Cuando la ley del garrote se impone sobre la razón

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La violencia no solo se ejerce; se consume

En Ciudad Juárez, la violencia ya no sorprende; se ha vuelto paisaje.

Lo verdaderamente alarmante no es solo su persistencia, sino su transformación.

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Hoy, el conflicto cotidiano el desacuerdo mínimo, la frustración acumulada o la simple diferencia, encuentra en el golpe, el insulto o la agresión directa una vía inmediata de expresión.

La palabra ha sido desplazada. El diálogo, sustituido. La razón, relegada.

No es una percepción aislada.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, más del 70% de la población urbana en México manifiesta sentirse insegura en su entorno cotidiano, y en ciudades fronterizas como Juárez, esa percepción tiende a ser aún más elevada debido a factores estructurales; desigualdad, movilidad social limitada, presión económica y fragmentación comunitaria.

A esto se suma que, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Chihuahua se mantiene de forma recurrente entre los estados con mayores tasas de homicidio doloso por cada 100 mil habitantes, con Ciudad Juárez como uno de sus principales focos urbanos.

Pero el dato frío no alcanza a dimensionar el fenómeno real; la normalización de la violencia como lenguaje social.

Hoy, en Juárez, la ira es un estado constante.

El estrés, una condición estructural.

La intolerancia, una respuesta automática. Basta recorrer cualquier espacio público desde las filas en los puentes internacionales hasta restaurantes, escuelas o colonias populares, para constatar que la paciencia social está rota.

La más mínima chispa detona conflictos desproporcionados; discusiones que escalan a golpes, desacuerdos que derivan en amenazas, diferencias que terminan en violencia física o verbal.

Las redes sociales, lejos de fungir como vitrinas aspiracionales de convivencia y estabilidad, se han convertido en espejos descarnados de esta realidad.

Videos de peleas, agresiones, insultos y escenas de degradación humana circulan con una normalidad inquietante.

Lo que antes generaba indignación, hoy produce entretenimiento o, peor aún, indiferencia.

La violencia no solo se ejerce; se consume.

Esta degradación del tejido social no distingue edad, género ni condición económica.

Se manifiesta en el espacio público y en el privado; en el seno familiar y en las instituciones; en zonas marginadas y en sectores de aparente estabilidad.

Es transversal. Es sistémica.

¿Dónde está la responsabilidad del orden y el equilibrio social?

La respuesta no es simple, pero sí inevitablemente compartida.

Por un lado, el Estado ha fallado en su función más básica; garantizar seguridad, justicia y condiciones mínimas de bienestar.

La impunidad sigue siendo un incentivo perverso. Según estimaciones de organismos civiles, más del 90% de los delitos en México no se denuncian o no se investigan adecuadamente, lo que genera un mensaje claro; la violencia no tiene consecuencias.

Por otro lado, el modelo urbano de Ciudad Juárez ha contribuido a la fragmentación social.

El crecimiento desordenado, particularmente en el suroriente, ha producido zonas con alta densidad poblacional, escasos servicios, limitada infraestructura comunitaria y profundas carencias económicas.

En contraste, otras zonas de la ciudad concentran inversión, desarrollo y mejores condiciones de vida.

Esta desigualdad territorial no solo es económica; es emocional y social.

Genera frustración, resentimiento y una sensación constante de abandono.

A ello se suma una crisis silenciosa pero profunda; la salud mental.

El estrés crónico, la precariedad laboral, la violencia intrafamiliar y la falta de redes de apoyo han creado una sociedad al límite.

Sin herramientas para procesar el conflicto, la respuesta más inmediata es la agresión.

Pero también hay una responsabilidad social ineludible.

La normalización de la violencia no ocurre en el vacío; se alimenta de la tolerancia colectiva.

Cada acto de agresión que se justifica, cada video que se comparte sin reflexión, cada insulto que se valida, contribuye a reforzar este ciclo.

La saña, esa capacidad de dañar sin medida, ha dejado de escandalizar.

Y en ese punto, el deterioro es aún más grave; cuando la violencia deja de indignar, comienza a legitimarse.

Ciudad Juárez enfrenta, entonces, no solo un problema de seguridad, sino una crisis de civilidad.

La reconstrucción del tejido social no pasa únicamente por más patrullas o mayor presencia policial, sino por una transformación profunda en la forma en que convivimos, resolvemos conflictos y entendemos al otro.

Recuperar la razón frente al garrote implica reconstruir espacios de diálogo, fortalecer la educación emocional, dignificar las condiciones de vida y restablecer la confianza en las instituciones.

Implica, también, asumir que la violencia no es inevitable ni inherente, sino el resultado de múltiples fallas acumuladas.

La pregunta no es solo quién falló, sino cuánto más estamos dispuestos a tolerar antes de reconocer que el deterioro ya no es circunstancial; es estructural.

Y que, si no se corrige, terminará por definirnos.

ADN Guadalupe Parada
Guadalupe Parada Gasson

Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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