La soberanía nacional es uno de esos conceptos que generan consenso casi automático en México. Pocos principios han sido tan repetidos por generaciones de políticos, diplomáticos y gobernantes. La idea es sencilla: ningún país debe intervenir en los asuntos internos de otro. Cada nación tiene derecho a resolver sus propios problemas, elegir a sus gobernantes y definir su rumbo sin presiones externas.
Sobre el papel, es un principio impecable.
Por ello llamó la atención la reacción de la titular del Poder Ejecutivo Federal ante las declaraciones del embajador estadounidense Ronald Johnson. La crítica fue clara: un representante diplomático extranjero no debe opinar sobre asuntos políticos internos de México. El argumento se apoyó en la tradición diplomática mexicana, en la autodeterminación de los pueblos y en la obligación de respetar la soberanía nacional.
Hasta ahí, pocos tendrían objeciones.
Sin embargo, los principios suelen demostrar su verdadero valor cuando se aplican de manera consistente. Y es precisamente ahí donde aparece una contradicción que vale la pena analizar.
Durante los últimos años, el gobierno mexicano y diversos actores de la autollamada Cuarta Transformación han expresado opiniones, simpatías y posicionamientos respecto a procesos políticos que ocurren en otros países latinoamericanos. Cuando Gustavo Petro enfrenta dificultades en Colombia, las muestras de respaldo aparecen rápidamente. Cuando gobiernos de izquierda son cuestionados, no faltan las voces que denuncian campañas de desprestigio, persecuciones o intentos de desestabilización.
Pero el tono suele cambiar cuando quienes avanzan políticamente son candidatos identificados con la derecha o con posiciones distintas a las del progresismo latinoamericano.
Recientemente, las expresiones emitidas respecto al escenario político boliviano dejaron ver una inclinación poco disimulada. La crítica hacia opciones alejadas de la izquierda fue evidente. Y aquí surge la pregunta inevitable: si un embajador extranjero hiciera comentarios similares sobre la política mexicana, ¿no sería acusado inmediatamente de intervencionista?
Ése es el meollo del debate.
Porque la soberanía no debería depender de quién habla ni de quién recibe el comentario. Un principio auténtico funciona igual para amigos y adversarios. Si la intervención extranjera es inaceptable cuando afecta a México, también debería serlo cuando se trata de Colombia, Bolivia o cualquier otra nación.
Lo contrario conduce a una situación cada vez más frecuente en la política contemporánea: los principios dejan de ser principios y se convierten en herramientas de conveniencia.
Cuando una opinión favorece nuestras posiciones ideológicas, se le llama solidaridad internacional. Cuando cuestiona nuestras posturas, se le llama injerencia. Cuando habla un aliado, se celebra. Cuando habla un adversario, se condena.
La regla cambia según el interlocutor.
Y cuando las reglas cambian dependiendo de quién las aplique, dejan de ser reglas.
Lo curioso es que Ronald Johnson ni siquiera colocó el tema electoral en el centro de la discusión. Su planteamiento giró alrededor de la cooperación binacional para combatir a los cárteles y evitar que un problema de seguridad compartido se convierta en una disputa partidista.
Sin embargo, la congruencia sigue siendo una de las pruebas más difíciles para cualquier gobierno.
Si la soberanía es un principio, debe aplicarse siempre. Si la no intervención es una convicción, debe respetarse incluso cuando los involucrados piensan distinto.
Porque la soberanía auténtica no tiene color ideológico. La doble moral, en cambio, sí. Tiene que ver con la “Tolerancia Represiva”, descrita por Marcuse, para los movimientos progresistas. Ahí, El Meollo del Asunto.

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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