Hay silencios que se llenan de gritos de felicidad y hay silencios que se llenan de miedo.
Mientras unas personas celebran, otras miran con el pecho apretado. Y no, ninguno de esos sentimientos está equivocado.
Hay quienes lloran de alivio porque el cansancio fue demasiado. Porque vivir en resistencia permanente también cansa. Porque sostener la esperanza durante años,sin resultados visibles, agota el alma. Esa alegría no nace de un posible triunfo, no;nace de haber sobrevivido. Y merece respeto, incluso cuando no alcanzamos a comprenderla del todo.
Pero también existe el otro lado de la moneda. El de quienes observan lo que ocurre con profunda preocupación. No por falta de empatía, sino porque conocen la historia. Porque saben que hay dolores que no terminan cuando cae una figura,y consecuencias que no siempre se ven de inmediato. Ese sentir también merece respeto.
Ambas emociones existen al mismo tiempo.
Y ninguna invalida a la otra.
Respetar la alegría de un pueblo cansado no obliga a callar la inquietud.Y expresar la preocupación no debería leerse como falta de solidaridad. Una mirada verdaderamente humanista no exige elegir un solo sentimiento,sino aceptar que el dolor se manifiesta de muchas formas.
Hay personas que celebran porque ya no podían seguir así.
Y hay personas que temen porque saben que ciertos actos suelen cobrarse después.
Desde fuera, siempre es tentador simplificar. Decidir quién tiene razón. Poner etiquetas. Pero la realidad no cabe en una sola emoción. Quien celebra no es ingenuo. Quien duda no es insensible. Ambos reaccionan desde lugares distintos.
La intervención, más allá de los discursos, deja una huella profunda. No solo en los territorios, también en la conciencia. Cambia la forma en que entendemos la soberanía,la dignidad y la autonomía.
Ahí aparece otra herida, quizá la más peligrosa: la normalización de la intervención como si fuera el único remedio posible. La violación de los derechos internacionales no es un concepto lejano ni un tema exclusivo de diplomnáticos. Es una grieta en el orden común. Y las grietas, cuando se aceptan, se ensanchan.
Los precedentes no se quedan quietos.
Caminan.
Aprenden.
Se repiten.
Hoy es Venezuela. Mañana puede ser cualquier otro país. Por eso preocupa ver celebraciones que no nacen de la empatía con un pueblo, sino del deseo de que algo similar ocurra en casa propia. Pedir que alguien más venga a resolver lo que para algunos es un problema lastima poco a poco, a la soberanía emocional,social y humana.
Y eso implica aceptar que nuestras vidas pueden administrarse desde afuera.Y eso, tarde o temprano,siempre se paga.
Esta opinión no defiende al régimen chavista ni condena pueblos.No busca convencer ni dictar postura. Es una invitación a sostener una empatía madura y compleja. Esa que permite entender que alguien puede sentir alivio sin aprobar los métodos. Que se puede celebrar un respiro y, al mismo tiempo, temer por las consecuencias. Que la alegría y la preocupación no son opuestas,sino coexistentes.
No todo lo que duele se explica con ideología.
No toda celebración es inconsciente.
No toda crítica nace del odio.
A veces, mirar con humanidad implica callar el juicio inmediato y escuchar más despacio. Aceptar que hay realidades que no comprendemos del todo porque no las hemos vivido en carne propia. Y que, precisamente por eso, nuestra responsabilidad no es señalar ni apropiarnos del dolor ajeno, sino reflexionar con cuidado.
Aquí no se trata de defender ni de condenar. Se trata de sostener la incomodidad de un momento donde la alegría y el miedo caminan juntos. Donde el alivio y la angustia se sientan en la misma mesa. Donde respetar significa no burlarse de quien celebra, pero tampoco silenciar a quien se preocupa.
Porque la humanidad no es una postura. Es una escucha.
Y escuchar hoy implica aceptar que hay pueblos que celebran desde el hartazgo,y personas que alertan desde la memoria.
Tal vez el verdadero acto humano, en medio de todo esto, sea reconocer que no tenemos todas las respuestas.
Y aun así, decidir mirarnos con respeto. Incluso cuando no coincidimos.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


