La inversión llega, pero sin talento pertinente no transforma la economía.
En el debate sobre nearshoring en México, la explicación más repetida —la falta de talento— es también una de las más superficiales. Un país con más de 36 millones de personas ocupadas y más de 7 millones de unidades económicas no enfrenta un problema de escasez, sino de dirección. Mientras la economía global exige perfiles técnicos cada vez más sofisticados, México sigue formando capital humano que responde más a su estructura productiva actual que a las exigencias de los sectores de mayor valor agregado. Esta desconexión no solo limita la capacidad del país para aprovechar las oportunidades inmediatas, sino que perfila una trayectoria en la que México corre el riesgo de no solo desaprovechar la coyuntura actual, sino de profundizar su rezago en las cadenas de valor global.
El problema se vuelve más claro al observar la estructura productiva del país. Los datos más recientes disponibles muestran que el 95.4% de las unidades económicas en México son microempresas, pero apenas generan el 16% del valor agregado. En contraste, una fracción mínima de empresas grandes concentra más de la mitad de la producción. Esta configuración no es coyuntural, sino estructural, y define el tipo de habilidades que el mercado realmente recompensa. En una economía donde predominan unidades de baja escala y productividad, la demanda por talento altamente especializado es limitada, lo que reduce los incentivos —tanto para las personas como para las instituciones educativas— de invertir en formación técnica avanzada.
Incluso en los segmentos donde sí existe una base industrial relevante, la economía mexicana enfrenta una limitante adicional: su baja capacidad de absorción de talento especializado. El caso de Ciudad Juárez ilustra bien esta paradoja. En los últimos años, el sector manufacturero ha mostrado señales de pérdida de empleo, pero al mismo tiempo, las industrias de exportación reportan una creciente demanda por técnicos e ingenieros con habilidades específicas. No se trata de una contradicción, sino de una transición incompleta: mientras disminuyen los puestos de menor complejidad, aumenta la necesidad de perfiles más calificados que el sistema no está formando en cantidad ni con la pertinencia requerida. El resultado es un mercado laboral fragmentado, donde coexisten desempleo y vacantes sin cubrir en sectores estratégicos, no por falta de oportunidades, sino por falta de alineación entre formación y demanda.
Frente a este desajuste, el sistema educativo debería funcionar como un mecanismo de corrección, anticipando las necesidades de una economía en transición hacia actividades de mayor valor agregado. Sin embargo, la dirección actual parece ir en sentido contrario. La política educativa —particularmente bajo el enfoque de la Nueva Escuela Mexicana— ha priorizado una formación más generalista y con énfasis comunitario, alejándose de una lógica de desarrollo de capacidades directamente vinculadas al aparato productivo. Como señala el diagnóstico El talento como motor de desarrollo en Chihuahua, entre 50% y 70% de los estudiantes de educación media superior no alcanzan niveles básicos en matemáticas, y el aumento en escolaridad no se ha traducido en mayor productividad. Más aún, el propio estudio advierte que el sistema educativo no está formando las competencias que demanda la economía. El resultado es una doble desalineación: mientras la economía comienza a demandar habilidades más sofisticadas, el sistema educativo no está respondiendo con la velocidad ni la orientación necesarias.
La apuesta actual por el nearshoring, impulsada desde el Gobierno Federal, parte de un supuesto incompleto: que la inversión por sí sola transformará la estructura económica del país. Si bien México ha logrado mantener un flujo relevante de inversión extranjera —en buena medida explicado por la reinversión de empresas ya establecidas—, ese avance no ha estado acompañado por una estrategia igualmente robusta de desarrollo de talento y articulación entre política educativa, industrial y de innovación. Sin una política clara de formación de capacidades, lo que se está construyendo no es una plataforma de sofisticación productiva, sino una nueva versión del mismo modelo de bajo valor agregado. El riesgo no es perder el nearshoring, sino aprovecharlo mal.
El nearshoring no es una garantía de desarrollo, es una prueba. Como señala el diagnóstico El talento como motor de desarrollo en Chihuahua, las empresas que no encuentran el capital humano que requieren simplemente se van a otro lugar. México aún está a tiempo de decidir si quiere ser un país que compite por costos o uno que compite por capacidades. Pero esa decisión no se toma en los anuncios de inversión, sino en las aulas, en los programas de formación y en la forma en que se articula —o no— su política económica con su política educativa. La evidencia ya es clara: sin talento pertinente, la oportunidad se diluye. La pregunta no es si el nearshoring llegará, sino qué tipo de país encontrará cuando lo haga.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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