El 20 de mayo de 2026, con motivo del aniversario de la independencia cubana, el secretario de Estado de los Estados Unidos de América, Marco Rubio, publicó un mensaje de cinco minutos, en español, en el que hizo referencia a los vínculos históricos que enlazan a nuestro vecino del norte con Cuba, su perspectiva sobre la realidad contemporánea que aqueja al pueblo cubano, y el esbozo de lo que parece ser un nuevo capítulo en la históricamente tensa relación cubano-estadounidense[1].
El eje de la crítica en el mensaje de Rubio detona exhibiendo la supuesta relación entre el comandante Raúl Castro, expresidente de Cuba, con una empresa que aparentemente está bajo control de las fuerzas armadas cubanas, denominada Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA)[2]; menciona presuntos excesos de la élite militar cubana con el dinero de la empresa, contrastantes con la realidad que vive su pueblo, y cuestiona algunos vínculos entre la dirigencia del gobierno cubano con elites de otros países del continente, que posiblemente han replicado el modelo empresarial militar.
Si la importancia de Cuba se limitara al impacto que Celia Cruz, Tres Patines, Aylin Mujica, William Levy, o la Sonora Santanera han tenido en nuestra vida cotidiana, éste sería un tema emocionalmente preocupante, pero totalmente irrelevante para la política exterior de México. Sin embargo, al contextualizarlo con expresiones recientes del presidente Trump sobre la isla; el anuncio del encausamiento criminal al comandante Raúl Castro[3] por su posible responsabilidad en el derribo de un avión civil estadounidense en la década de 1990, y lo que parece ser un cambio de época en materia de relaciones internacionales, entonces el mensaje citado podría ser un nuevo modelo para las relaciones entre la potencia global, y el resto de las naciones latinoamericanas, con el pretexto de lo que quizá está próximo a suceder en Cuba.
Para explicar mejor el impacto de esta situación, habría que tomar en consideración, por un lado, el valor geoestratégico que siempre ha tenido la isla caribeña, y por otro lado las dinámicas que los liderazgos que han gobernado la isla han impregnado en distintos procesos político-sociales de Latinoamérica, desde 1959 a la fecha.
Así, en primer lugar, habría que recordar que “la geografía es destino”, o cuando menos vocación. Por ejemplo, la geografía de nuestro país puede proyectar la vocación de un puente o un embudo -según las filias o fobias que se tengan – cultural, político, económico, migratorio, sanitario, comercial, etc. entre las expresiones anglosajonas norteamericanas frente a las hispanoamericanas.
En esta tesitura, Cuba, que es la isla más grande de las Antillas y la cuna del ron Bacardí, generalmente ha tenido una vocación de amortiguador cultural, tecnológico, político e ideológico entre el “viejo” y el “nuevo” mundo; entre la metrópoli imperial española y los virreinatos que le brindaban la categoría de imperio; entre la decadencia del Imperio español y el proceso de expansión del poder británico; entre el viejo orden eurocentrista y la doctrina Monroe; entre el bloque socialista y el capitalista, y recientemente, entre los regímenes latinoamericanos refundados sobre la las tesis de la globalidad neoliberal frente a las expresiones neoestatistas y nacionalistas, generadas desde los distintos matices de la izquierda latinoamericana contemporánea.
En particular, con respecto a México, Cuba ha sido un punto de apoyo para diversos proyectos y protagonistas de nuestra historia política. Así, por recordar a algunos, podríamos mencionar a Hernán Cortes, quien inició su empresa de conquista en Santiago de Baracoa; Agustín de Iturbide quien zarpó de Cuba rumbo a su muerte en lo que hoy es Tamaulipas (1824); Antonio López de Santana y Lucas Alamán quienes observaron el valor geoestratégico de Cuba entre la opciones para una política exterior mexicana más audaz[4], y Benito Juárez (1853), Porfirio Díaz (1911), las cabezas del huertismo (1914)[5], o Carlos Salinas de Gortari (1996)[6] que pasaron por Cuba rumbo a sus respectivos exilios.
Aunado a lo anterior, nuestra historia política se estrecha con Cuba con especial fuerza, desde la segunda mitad del siglo XX, primero, cuando los diplomáticos mexicanos Benito Coquet y Gilberto Bosques intercedieron para que la dictadura de Fulgencio Batista enviara como exiliados a México, a algunos de los guerrilleros sobrevivientes del asalto al Cuartel Moncada, entre los que destacaba su líder Fidel Castro[7].
Asimismo, es pertinente recordar que la Dirección Federal de Seguridad, institución que monopolizó la inteligencia civil para el control político en Mexico, fue la instancia que le dio seguimiento a las actividades de los guerrilleros cubanos en México, y fue la responsable de detener a Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto “el Ché” Guevara, junto a 23 integrantes del M26, en junio de 1956, para posteriormente liberarlos, garantizando su seguridad, incluso mientras se abastecían de armas en la calle de Revillagigedo[8], en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y hasta que zarparon desde Tuxpan, en el Granmma, rumbo a Santiago. Esto facilitó establecer una relación de privilegio que sirvió durante el siglo XX para un intercambio eficaz de inteligencia que permitió conocer anticipadamente diversos riesgos para los regímenes tanto de la Revolución Mexicana cómo de la Revolución Cubana. En ese contexto, México y Cuba, integraron uno de los espacios más importantes del mundo en materia de espionaje, presión y diálogo indirecto, entre el bloque socialista y el capitalista, durante la Guerra Fría.
