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    enero 20, 2026 | 6:45

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    Welcome to the Machine” Pink Floyd / Wish You Were Here (1975)

    “Welcome my son, welcome to the machine…”

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    Hoy, entre autos varados, migrantes abandonados y partidos
    borrados del mapa, México se enfrenta no a una crisis de
    decisiones, sino a una repetición automática de sus
    errores más brutales.

    Donald Trump ha reiterado su intención de implementar una política de deportaciones masivas si regresa a la presidencia en 2026, reactivando mecanismos como el uso intensivo del ICE y la política de “Permanecer en México”. De concretarse, esta medida podría generar una presión migratoria sin precedentes sobre México, al convertir al país nuevamente en una especie de “zona de espera” para solicitantes de asilo, además de forzar la repatriación de cientos de miles de mexicanos, algunos sin redes familiares ni vínculos actuales con su país de origen.

    El impacto social sería severo: comunidades fracturadas, saturación de servicios sociales, aumento del desempleo en regiones vulnerables, sin embargo, México no parece estar previendo una estrategia de Estado para enfrentar ese escenario.

    No hay planes visibles para fortalecer la capacidad de atención en albergues, integrar retornados a la economía formal, ni negociar mecanismos binacionales que protejan a sus ciudadanos.

    México debe anticiparse con una política pública integral: reforzar sus consulados en EE.UU., preparar un programa nacional de reintegración y establecer una posición firme ante Washington, exigiendo corresponsabilidad humanitaria.

    Ignorar estas señales sería repetir errores del pasado, pero en un contexto mucho más crítico.

    México debe abandonar la política exterior del “colchón humanitario” y transformarla en una diplomacia migratoria proactiva, basada en derechos, con exigencia bilateral y control territorial responsable. De lo contrario, no enfrentará una crisis migratoria: enfrentará una crisis de Estado.

    Y así como los autos chuecos se quedaron varados en la línea fronteriza de la regularización, tras la cancelación repentina del decreto que pretendía, noble en el papel, dar certeza a miles de familias, también se avecina otro atasco social, pero ahora con humanos, no con fierros oxidados.

    Igual que con los carros importados “de oportunidad”, el programa nació con fines sociales pero murió ahogado en su propio desorden: corrupción en los módulos, gestores improvisados haciendo negocio, trámites eternos y prórrogas sin control. Hoy quedan miles de vehículos atrapados entre la buena intención y la pésima ejecución.

    Y lo mismo ocurrirá, previsiblemente, cuando Trump cumpla su promesa de deportaciones masivas: miles de mexicanos repatriados, sin documentos, sin planes, sin empleo, chocando con un Estado que, otra vez, no preparó su política de contención ni pensó más allá del corto plazo.

    Aquí también aplica la regla de oro de la política a la mexicana: mientras haya oportunidad de negocio, todo arranca; pero cuando hay que prever consecuencias sociales… pues que se hagan bolas los que se queden con el cascajo.

    El Estado mexicano repite un patrón cíclico: improvisación, clientelismo y simulación. Programas mal diseñados que acaban beneficiando más a unos cuantos que al ciudadano; el caso de los autos chuecos es sólo una versión automotriz de una enfermedad sistémica que se llama hacer todo improvisadamente inclusive gobernar un país.

    En el contexto de la nueva reforma electoral impulsada, principalmente por Morena y sus aliados, los partidos pequeños están en pie de guerra por una razón evidente: la propuesta busca reducir significativamente el número de legisladores plurinominales y en paralelo, recortar el financiamiento público a los partidos, especialmente fuera de periodos electorales.

    Para los partidos grandes, esto se vende como un acto de austeridad y racionalización del gasto, peeero para los partidos pequeños, es una sentencia donde aplica la máxima: “primero mis dientes y luego mis parientes”, como bien sabemos los plurinominales son, en muchos casos, su única vía real para tener representación legislativa, sin esos espacios, simplemente desaparecerían del Congreso.

    Y la eliminación o reducción del financiamiento público los pone aún más a merced de estructuras consolidadas y de quienes ya tienen acceso a recursos privados, lo que está en juego, más allá del discurso, es una recentralización del poder político, disfrazada de eficiencia democrática.

    Reducir los plurinominales en nombre de la austeridad es como hacerle una liposucción a la democracia: pierde peso, sí, pero también órganos vitales, por desgracia en México el pluralismo no es un lujo, es una garantía mínima de representación, al menos así ha funcionado y sin él, la democracia no se reduce: se encoge peligrosamente.

    La reforma no sólo cierra el paso a los partidos minoritarios, sino que acentúa la desigualdad en la contienda electoral, beneficiando a quienes ya concentran poder y visibilidad, en pocas palabras: si se aprueba como está, esta reforma será una limpia quirúrgica de los partidos pequeños, pero sin asumir el costo político de desaparecerlos directamente.

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    Alfonso Becerra Allen

    Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.

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