Chihuahua amaneció este fin de semana convertida en escenario. Sábado, unos. Domingo, los otros. Cada quien con su marcha, su narrativa, sus camisetas del mismo color, sus consignas ensayadas y su versión oficial de quién representa al pueblo verdadero. Dos días, dos movilizaciones masivas, dos partidos convencidos de que llenar un centro de convenciones o una plaza pública equivale a tener razón. Y en medio de todo eso, la misma pregunta que nadie formula en voz alta: ¿a quién le sirve realmente todo esto?
No es una pregunta retórica. Es la pregunta más importante que podemos hacernos como ciudadanos antes de que el siguiente fin de semana nos traiga otra marcha, otro mitin, otra foto aérea con la que cada bando medirá su músculo. Porque lo que ocurrió en la capital del estado y en Cd. Juárez estos días no fue un ejercicio espontáneo de participación ciudadana. Fue una operación política de alto costo, cuidadosamente producida, donde el ciudadano de a pie fue el extra de un guion que no escribió y cuyos beneficios, si los hay, no le llegarán a él.
Pensemos en la logística. Autobuses rentados, combustible, alimentación para cientos o miles de personas traídas de distintos puntos de la ciudad o del estado, templetes, sonido, pantallas, producción audiovisual, seguridad privada, materiales impresos, redes sociales activadas con presupuesto. Una movilización de ese tamaño no se organiza con voluntad y buenas intenciones. Se organiza con dinero, y ese dinero tiene un origen que los partidos nunca detallan en sus comunicados de prensa. La pregunta incómoda es simple: ¿cuánto costó cada marcha? ¿De qué bolsillo salió? ¿Y qué hubiera pasado si ese presupuesto se hubiera invertido en las 60 escuelas del suroriente que no tienen electricidad suficiente para encender un ventilador en pleno verano?
Pero el dinero es solo una parte del problema. La otra, quizás más grave, es lo que estas marchas le hacen al tejido social. Chihuahua es un estado que ya de por sí carga con fracturas profundas: desigualdad, rezago en servicios básicos, una frontera que vive sus propias tensiones. Lo que menos necesita es que sus partidos políticos conviertan cada disputa de poder en una guerra de narrativas donde el ciudadano tiene que elegir bando antes de poder opinar. Porque eso es exactamente lo que produce la lógica de la marcha contra la contramarcha: no debate, no reflexión, no soluciones. Solo polarización administrada por quienes más se benefician de que la gente esté peleada entre sí.
Hay algo que merece decirse con claridad: el derecho a manifestarse es legítimo e irrenunciable. No se trata de cuestionar que la gente salga a las calles. Se trata de preguntarse con honestidad quién convoca, para qué convoca y qué pasa cuando la marcha termina. Porque cuando termina la música, cuando se recogen las pancartas y se van los líderes nacionales que vinieron a tomarse la foto, los problemas del suroriente siguen ahí. El acuífero sigue vaciándose. Los jóvenes siguen abandonando la escuela. Las familias siguen viviendo en turnos que no les permiten verse la cara. Ninguna marcha de ningún partido resolvió ninguna de esas cosas. Y sin embargo, ahí estuvieron, aplaudiendo.
Lo que Chihuahua necesita no son más marchas bien producidas. Necesita ciudadanos que sepan distinguir entre participar en política y ser utilizados por ella. Salir a la calle con la playera del partido no es ciudadanía: es lealtad corporativa disfrazada de convicción. La ciudadanía de verdad es más difícil, más aburrida y mucho menos fotogénica. Implica exigir cuentas el lunes por la mañana, cuando las cámaras ya no están y los líderes ya tomaron su vuelo de regreso. Esa es la marcha que esta ciudad todavía está esperando.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político


