La resiliencia es cultivar la esperanza, practicar la conciencia, tener capacidad autocrítica, evitar el estancamiento donde hay vulnerabilidad, incomodidad y dolor. La resiliencia es quizá lo más valiente por experimentar cuando nos sentimos pequeños y heridos.
Y no, no es un concepto romántico como nos lo han querido vender.
No es una frase motivacional para subirla al insta con musica de fondo. No es “échale ganas” ni “todo pasa por algo”. La resiliencia, si somos honestas, es incómoda, es cansada y muchas veces es sumamente solitaria.
Porque ser resiliente implica mirarte de frente cuando no te gusta lo que ves.
Como mujer, nos enseñaron a resistir desde muy chicas. A aguantar. A ser pacientes. A entender. A justificar. Y ahí está el primer problema: confundimos resistencia con resiliencia.
Resistir es quedarte en el mismo lugar, soportando.
Ser resiliente es transformarte, aunque duela.
Y eso cambia todo.
En el amor, por ejemplo, la resiliencia no es quedarte donde no te eligen. No es entender todas las ausencias ni justificar todos los silencios. No es adaptarte hasta desaparecer.
La resiliencia en el amor es tener el valor de irte cuando sabes que ahí no es, aunque te duela en el alma.
Porque sí, duele. Y bastante.
En la amistad pasa igual. No todas las personas que llegan a tu vida están destinadas a quedarse. Y a veces, por lealtad mal entendida, nos quedamos en vínculos que ya no nos nutren, que ya no nos cuidan, que ya no son recíprocos.
Ser resiliente también es saber soltar sin convertirte en piedra.
Y en el trabajo… bueno, ahí es donde muchas se rompen en silencio.
Porque nos enseñaron a ser “agradecidas”, a no incomodar, a no pedir más, a no levantar la voz. Y cuando lo hacemos, somos “difíciles”, “intensas” o “problemáticas”.
Entonces nos tragamos todo. El reconocimiento que no llega, las oportunidades que se le dan a otros, el esfuerzo invisible.
Pero la resiliencia no es aguantar injusticias.
Es reconocerlas y decidir qué haces con eso.
A veces será quedarte y luchar.
A veces será irte y empezar de nuevo.
Ninguna de las dos es fácil.
Y aquí viene la parte incómoda que nadie quiere decir: la resiliencia también implica responsabilidad personal.
No todo es culpa de los demás. No todas las veces nos hacen daño sin que nosotras lo permitamos de alguna forma. Y no, esto no es culpar a la víctima, es reconocer que también tenemos patrones, heridas y decisiones que revisar.
Porque si no hay autocrítica, no hay cambio.
Y sin cambio, solo estamos sobreviviendo en piloto automático.
Ser resiliente es dejar de romantizar el dolor, pero también dejar de huirle. Es aprender a nombrarlo, a entenderlo y a transformarlo en algo que no te destruya.
No es volverte invencible.
Es volverte consciente.
Es dejar de mendigar amor, respeto o espacios.
Es entender que tu valor no está en lo que das, sino en lo que eres.
Y sí, suena fuerte. Porque lo es.
La resiliencia no es para verse bonita, es para reconstruirte cuando la vida —o las personas— te rompieron.
Y en un mundo donde constantemente nos quieren pequeñas, calladas y adaptadas, elegir reconstruirte es un acto profundamente rebelde.
No siempre vas a poder con todo.
No siempre vas a estar bien.
No siempre vas a tener claridad.
Pero si algo define la resiliencia, no es no caerse… es decidir no quedarse en el suelo.
Aunque nadie esté viendo.
Aunque nadie aplauda.
Aunque duela más de lo que esperabas.
Y eso, aunque no lo parezca, es una de las formas más poderosas de amor propio.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


