el gobierno anterior y enfatiza “estamos impresionados”. Su discurso no escandaliza, se recibe como agua fresca en la relación; sin embargo, percibo un gesto nimio que se deja vagando en el aire…

El secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos dijo que México ha sido “muy cooperativo” y luego añadió: “Pero todavía creen en su soberanía y tenemos que respetar eso”. Ese “pero” es el problema. No la cooperación, no el reconocimiento, ni siquiera la tensión inevitable entre dos países que comparten frontera, comercio, migración, violencia y una larga lista de heridas abiertas. El problema es que la soberanía aparece en la frase como una manía mexicana, como una persistencia incómoda, casi folclórica.

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No dice solamente que México defiende su soberanía. Dice que México “todavía cree” en ella. Nadie suele decir que Francia “todavía cree” en su soberanía. Tampoco Canadá, Alemania o Japón. En esos casos, la soberanía se asume como un hecho. Como una condición inherente del Estado. Como una realidad jurídica y política que no requiere explicación.

Sin embargo, la construcción lingüística que utiliza en inglés: “But they still believe in their sovereignty and we have to respect that.” tiene una carga semántica peculiar. La expresión “they still believe in their sovereignty” no equivale a decir “they defend their sovereignty” o “they are committed to their sovereignty”.

En inglés suena más cercana a: “Todavía creen en eso de la soberanía”, como si se tratara de una convicción particular, una doctrina o incluso una postura ideológica en contraposición a lo esperado diplomáticamente como: “Mexico has legitimate sovereignty concerns, and we respect them.” o “Mexico is committed to protecting its sovereignty, and we respect that.”

Pero no, el uso de “still believe in” introduce la idea de que la soberanía es una creencia que podría ser discutible o incluso anticuada.

Por eso me llama la atención la construcción utilizada por Mullin. Es como “aceptar sin condeder”.

No habló de la soberanía mexicana como una realidad indiscutible. Habló de ella como una convicción que México mantiene. Como una idea a la que sigue aferrándose. Como una consideración que debe tomarse en cuenta al momento de actuar. Como soberanía en letra muerta.

Dicho de otro modo: México coopera, sí; México entiende la gravedad del crimen organizado, también; México acepta sentarse, compartir información, coordinarse. Pero —ay, caray— todavía cree en su soberanía. Como si creer en la soberanía fuera un gesto romántico de otro siglo. Como si en Palacio Nacional siguieran guardando un retrato amarillento de Juárez para sacarlo cada vez que Washington pide pasar sin tocar la puerta. Como si en el fondo nos vieran con una mezcla de paciencia y condescendencia: “pobrecitos, todavía creen en esas cosas”, “ternuritas”.

Y no. La soberanía no es una estampita patria ni una frase para cerrar discursos en septiembre. En el norte lo sabemos mejor que nadie. En Ciudad Juárez, la soberanía no se discute desde la comodidad de los libros de civismo; se vive en los puentes, en las garitas, en los operativos, en las redadas del otro lado, en las familias partidas por una línea que no es imaginaria para quien cruza todos los días. Aquí la relación con Estados Unidos nunca ha sido teoría diplomática. Es empleo, miedo, comercio, persecución, remesas, armas que vienen y trabajadores que van. Es una vecindad demasiado intensa como para reducirla a una mera cortesía de gabinete.

Por eso la frase de Mullin resulta reveladora, porque desnuda una vieja incomodidad: para ciertos sectores de Washington, la cooperación mexicana vale más cuando se parece a la obediencia y sumisión. Si México detiene migrantes, combate laboratorios, entrega información y se alinea empático a las prioridades estadounidenses, entonces es un socio responsable. Pero si al mismo tiempo recuerda que las agencias extranjeras no pueden operar libremente en territorio nacional, aparece el “pero”. La cooperación deja de ser suficiente cuando no viene acompañada de permiso amplio, discreto y permanente.

Sheinbaum, según lo reportado tras la reunión con Mullin, trazó la línea en el mismo punto: colaboración en inteligencia, formación e intercambio de información, sí; operaciones conjuntas en territorio mexicano, no, porque la Constitución y las leyes mexicanas no lo permiten. También pidió más reuniones de seguridad para evitar “malos entendidos”, una expresión diplomática para decir algo más duro: que la coordinación no puede avanzar sobre hechos consumados.

Hay que decirlo sin ingenuidad. La defensa de la soberanía en México también ha servido, muchas veces, como cortina. Gobiernos de todos los colores la han usado para evadir responsabilidades, ocultar ineptitudes o convertir en épica lo que apenas era desorden. No basta con decir “soberanía” para tener razón. Tampoco basta con ondear la bandera cuando el país no puede controlar regiones enteras han quedado bajo dominio criminal, o frenar las armas que cruzan con tanta facilidad o por qué la frontera carga con decisiones tomadas lejos de ella. La soberanía, si no viene acompañada de Estado, se vuelve retórica.

Pero precisamente por eso no debe entregarse al primer funcionario extranjero que la mire como un capricho. La soberanía no es la negativa a colaborar; es la condición mínima para que la colaboración no sea subordinación. Es la diferencia entre una mesa de trabajo y una instrucción. Entre compartir inteligencia y permitir que otro gobierno actúe con lógica propia dentro de nuestro territorio. Entre aceptar que el crimen organizado es transnacional y asumir que, por esa razón, México debe renunciar a decidir cómo se aplica la fuerza pública en su casa.

El episodio reciente en Chihuahua, con la presencia de agentes estadounidenses ligada a operaciones contra el narcotráfico y el posterior reclamo mexicano por no haber sido informado plenamente, explica por qué este tema no es un adorno discursivo. Para Washington puede tratarse de eficacia operativa. Para México, y especialmente para estados fronterizos como Chihuahua, se trata de algo más delicado: quién sabe, quién autoriza, quién responde y quién carga las consecuencias cuando algo sale mal.

La frontera ha sido muchas veces el laboratorio de esa asimetría. Desde aquí se siente antes que en el centro del país cualquier cambio de humor político en Estados Unidos. Una orden migratoria en Washington se traduce en familias varadas en Juárez. Una presión antidrogas se traduce en patrullajes, retenes, cateos, rumores. Una campaña electoral allá puede convertirnos acá en amenaza, en patio trasero o en moneda de cambio. Por eso conviene escuchar con cuidado los matices. A veces el fondo está en una sola palabra: “pero”.

Mullin dijo que hay que respetar la soberanía mexicana. Bien. Eso es lo correcto. El detalle es que lo dijo como quien acepta una excentricidad ajena, no como quien reconoce un principio entre iguales. Y en la relación México-Estados Unidos, los gestos importan porque rara vez son inocentes. La soberanía mexicana no necesita ser tratada como reliquia ni como berrinche nacionalista. Necesita ser ejercida con seriedad, defendida sin aspavientos y sostenida con instituciones que estén a la altura.

Por su puesto que la frase sirve para bajar la tensión, para recolocar la relación, para ubicar a la presidenta en su debido lugar, para aceptar a regañadientes las condiciones de un socio menor que es firme, potente y pujante, pero desliza sin pensar, lo que realmente se piensa.

Cooperar con Estados Unidos es inevitable. En muchos temas, además, es necesario. La pregunta nunca ha sido si debemos hablar con el vecino, sino desde dónde hablamos. Porque una cosa es abrir la puerta para coordinarse y otra muy distinta es acostumbrarse a pedir permiso para cerrarla.

ADN David Gamboa
David Gamboa

Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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