Ciudad Juárez lleva años sosteniendo una paradoja que ya no debería parecernos normal. Es una ciudad que produce, que exporta, que trabaja, que genera empleo, que mueve industria, que conecta a México con Estados Unidos y que, aun así, sigue cargando una sensación permanente de rezago. Juárez da mucho, pero recibe poco. Y ese desbalance no es solamente económico; también es político, institucional y hasta moral.
Aquí se trabaja duro. Muy duro. Esta frontera no es una ciudad de brazos caídos ni de gente esperando que alguien le resuelva la vida. Al contrario: Juárez es una ciudad hecha por personas que se levantan temprano, cruzan turnos pesados, emprenden, venden, arriesgan, invierten y sacan adelante a sus familias en medio de dificultades que en otras partes del país serían inadmisibles. Sin embargo, esa enorme capacidad productiva no se traduce en la misma proporción en bienestar, infraestructura, certidumbre ni calidad de vida.
Ese es el verdadero fondo del problema.
Porque mientras Juárez sigue siendo una pieza clave de la economía fronteriza y manufacturera, la ciudad continúa viviendo entre carencias estructurales, presión urbana, movilidad deficiente, inseguridad, desgaste de servicios públicos y una percepción cada vez más extendida de que el crecimiento económico no necesariamente está llegando a la mesa, al barrio o al futuro de la gente. El salario mínimo de la frontera norte subió para 2026 a 440.87 pesos diarios, de acuerdo con el anuncio reportado pars Ciudad Juárez. Pero el problema de fondo no es únicamente cuánto se gana, sino cuánto alcanza, cuánto dura y cuánto mejora realmente la vida de una familia juarense.
Y mientras tanto, las señales económicas no son menores. En meses recientes se ha documentado en Juárez una tendencia de cierre de empresas y pérdida de empleos vinculada a la contracción industrial y a un entorno externo cada vez más complejo. A finales de 2025 se reportó la pérdida de casi 900 empleos en un solo mes y más de 64 mil empleos maquiladores desde 2023, junto con el cierre acumulado de cientos de empresas en poco más de dos años. No es una cifra cualquiera. Es una señal de advertencia.
Y aquí es donde la conversación pública tendría que elevarse. Porque Juárez no puede seguir siendo vista únicamente como una ciudad útil para recaudar, producir, exportar y competir, mientras se le regatea el reconocimiento político, la planeación seria y la inversión proporcional a lo que representa. No se puede presumir a Juárez cuando conviene y dejarla sola cuando exige.
La frontera ha sido generosa con México. Ha sido generosa con Chihuahua. Ha sido generosa con muchos proyectos políticos. Pero esa generosidad no ha sido correspondida en la misma medida. Durante años, Juárez ha cargado con los costos del crecimiento sin recibir plenamente los beneficios del desarrollo. Produce riqueza, pero no siempre la retiene. Genera dinamismo, pero no siempre ve reflejado ese esfuerzo en obras estratégicas, movilidad digna, seguridad estable o visión de largo plazo.
Y eso también tiene consecuencias políticas.
Porque cuando una ciudad siente que aporta más de lo que recibe, inevitablemente comienza a exigir más. Más respeto, más atención, más representación y más seriedad. Ya no basta con venir a la frontera a tomarse la foto, a pronunciar discursos sobre la competitividad o a repetir que Juárez es el motor económico del estado. Eso ya lo sabemos. La pregunta importante es otra: si Juárez es tan importante, ¿por qué tantas veces se le sigue tratando como si tuviera que conformarse con menos?
Hoy la frontera enfrenta un momento delicado. La volatilidad económica, la presión sobre el empleo industrial y la incertidumbre global están golpeando una estructura local que durante mucho tiempo descansó en la idea de que la maquila, por sí sola, bastaba para sostener el presente y garantizar el futuro. Pero eso ya no alcanza. La propia conversación pública local ha advertido que el cierre de empresas y la fragilidad del empleo están empujando a Juárez hacia una situación de tensión económica más seria.
Por eso, la discusión ya no debería limitarse a cuántas plantas llegan, cuántos empleos se anuncian o cuántos indicadores se presumen. La discusión tendría que ser mucho más ambiciosa: qué tipo de ciudad queremos construir con toda esa capacidad productiva; cómo se convierte la fuerza laboral de Juárez en prosperidad real; cómo se retiene el talento; cómo se fortalece el mercado interno; cómo se diversifica la economía; cómo se garantiza que el esfuerzo de esta frontera no termine beneficiando siempre más a otros que a los propios juarenses.
Juárez no necesita lástima. Necesita estrategia. No necesita que la vean como problema. Necesita que la entiendan como prioridad. Y no necesita discursos complacientes. Necesita una defensa firme de su peso económico, de su dignidad política y de su derecho a recibir en proporción a todo lo que entrega.
Porque la frontera ya dio demasiado para seguir esperando migajas.
Y porque tarde o temprano, una ciudad que sostiene tanto también empieza a pedir cuentas.

Alvin Álvarez Calderón
Político y abogado chihuahuense con experiencia legislativa y empresarial. Exsubdelegado de PROFECO, ex dirigente del PVEM en Ciudad Juárez y cofundador de Capital and Legal. Consejero en el sector industrial y financiero, promueve desarrollo sostenible e inclusión social.
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