“Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad. Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia”.
Hay palabras que no mueren. No porque sean famosas, sino porque siguen describiendo el mundo tal como es… y como podría ser. Cada vez que leo este fragmento, no pienso en un hombre detrás de un atril. Pienso en alguien que se atrevió a decir en voz alta lo que muchos solo se permitían pensar en silencio.
Martin Luther King no hablaba desde la comodidad. Hablaba desde la herida, el dolor. Desde una realidad que lo empujaba todos los días a elegir entre el miedo y la esperanza. Y eligió la esperanza, no como consigna aspiracional, sino como una forma radical de resistencia.
Su lucha no fue solo contra leyes injustas. Fue contra la costumbre de aceptar la injusticia como algo normal. Contra la idea de que hay personas que valen menos por su color de piel, por su origen, por su historia. King entendió algo que sigue siendo incómodo hoy: que los derechos humanos no se conceden, se reconocen. Y que cuando se niegan, el daño no es individual, es colectivo.
No fue un camino romántico. Fue un camino de amenazas, de cárceles, de golpes, de cansancio. De saber que cada paso tenía consecuencias. Y aun así, insistió en la no violencia. No por ingenuidad, sino porque sabía que el odio no construye justicia, solo cambia de manos el poder.
A veces se nos presenta a Martin Luther King como una figura lejana, casi de bronce, como si su mensaje perteneciera a otro tiempo. Pero basta mirar alrededor para entender que su voz sigue teniendo sentido. Sigue hablándonos a quienes creemos que la dignidad no debería ser un privilegio. A quienes caminamos en la defensa de los derechos humanos, muchas veces sin reflectores, muchas veces con más convicción que recursos.
Desde México, desde nuestras propias luchas, su historia se siente cercana. Porque aquí también sabemos lo que es ser invisibilizados. Aquí también conocemos el peso de los estereotipos, del racismo que se disfraza de broma, de la discriminación que se normaliza. Aquí también hay comunidades que han tenido que aprender a nombrarse para no desaparecer.
Por eso el legado de King no es solo estadounidense. Es profundamente humano. Nos recuerda que la justicia no llega sola, que hay que hacerla valer. Que los cambios reales incomodan. Que defender derechos implica desgaste, pero también sentido. Que soñar no es evadir la realidad, es comprometerse con transformarla.
Su sueño no hablaba solo de sentarse a la mesa. Hablaba de mirarse sin miedo. De reconocerse iguales sin borrar las diferencias. De entender que la libertad de una persona no puede construirse sobre la negación de otra.
Hoy, cuando seguimos abriendo espacios de diálogo, de memoria y de reconocimiento, pienso que ese sueño sigue caminando. A veces lento. A veces con tropiezos. Pero vivo. En cada persona que se levanta contra la injusticia cotidiana. En cada voz que se niega a callar. En cada comunidad que defiende su derecho a existir con dignidad.
Martin Luther King nos dejó algo más que un discurso. Nos dejó una responsabilidad. La de no acostumbrarnos a la desigualdad. La de no confundir paz con el silencio. La de seguir soñando, sí, pero con los pies en la tierra y el corazón dispuesto.
Porque mientras haya injusticia, el sueño sigue siendo necesario.
Y mientras haya quien lo siga nombrando, no está perdido.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


