Diciembre siempre ha sido un mes especial. En él celebramos que nos fue dado el Hijo del Padre: el nacimiento del niño Jesús, la reconciliación de Dios con la humanidad, no por mérito nuestro, sino por gracia y amor infinito.
Lo escribí hace algunos años en una columna decembrina: mi tía Alma suele recordarnos la enorme importancia de la Navidad, incluso para quienes no se asumen creyentes. El mundo, de alguna forma, se detiene en torno a ella.
Es un tiempo de paz, reflexión, espiritualidad y cercanía. Con la familia de sangre y con la elegida. De darnos a otros y recibir lo mejor de nosotros mismos. Luces, decoración, abrazos y encuentros celebran el nacimiento de Jesús. Habrá quien las llame fiestas decembrinas, pero para mí siguen siendo la expresión del amor inmenso de Dios al darnos a su Hijo único.
Para estas fechas, mi Tenchini y yo ya estaríamos en “modo Navidad”. Decorar juntas, pensar los regalos, preparar la cena, compartir charlas y oraciones. Todo. Mi persona, mi compañera, mi cómplice, mi columna vertebral, mi mejor amiga: mi madre.
Como muchas personas, esta será mi primera Navidad viviendo la ausencia física de quien estuvo más cerca de mi corazón. Por primera vez, celebraré la Natividad del Señor sin estar físicamente juntas. Desde su vientre hasta su último aliento, fue la persona más constante y más bella de mi vida.
Esta Nochebuena su presencia corporal no estará en la mesa. No escucharé sus regaños ni sus consejos para cocinar. Tampoco esas conversaciones que iban de lo más simple a lo más profundo.
Pero vive dentro de mí su amor, su ejemplo, su voz. Mis ojos en sus ojos, incluso su olor. Dentro de mí también existe ese verano invencible en medio del invierno. Estaré bien, amándola. Estaremos mi padre, familia y yo evocándola en cada respiro que será suspiro. El amor no muere. Dios nos dio ese ejemplo al entregar a su Hijo Jesucristo. Ese amor vivo me acompañará hasta que deje este mundo. Gracias, Dios mío, y gracias, madre mía, por todo y por tanto.
Gracias a quienes leen esta columna y regalan unos minutos de su tiempo. Sean como sean sus familias y afectos, vívanlos en grande. Honremos lo que nos toca, incluso las pérdidas. Para quienes amamos y están lejos, oremos por lo que nos hace reír y llorar; desde el corazón esperemos los reencuentros venideros y sigamos amando en la distancia para poder recuperar lo que se tenga que recuperar. Aprovechemos lo insustituible: el tiempo.
Que el nacimiento de nuestro Señor nos lleve a un renacimiento espiritual. Que riamos más, bailemos más, respetemos más y florezcamos, como el romeo de mi madre que, de estar al borde de la muerte, hoy rebosa vida.
Qué esta noche buena, compartan y amen, que su cena sea deliciosa, abundante y su corazón dispuesto a celebrar la Navidad, pero sobre todo que nunca le falten motivos para sentir el corazón lleno.
Mis mejores deseos y un abrazo apretado.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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