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    enero 22, 2026 | 7:19

    Un año mirando de frente al silencio

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    Durante un año seguí las cifras del suicidio en México como quien revisa un termómetro que no deja de subir. Pero muy pronto entendí que los números, por sí solos, no explican nada. Para comprenderlos tuve que sentarme a escuchar. A especialistas en salud mental. A familias. A personas que sobrevivieron a una crisis. A profesionales agotados por atender sin recursos suficientes. Y entonces las estadísticas dejaron de ser frías: empezaron a tener rostro.

    El primer hallazgo, tan evidente como incómodo, es este: el suicidio no es un hecho aislado, es el desenlace de múltiples fallas acumuladas. Falla el acceso a la salud mental, falla la economía cotidiana de las familias, falla la red de apoyo comunitaria, falla la política pública cuando llega tarde o de forma fragmentada.

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    Las cifras confirman la tendencia: los suicidios aumentan, especialmente entre hombres en edad productiva y jóvenes. Pero detrás del dato hay una constante que se repite en consultorios y entrevistas: personas que cargan solas con una presión que no saben cómo nombrar. La depresión no diagnosticada, la ansiedad normalizada, el insomnio crónico, el consumo de alcohol como anestesia emocional. Todo ocurre en silencio, hasta que deja de hacerlo.

    Los especialistas coinciden en algo inquietante: la mayoría de las personas que se suicidan no querían morir, querían dejar de sufrir. Y ese sufrimiento, en 2025, tiene un fuerte componente económico. Endeudamiento, precariedad laboral, miedo a perder el empleo, jornadas interminables, salarios que no alcanzan.

    La economía no suele aparecer en los titulares cuando se habla de salud mental, pero en la práctica clínica está siempre presente. La angustia financiera es uno de los detonantes más frecuentes de crisis emocionales severas.

    Aquí surge el segundo eje de esta reflexión: la urgencia de políticas públicas que entiendan la salud mental como un asunto estructural, no individual. No basta con campañas de concientización ni con líneas telefónicas de emergencia que son necesarias, sí, pero insuficientes. Lo que se requiere son espacios permanentes de atención psicológica accesible, integrados a escuelas, centros de trabajo, comunidades y sistemas de salud primaria. Atención continua, no reactiva. Prevención, no solo contención.

    La complejidad se profundiza cuando observamos a los grupos vulnerables. Jóvenes expuestos a violencia digital y expectativas irreales; mujeres atrapadas en círculos de violencia familiar; adultos mayores aislados emocionalmente; personas que viven en pobreza o informalidad laboral; comunidades donde la violencia ha normalizado la muerte.

    ¿Para ellos, hablar de “resiliencia” sin ofrecer condiciones mínimas de estabilidad es una forma de abandono?

    Durante este año escuché a psicólogos decir, con crudeza, que muchas consultas llegan tarde. Personas que buscaron ayuda antes, pero no encontraron cita, no pudieron pagarla o no se sintieron escuchadas. Ahí está uno de los puntos más dolorosos: la demanda existe, lo que falta es la capacidad para sostenerla.

    Pero hay una dimensión que no puede quedar fuera del análisis y que, paradójicamente, es la más cercana: la responsabilidad cotidiana de cada uno de nosotros. Atender la salud mental también pasa por la sensibilidad con la que habitamos el día a día. Ser amables en un mundo áspero. Escuchar sin juzgar. Compartir tiempo, palabras, silencios. Preguntar con honestidad “¿cómo estás?” y quedarnos a escuchar la respuesta.

    Los especialistas lo repiten: un gesto puede marcar la diferencia. Un abrazo. Una conversación. Decirle a alguien que no está solo, que lo que siente importa, que todo puede no estar bien hoy, pero que puede resistirse un día más. A veces, dar esperanza no es ofrecer soluciones grandiosas, sino sostener a alguien en el momento exacto en que flaquea.

    ¿Hay salida? Sí, pero no rápida ni simple. La evidencia internacional y la experiencia local muestran que las políticas sociales sí pueden reducir el suicidio cuando son permanentes, intersectoriales y evaluables. Programas de salud mental comunitaria, empleo digno, apoyo a economías familiares, detección temprana en escuelas, capacitación emocional desde la infancia. No son ideas nuevas; lo nuevo sería aplicarlas con continuidad y presupuesto real.

    Después de un año siguiendo estas historias, la conclusión es clara: no estamos ante una crisis individual, sino colectiva. El suicidio es el síntoma más extremo de una sociedad que ha aprendido a sobrevivir sin espacios para sanar. Crear esos espacios emocionales, económicos, institucionales y humanos es una decisión política, pero también un acto cotidiano.

    Porque, al final, un simple gesto, una palabra de aliento, un “todo va a estar bien” dicho con verdad, puede ser lo suficientemente poderoso para regalarle a alguien un día más. Y a veces, un día más lo cambia todo.

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    Nora Sevilla

    Comunicadora y periodista experimentada, actualmente Jefa de Comunicación en Cd. Juárez del Instituto Estatal Electoral y Tesorera en la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez. Experta en marketing político y estrategias de relaciones públicas, con sólida carrera en medios de comunicación.

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