Won’t Get Fooled Again / The Who (1971)
“Meet the new boss… same as the old boss.”
Revoluciones que prometen derribar al viejo régimen… y terminan reproduciendo sus gestos, sus vicios y hasta su tono autoritario sin embargo el reflejo del poder sigue intacto.
Cuando la transformación se convierte en teatro y el discurso moral encubre prácticas de siempre, lo que fracasa no es la ideología: es la coherencia.
Porque una cosa es que te corran, eso pasa: pasa en gobiernos “neoliberales”, pasa en gobiernos “transformadores”, pasa incluso en los gobiernos que juran que ya no pasan esas cosas pero otra muy distinta es pedir que te esposen, sí, pedirlo para que la escena salga con drama completo; repetir una y otra vez “soy obradorista” como si fuera patente de corso; retar a los funcionarios a que llamen al Ejército para poder salir, no por la puerta, sino por la historia; y decir “no tengan miedo” siendo que el miedo lo está sembrando él, en fin, pura vanidad disfrazada de causa.
Lo verdaderamente surreal vino después: se atrincheró, de hecho, al momento que estoy escribiendo esto, sigue en la oficina donde hizo lives en redes sociales, convocó al “magisterio insurgente” a “refundar” la SEP, declarar corrupta a la institución de la que fue parte, y dejar claro con todo esto que él se cree caudillo de algo y aquí no hay que ser de derecha, de izquierda o ambidiestro: basta con tener ojos para notar el tamaño del ego cuando se infla dentro de una estructura pública que debería funcionar sin divas.
Verá usted, este personaje no se comportó así por accidente, se comportó así porque su lógica interna es simple y peligrosa; no se asume funcionario, se asume dueño, dueño de los libros, dueño del relato, dueño del “obradorismo”, como si esto fuera el poder supremo, de aquí que actuó como si una presidenta en funciones tuviera que pedir permiso.
Si analizamos este fenómeno, queda en evidencia la verdad que incomoda, la que muchos no quieren decir en voz alta porque creen que reconocerla es “traicionar” a alguien: López Obrador nunca gobernó como un radical, porque en realidad no lo era, su sexenio caminó, la mayor parte del tiempo, por una franja central y pragmática, conservando inercias y reflejos al viejo Estado priista, ese México de los sesentas, setentas y ochentas que a un verdadero movimiento revolucionario. Aquí la cosa es que para llegar, para sostener el relato y para construir músculo militante, necesitó a los radicales porque ahí estaban sin fuerza ni representación y se dio cuenta que eran muchos, éste los tomó en cuenta, les abrió puertas, les dio micrófono y a la postre les dio oficinas, porque la política es así: sumas lo que sirve, aunque luego tengas que cambiarlos, ya sea con agradecimiento, con algún premio como alguna embajada en Costa rica o algún otro cargo dentro del gobierno, como está quedando evidente, lo malo es que en este caso, ganó el complejo, que se alimenta de esa cercanía hasta que confundió el favor con un derecho y el espacio con propiedad.
Esta escena no solo es ridícula por demás, es coherente ya que actúa como si AMLO fuera más fuerte que la presidenta, como si el “obradorismo” fuera un fuero eterno, como si el movimiento le debiera obediencia a su terquedad.
No se porque no puede respetar a la presdenta Sheinbaum, digo Mario Delgado es su jefe inmediato, pues mantenga las formas, ¿será mucho pedir? Está haciendo lo que tarde o temprano tenía que hacerse si se quiere gobernar y no solo agitar ir prescindiendo, poco a poco, del compromiso con actores radicales que ya no suman y empezar a incorporar perfiles con valor real.
El “OSO” entonces deja de ser anécdota: es una fractura visible entre el caudillismo emocional y el Estado que necesita funcionar.
Por cierto, Arriaga no era precisamente una garantía de brillantez editorial; los libros de texto que defendió como si fueran tablas de la ley arrastraron señalamientos básicos: errores de datos históricos, descuidos de edición, pifias que en primaria duelen más porque son la primera versión del mundo que recibe un niño y para rematar: el Estado terminó metiendo mano por la vía judicial en polémicas que no debieron existir en un material educativo, como si el libro fuera arma arrojadiza y no herramienta.
Pero si lo de los errores fuera lo único, todavía estaríamos en el terreno de la ineptitud, el problema es cuando la ineptitud se combina con el autoritarismo, han circulado denuncias de trabajadores de la SEP ante el Órgano Interno de Control contra el área que encabezaba Arriaga: presuntos actos de extorsión y abuso de poder, con cuotas que, según el señalamiento, llegaban hasta 38 mil pesos para obtener o conservar un puesto, ojo: es denuncia, no sentencia; pero en política la sola existencia de ese señalamiento revela el clima: miedo, control, la plaza como botín, la nómina como peaje y eso ya no es “transformación”: es la versión más corriente y más vieja del poder, con un nuevo vocabulario encima.
Mientras tanto, México sigue atorado donde duele: en lo medible, ahí le va; entre sexenios podrá cambiar el eslogan, pero los números, cuando uno se atreve a mirarlos, no se dejan hipnotizar, en PISA, México venía estancado desde hace años, sí; pero al menos no se desbarrancaba: en 2012 rondaba 413 puntos en matemáticas; en 2015, 408; en 2018, 409. Y luego vino el golpe: en 2022 cayó a 395, si bien no es una diferencia “técnica”, si es retroceso, dicho en cristiano, después de años de no mejorar, por fin logramos empeorar, y encima nos vendieron libros “intocables” como si fueran la salvación y cuando la educación baja, el gobierno puede culpar a Calderón, a los “conservadores” o a la luna… pero el niño sigue lejos de una educación “digna” ya no de excelencia… como los cangrejos.
Destaco la decisión de la presidenta Sheimbaum el nombramiento de Nadia López no es solo una ficha nueva en el organigrama: es un gesto político, no llega como comisaria de consigna, sino como un perfil con trayectoria cultural y educativa, con trabajo reconocido en torno a lenguas y comunidades, y con un capital simbólico menos faccioso y eso, en un país donde todo se polariza, es oro de tal forma que hasta desde la oposición la llamen extraordinaria mujer no es milagro, es señal de que, al menos en el papel, el gobierno está intentando sustituir el grito por el oficio.
Al final, el “OSO” de Arriaga no es solo su berrinche con esposas imaginarias y heroísmo de utilería, el oso mi lector, es el espejo; un proyecto que se dijo moral y terminó defendiendo a gritos la infalibilidad de unos libros señalados por errores; un discurso que se proclamó humanista y terminó coqueteando con el abuso laboral; un hombre que se proclamó leal y terminó insultando a los suyos cuando ya no le aplaudieron la soberbia y sí: esto será curiosidad para periodistas y sociólogos.
La educación no necesita mártires necesita menos teatro y más revisión, menos “no tengan miedo” y más “corrijamos esto” y por el amor de Dios, menos osos.

Alfonso Becerra Allen
Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.


