Me parece que estamos hablando de dos cosas que van de la mano, pero que no son lo mismo. Por un lado, está lo que pasó en Venezuela, con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, y por otro, está la manera en que eso ocurrió. Porque una cosa es el fin del régimen chavista y otra, muy distinta, es el camino que se tomó para llegar ahí.
Desde temprano, fueron las redes sociales las que nos mantuvieron informados, incluso antes que cualquier medio tradicional. Los primeros reportes hablaban de un posible operativo; luego se confirmó: Maduro fue detenido. Y a partir de ahí, las narrativas se bifurcaron. Por un lado, quienes celebran el fin de un régimen autoritario. Por otro, quienes alertan sobre la legalidad —o más bien la ilegalidad— del operativo. Pero al final, ambas posturas describen una misma realidad desde idiomas distintos.
Porque vamos aclarando algo: nadie con dos dedos de frente puede defender al régimen de Maduro. Fue —y sigue siendo— un gobierno autoritario, represor, por encima de su Constitución y con un historial que recuerda a lo que George Orwell describió en su “granja”. No hay manera de negar que hizo un daño profundo a su pueblo.
Pero una cosa es eso, y otra, insisto, es cómo ocurrió su captura. El operativo fue, a todas luces, ilegal. No tuvo respaldo de las Naciones Unidas, no pasó por el Congreso de Estados Unidos, que está mandatado a autorizar cualquier intervención militar en el extranjero, y se ejecutó por orden directa de un presidente que también ha sido tachado de autoritario: Donald Trump.
Lo recordó con claridad The New York Times: “todos los mandatarios deben tener el visto bueno del Congreso para acciones militares fuera del país”. No pasó, y por eso, incluso dentro del marco legal estadounidense, la detención de Maduro es una violación al estado de derecho. Así de claro.
Y aunque ahora a Maduro lo esperen cargos por narcotráfico, terrorismo y crímenes de lesa humanidad —y claro, su cadena perpetua—, eso no borra que el hecho fue ilegal. No podemos permitir que la necesidad de justicia se imponga por encima de la ley. Porque si eso pasa, abrimos la puerta a que cualquier potencia haga lo mismo donde le convenga.
Y hablando de conveniencia, ahí está el tema del petróleo, el oro y las tierras raras, que mueven la industria de los microprocesadores, pero mas importantemente la armamentista; Venezuela no solo es un país quebrado por la corrupción; también es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Y en ese contexto, Estados Unidos no está actuando gratis. La Casa Blanca ya avisó que tomará las riendas de Venezuela durante el “proceso de estabilización”. Eso, en palabras simples, significa que los intereses económicos estarán por delante. ¿Y quién se va a oponer si hoy los venezolanos —tras años de represión— pueden respirar un poco más tranquilos?
María Corina Machado alzó la voz, pidió que Edmundo González Urrutia asuma el cargo que —dicen— ganó legítimamente. Pero no. Llega Trump y dice: “Gracias, pero no están listos, yo pondré a quien honre los intereses de Estados Unidos“. Así de claro. Porque, insisto, esto no es filantropía, es geopolítica. Y la geopolítica se mide en barriles, no en votos.
En medio de todo esto, una reportera lanza una pregunta clave en la rueda de prensa oficial: “¿Y ahora qué sigue? ¿Cuba?” Y Trump responde que sí, que también lo están analizando. Pero Cuba no es Venezuela. Cuba no tiene petróleo, y de hecho, su crudo venía de Venezuela. Con el cambio de régimen, ese suministro se cortará de inmediato, y eso pone a la isla en una situación energética y económica aún más grave. Ya no hay generación eléctrica, ya hay cortes. Cuba se queda sin gasolina y sin aliados.
Y de pronto, México entra al debate. Otra pregunta “sembrada” cuestiona si aquí podría pasar lo mismo. Pero México no es Cuba ni es Venezuela. Nuestra economía está atada a la de Estados Unidos desde el TLC, hoy TMEC. Tenemos inversión privada, remesas, exportaciones, estamos dolarizados en muchos sentidos. No somos una dictadura, ni un país aislado del capitalismo global. Aquí, si a uno le da gripa, al otro le da pulmonía. Es así de profundo el vínculo.
Además, Trump se refiere a Claudia Sheinbaum de forma muy distinta a como lo hizo con Maduro. La llama “una buena mujer”, reconoce que ha habido colaboración. Nunca dijo eso de Maduro. Aquí el discurso es distinto: el problema no es el gobierno, sino el narco. Y por eso plantea una narrativa de urgencia, pero no de intervención. Porque sabe —como todos— que una intervención aquí no es viable. Hay otras formas de presión, como congelar activos financieros, y con eso, cortar de raíz muchas operaciones del crimen organizado.
En otro orden de ideas y en otro momento, Marco Rubio, declara que en ningún momento de la historia, ningún gobierno mexicano ha colaborado tanto como el gobierno de Claudia Sheinbaum, lo que no sucedió con Maduro, señaló. Solo esta aclaración pone clara la narrativa y el contexto que prevalece.
Entonces, cuidado con comparar peras con manzanas. Quienes hoy celebran la caída de Maduro como un triunfo de la libertad, deben también reconocer que fue una violación flagrante al derecho internacional. Y quienes alertamos sobre esa ilegalidad, no lo hacemos por defender al dictador, sino por defender el principio. Porque si hoy lo hacen allá, mañana lo harán aquí. Y eso no debe pasar.
Hoy, Venezuela celebra. Pero esta historia no ha terminado. Apenas empieza. Y como decían los viejos seriales: “continuará…”

David Gamboa
Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.