Además, los discursos, decisiones de gobierno, posturas internacionales e injerencia en otros países, planteados por el comandante Fidel Castro, y sus compañeros, también fueron marcando el imaginario de las izquierdas latinoamericanas en general, y de las juventudes mexicanas de izquierda en particular, a través de diversas acciones que, contra todo pronóstico, representaron importantes victorias mediáticas contra su rival ideológico encarnado en el gobierno estadounidense. Entre estas se puede mencionar el hecho de sobrevivir a las diversas modalidades del bloqueo que se les ha impuesto desde 1959; la victoria en Playa Girón de 1961 (Bahía de Cochinos en la literatura estadounidense); sobrevivir en la Crisis de los Misiles de 1962; impulsar impunemente movimientos armados en dos continentes durante las décadas de 1960 y 1970; la construcción de un paradigma de salud y educación entre 1976 y 1992 en el que se lograron proezas como generar un médico por cada 120 familias, o lograr que toda la población por lo menos tuviera educación secundaria, y la posible infiltración de al menos cinco ciudadanos cubanos, presuntamente dedicados al espionaje, que fueron detenidos en Miami, Estados Unidos, durante 1998[9]. Sin embargo, también debe reconocerse que todos estos aparentes éxitos del régimen castrista tuvieron al menos cuatro condiciones que los hicieron posibles.
La primera fue el pragmatismo de Fidel Castro, con el que tejió redes de vínculos y apoyo con dictadores, lideres democráticos, legisladores, intelectuales, empresarios, referentes religiosos, artistas o activistas de la sociedad civil de todo el mundo; la segunda fue el ejercicio de una represión selectiva y graduada, que permitía pensar que el comandante olvidó sus juramentos y compromisos, en aras de mantener un control autocrático en la isla, pero con la que pudo imprimir miedo cuando lo deseaba, sin perder legitimidad; la tercera está en el apoyo militar y económico que le brindó la URSS, y que constituyó el principal motivo que hizo viable el alcanzar algunos logros sociales que tuvo la revolución, y la cuarta fue la capacidad de leer adecuadamente la fragilidad que representaban temas como el lavado de dinero o el combate al narcotráfico, situación que permitió a Fidel, diferenciarse de personajes como el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, y reducir la presión al cooperar indirectamente con los intereses de EEUU en ese rubro[10].
A pesar de sus contradicciones y aparente debilidad, tras la muerte de Fidel Castro y el envejecimiento de la idea de la Revolución Cubana, el régimen autoritario y el adoctrinamiento masivo parecieran mantenerse tan vigentes y solidos como cuando “el comandante” estaba vivo, y esa Cuba, del anochecer castrista, pareciera insistir en no rendir la plaza, y en tener muchas ganas de formar parte de los espectáculos de transgresiones del derecho internacional que nos ha regalado la presente década.
Aunado a lo anterior el orden multilateralista parece haber perdido la capacidad de incomodar a los polos de poder, y en un plano bilateral, aunque los sobrevivientes del Moncada, o sus sustitutos, tuvieran la mitad del carisma, talento y sagacidad de Fidel, su futuro próximo pareciera que se definirá en un choque interno. Esto es, por un lado, la posibilidad de que alguna parte de esa élite impulse decisiones pragmáticas hacia el cambio, y por otro lado las alucinantes visiones del romanticismo autoritario latinoamericano que buscarán mantener el statu quo en la isla.
En cualquiera de los dos escenarios, la transición pactada y pragmática o la permanencia del discurso delirante de “La Revolución Cubana”, con toda probabilidad la isla caribeña volverá a confirmar su vocación histórica de amortiguador de cambios, avances, revoluciones y novedades con respecto a Latinoamérica, detonando posiciones radicales o derrumbando barreras ideológicas que antes lucían inexpugnables.
Así, en los próximos meses será muy ilustrativo observar qué pasará con el régimen castrista, la élite política antillana que hoy encabeza el presidente Díaz Canel, las alianzas que han mantenido con distintos actores políticos continentales, y el impacto de ese amortiguamiento político hacia el resto de los sistemas políticos del continente americano.
De cualquier forma, ya sea bajo la visión del poder estadounidense desbordado, o bajo la visión del resiliente castrismo autoritario, quienes quieran revolucionar a la Cuba del siglo XXI deberán tener en mente una frase del filme This is your Cuba: “Cuando la revolución deja de ser voluntaria, y se vuelve obligatoria, deja de ser revolución.”
Raen Sánchez Torres
[1] https://x.com/i/status/2057070091972366725
[2] https://www.bbc.com/mundo/articles/cy91qw9dqj3o
[3] https://x.com/i/status/2057552401150693842
[4] Benjamín Flores Hernández, Vocación y andanzas caribeñas de Antonio López de Santa Anna, en Anuario de Estudios Americanos, 67, 2,julio-diciembre, 635-661, Sevilla (España), 2010
[5] Adalberto Santana, Exilio Iberoamericano, Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe, UNAM, México 2017. P.51
[6] Redacción, “Salinas en Cuba”, El Tiempo, 18 de enero de 1996, disponible en https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-377047
[7] Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución Cubana, El Colegio de México, 2015
[8] Rafael Rojas, Historia mínima de la Revolución Cubana, El Colegio de México, 2015
[9] https://www.ecured.cu/Los_Cinco_H%C3%A9roes
[10] Claudia Furati, Fidel Casto La historia me absolverá, Plaza y Janés, España, 2003. Pp. 542 a 575

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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