Venezuela no es libre, y no lo es desde el momento en que le arrebataron la posibilidad de decidir por sí misma. Le negaron el derecho a salvarse, a equivocarse y a corregir el rumbo. No eligió plenamente su destino ni su forma de gobierno; fue empujada, una y otra vez, a aceptar decisiones tomadas lejos de su gente. Hoy muchos creen que basta con señalar a un culpable, reducir la tragedia a un nombre propio, como si la historia de un país pudiera explicarse con un solo rostro. Pero el problema venezolano nunca fue únicamente un hombre.
El verdadero peso que arrastra Venezuela es más antiguo y más profundo. Es la condena de haber nacido inmensamente rica en petróleo. Una riqueza que no la protegió, sino que la expuso. El petróleo no fue solo un recurso, fue una sentencia: la convirtió en objetivo, en territorio codiciado, en pieza estratégica dentro de un tablero que siempre se jugó fuera de sus fronteras. Esa abundancia atrajo promesas, alianzas y discursos de progreso, pero también presiones, intereses cruzados y enemigos demasiado grandes para un país que jamás logró blindar sus instituciones.
Hoy Venezuela no solo no es libre, hoy es pobre. Y esa pobreza no se mide únicamente en cifras económicas. Es una pobreza que se manifiesta en la migración forzada, en los hogares rotos, en la normalización de la escasez y en la pérdida de expectativas. Millones de venezolanos han salido no por desarraigo, sino por supervivencia. Porque cuando un país deja de ofrecer futuro, quedarse se vuelve un acto heroico y marcharse, una necesidad.
Pensar que la detención o caída de un líder garantiza la libertad de un pueblo es una ilusión cómoda, pero peligrosa. Cambiar de figura en el poder no desmonta las estructuras que sostienen la dominación. El yugo venezolano no era personal, era sistémico. Mientras el país siga siendo tratado como botín, como ficha de negociación o como experimento político, la libertad seguirá siendo una promesa incumplida.
Los ejemplos sobran. Puerto Rico y Panamá, frecuentemente citados como historias de éxito tras la intervención norteamericana, no se desarrollaron desde la autonomía plena. Crecieron condicionados. Sus pueblos viven con una sensación persistente de tutela, de soberanía incompleta. No son colonias en el sentido clásico, pero tampoco son naciones que decidan todo por sí mismas. La intervención no resolvió los problemas de fondo; simplemente los administró bajo nuevas reglas y nuevos intereses.
Venezuela corre el mismo riesgo: pasar de una dependencia a otra, de un relato a otro, sin que el ciudadano recupere el control real sobre su vida. El daño más profundo no es económico, es psicológico y político. Es la idea instalada de que el destino siempre se decide afuera, de que la riqueza nunca pertenece al pueblo, de que la autodeterminación es un privilegio reservado para otros.
Defender la libertad de Venezuela no significa justificar errores internos ni idealizar gobiernos. Significa reconocer que ningún país merece ser castigado por su riqueza ni convertido en escenario permanente de disputas ajenas. Significa aceptar que la democracia no se exporta ni se impone, y que la soberanía no se concede: se ejerce.
Venezuela no será libre cuando cambie de dueño.
Será libre cuando deje, por fin, de tenerlo. Gracias por leer, yo soy Daniela Gonzalez Lara.

Daniela González Lara
Abogada y Dra. en Administración Pública, especializada en litigio, educación y asesoría legislativa. Experiencia como Directora de Educación y Coordinadora Jurídica en gobierno municipal.


