Hay imágenes que no solo se ven: se sienten. Hay muros que dejan de ser concreto para convertirse en mensaje, en memoria, en reclamo y, a veces, en espejo. Lo ocurrido con este mural me remitió de inmediato a los tiempos de los grandes muralistas mexicanos, a esa tradición en la que el arte no estaba pensado para encerrarse en galerías ni reservarse a unos cuantos, sino para plantarse frente a la sociedad, ocupar el espacio público y dialogar con su tiempo.
Claro, hoy el contexto es distinto. Ya no estamos frente al muralismo posrevolucionario en su versión clásica, monumental y pedagógica, pero sí frente a una adaptación urbana de aquella misma intuición la pared también puede ser tribuna, crítica y conciencia. Antes fueron grandes edificios públicos; hoy son bardas, fachadas, puentes y rincones de la ciudad los que reciben el pulso de la calle. Cambian las formas, cambian los códigos y cambia incluso la estética, pero permanece la esencia: decir algo que incomode, que cuestione, que obligue a mirar.
Y quizá ahí radica lo más interesante de estas expresiones contemporáneas. No necesariamente deben entenderse solo como una crítica o una forma de reclamo. En muchos casos, también nacen como una manifestación de inspiración artística, como una expresión creativa que, a partir de su propia estética y de su contexto, puede proyectar un punto de vista particular. Sin embargo, aun cuando esa obra pueda sugerir una lectura determinada, no deja de ser, ante todo, una expresión artística que merece ser valorada por su contenido, por su propuesta visual y por la capacidad que tiene de dialogar con quienes la observan. Muchas veces, independientemente del debate que pueda generar, el arte conserva un valor propio que va más allá de la coyuntura y obliga a apreciarlo también desde esa dimensión.
Por eso estos murales recuerdan, en cierta medida, a los grandes muralistas: no solo por la dimensión visual, sino por la vocación de interpelar al poder desde el espacio común. Diego Rivera, Orozco, Siqueiros y tantos otros entendieron que el arte podía ser una conversación abierta con la sociedad, una herramienta de denuncia, una afirmación de identidad y también una forma de poner en evidencia contradicciones. Hoy, salvando las distancias históricas y estéticas, algo de eso sigue vivo en el arte urbano: menos solemne, más inmediato, más callejero, pero igualmente cargado de intención.
Y justamente por eso también resulta interesante lo sucedido alrededor de los pintores y del propio mural. La intervención inicial de las autoridades de Seguridad Pública Municipal para impedir la pinta retrató, de entrada, esa tensión permanente entre el orden público y la expresión incómoda. Sin embargo, el manejo posterior del tema terminó enviando otra señal. La liberación de los involucrados dejó ver que, aun cuando la crítica pueda ser puntual, dura o incluso molesta para quien ejerce el poder, hay momentos en los que permitir que esa expresión siga su cauce también constituye una buena acción institucional. No en beneficio de una persona, sino en defensa de un principio: el de una vida pública donde la crítica no sea sofocada de inmediato por la fuerza. Reportes locales señalaron que 15 personas fueron detenidas mientras realizaban un mural satírico en la colonia Juárez Nuevo y que después el alcalde Cruz Pérez Cuéllar instruyó su liberación, privilegiando —según la versión oficial difundida— el respeto al derecho de libre expresión, aun cuando inicialmente se argumentaron faltas administrativas.
Eso no significa idealizar el conflicto ni asumir que todo se resuelve con una liberación posterior. Pero sí deja una enseñanza política e institucional que vale la pena subrayar en democracia, la autoridad también se mide por su capacidad de resistir la crítica. Y una institución suele verse mejor cuando procesa el disenso que cuando intenta aplastarlo. Porque cuando la primera reacción frente a una expresión incómoda es contenerla, se corre el riesgo de mandar un mensaje equivocado que el problema no es la forma, sino la crítica misma.
En ese sentido, el episodio obliga a reflexionar sobre algo más profundo. Muchas veces las sociedades no encuentran en los canales formales la vía para expresar su hartazgo, su inconformidad o su escepticismo frente a las instituciones o simplemente los puntos de vista de los particulares. Entonces la crítica se traslada al espacio público, al lenguaje visual, al muro. Y el muro, precisamente por ser visible para todos, adquiere una fuerza que no siempre tiene el discurso oficial. Una pared pintada puede volverse más elocuente que una conferencia, más potente que un boletín y más sincera que muchos posicionamientos cuidadosamente administrados y sin lugar a duda más controversial que un posicionamiento público.
Tal vez por eso estos hechos generan tanta resonancia. Porque no se trata solamente de una pinta o de una reacción coyuntural, sino de algo más simbólico: el choque entre una expresión urbana que busca decir algo y unas instituciones que todavía están aprendiendo a convivir con la crítica visual, directa y pública. Y ahí hay un desafío importante para cualquier gobierno el de entender que no toda incomodidad es una amenaza y que no toda crítica debe tratarse como una agresión que deba neutralizarse.
Al final, los muros siguen diciendo lo que muchas instituciones callan. Siguen recordándonos que el espacio público no tendría que ser solo tránsito, concreto y rutina, sino también reflexión, memoria, cuestionamiento o sencillamente espacio de expresión popular hasta folclórica. Y cuando una ciudad comienza a encontrar más verdad en una pared pintada que en muchos discursos, conviene escuchar con atención lo que esa pared está intentando decir.
Porque los grandes muralistas entendieron algo que sigue vigente hasta hoy: el arte público no solo embellece; también abre el debate. Y cuando un mural da de qué hablar, nos recuerda una de las expresiones más valiosas que tenemos como sociedad: la voz de nuestro pueblo manifestándose a través de distintos medios de expresión.

Alvin Álvarez Calderón
Político y abogado chihuahuense con experiencia legislativa y empresarial. Exsubdelegado de PROFECO, ex dirigente del PVEM en Ciudad Juárez y cofundador de Capital and Legal. Consejero en el sector industrial y financiero, promueve desarrollo sostenible e inclusión social.
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