Mientras China fabrica el futuro

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Hace unos días apareció una noticia que pasó relativamente desapercibida entre la avalancha cotidiana de información: una empresa china inauguró una planta capaz de producir un robot humanoide cada quince minutos. No se trata de un prototipo de laboratorio ni de una demostración tecnológica para inversionistas. Se trata de una línea de producción industrial donde los robots comienzan a salir de la fábrica con la misma lógica con la que durante décadas salieron automóviles, refrigeradores o teléfonos celulares.

La noticia podría parecer una curiosidad tecnológica más, una de tantas que alimentan el imaginario futurista de nuestra época. Sin embargo, detrás de esa cifra aparentemente anecdótica se esconde una transformación histórica que apenas comenzamos a comprender. Porque el dato importante no es que un robot tarde quince minutos en fabricarse. El dato importante es que alguien ya encontró la manera de fabricarlos en masa.

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Durante más de dos siglos el mundo se organizó alrededor de una premisa relativamente simple: las sociedades prosperaban en función de su capacidad para movilizar trabajo humano. Las revoluciones industriales sustituyeron músculos, multiplicaron la producción y transformaron la economía, pero siempre existió una constante: detrás de las máquinas seguían estando las personas. La riqueza de las naciones dependía de su capacidad para formar trabajadores, atraer mano de obra o aprovechar salarios competitivos. Ahora esa ecuación comienza a fracturarse. China parece haber comprendido antes que nadie que la siguiente revolución industrial no consistirá únicamente en desarrollar inteligencia artificial, sino en darle un cuerpo físico. Mientras buena parte del mundo sigue discutiendo si la inteligencia artificial escribirá artículos, diseñará imágenes o sustituirá ciertas tareas administrativas, las fábricas chinas avanzan hacia otro escenario: máquinas capaces de caminar, manipular herramientas, desplazarse por espacios diseñados para humanos y realizar actividades que hasta hace poco parecían exclusivas de las personas. Lo verdaderamente inquietante es que esta transformación ocurre en un momento en que muchas economías, incluida la mexicana, continúan apostando buena parte de su competitividad a la disponibilidad de mano de obra relativamente barata. Durante décadas se nos dijo que el futuro estaba en la manufactura, en las cadenas de suministro y en la atracción de inversiones productivas. Sin embargo, nadie parece estar preguntándose qué ocurrirá cuando el costo de un robot trabajando las veinticuatro horas del día resulte más atractivo que el salario de cualquier trabajador.

La historia económica demuestra que la tecnología nunca elimina el trabajo en términos absolutos; lo transforma. El problema es que esa transformación rara vez ocurre de manera ordenada. Los empleos desaparecen primero y las nuevas oportunidades aparecen después. Entre ambos momentos suele existir una zona de incertidumbre donde millones de personas quedan atrapadas. Sin embargo, existe una dimensión de esta transformación que rara vez aparece en la conversación pública: la educación. Durante más de un siglo los sistemas educativos fueron diseñados para abastecer a la economía industrial. Las escuelas enseñaban disciplina, horarios, procedimientos y conocimientos relativamente estables porque el mercado laboral demandaba trabajadores capaces de incorporarse a fábricas, oficinas y estructuras organizacionales previsibles.

La pregunta resulta incómoda: ¿qué estamos enseñando a los jóvenes para enfrentar un mundo donde gran parte del trabajo repetitivo, físico e incluso intelectual será realizado por máquinas?. La respuesta no puede limitarse a incorporar computadoras al aula o permitir el uso de plataformas de inteligencia artificial. La verdadera transformación implica replantear la forma en que entendemos el aprendizaje. Si durante el siglo XX la educación se concentró en transmitir información, durante el siglo XXI deberá enfocarse en desarrollar capacidades que las máquinas difícilmente podrán sustituir por completo: pensamiento crítico, creatividad, sensibilidad estética, interpretación cultural, resolución de problemas complejos y comprensión ética de la tecnología.

Paradójicamente, mientras las máquinas se vuelven más inteligentes, el desafío humano consiste en desarrollar aquello que nos hace profundamente humanos. Y es aquí donde aparece la verdadera preocupación. Mientras China construye fábricas, desarrolla cadenas de suministro, financia investigación y acelera la industrialización de la robótica, países como México continúan discutiendo problemas que pertenecen al siglo pasado. Seguimos dependiendo de modelos económicos basados en mano de obra, exportación de manufacturas y consumo de tecnología extranjera. Observamos el inicio de una revolución industrial sin participar realmente en ella.

La situación se vuelve todavía más compleja cuando observamos que la inteligencia artificial ya no es una promesa futura, sino una realidad cotidiana. Millones de personas la utilizan para escribir, investigar, diseñar, programar o tomar decisiones. Los jóvenes que hoy ingresan a la universidad convivirán durante toda su vida profesional con sistemas capaces de aprender, producir conocimiento y ejecutar tareas que anteriormente requerían años de formación especializada. La pregunta no es si la inteligencia artificial transformará la sociedad. La pregunta es si la sociedad está preparada para transformarse al mismo ritmo que la inteligencia artificial.

China parece haber entendido que la próxima revolución industrial ya comenzó. Produce robots a una velocidad que hace apenas unos años parecía imposible. Mientras tanto, en muchos países seguimos discutiendo cómo adaptar sistemas educativos concebidos para una realidad que está desapareciendo. Porque el futuro no pertenece a quienes poseen la tecnología. Pertenece a quienes entienden cómo utilizarla, cómo regularla y, sobre todo, cómo darle sentido humano.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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