El reflejo de nuestra propia descomposición
Hay crímenes que no solo estremecen;exhiben, sin anestesia, el grado de deshumanización al que hemos llegado.
El asesinato del bebé Eithan Daniel y el caso del menor de 6 años golpeado brutalmente por su padrastro no son únicamente hechos atroces; es el síntoma más crudo de una sociedad que ha normalizado la violencia, que ha aprendido a convivir con la barbarie y que, peor aún, ha decidido mirar hacia otro lado.
En apenas 18 meses de vida, si es que a eso puede llamársele vida, el pequeño cuerpo de Eithan acumuló la evidencia de una violencia sistemática, de una saña que no nace de la nada.
Esa violencia se gesta en entornos donde el abandono emocional, la negligencia y la brutalidad son cotidianos.
Y mientras tanto, nosotros, como sociedad, seguimos repitiendo la cómoda mentira: ”no se podía saber”, “no se podía prevenir”.
Pero sí se podía.
Se podía cuando alguien escuchó un llanto constante y decidió no intervenir.
Se podía cuando vecinos, familiares o incluso instituciones eligieron la indiferencia como respuesta.
Se podía cuando preferimos creer la versión edulcorada de las redes sociales, donde la vida se maquilla, se filtra y se disfraza de perfección, convirtiéndose en cómplice silencioso de la violencia real.
Hoy, más que nunca, las plataformas digitales no solo comunican; también encubren.
Decir que la violencia intrafamiliar no se puede prevenir es una renuncia moral.
Es abdicar de la responsabilidad colectiva. La violencia sí se puede detectar, sí se puede frenar, pero requiere algo que hoy escasea; voluntad.
Voluntad política para diseñar e implementar políticas públicas contundentes, con seguimiento real, con presupuestos suficientes y con consecuencias claras. Voluntad social para dejar de normalizar lo inaceptable.
Voluntad individual para intervenir, denunciar y proteger.
Porque esto no se trata únicamente de prevenir; se trata de erradicar.
Erradicar implica sanciones ejemplares, sí, pero también reconstrucción del tejido social.
Implica gobiernos que no reaccionen solo ante la indignación mediática, sino que actúen de forma estructural.
Implica sistemas de protección a la infancia que funcionen, que lleguen a tiempo, que no se pierdan en la burocracia.
Implica escuelas, centros comunitarios y servicios de salud que detecten señales de alerta y actúen sin titubeos.
Pero también implica algo más incómodo: mirarnos como sociedad.
¿Dónde estamos cuando un niño es violentado? ¿Dónde están los familiares que “no se quisieron meter”?
¿Dónde están los vecinos que prefirieron el silencio? ¿Dónde están las autoridades que llegan siempre después?
La respuesta es dolorosa: estamos ausentes. Estamos distraídos. Estamos anestesiados.
Y esa ausencia tiene consecuencias.
Los niños que sobreviven a estos entornos no salen ilesos.
Crecen marcados por el abandono, por la violencia, por la falta de amor y de esperanza.
Y muchos de ellos, en un ciclo devastador, terminan replicando aquello que aprendieron; la violencia como lenguaje, el dolor como herencia.
Después, como sociedad, nos indignamos ante el delincuente, el agresor, el criminal… pero olvidamos que alguna vez fue un niño al que nadie escuchó.
Esa es la verdadera tragedia.
La desvalorización social de la infancia no solo destruye vidas individuales; erosiona el futuro colectivo.
Cada niño que crece sin protección, sin afecto y sin oportunidades es una herida abierta en el tejido social.
Y cada omisión, cada silencio, cada indiferencia, es una forma de complicidad.
Hoy no basta con indignarnos.
No basta con compartir una publicación o exigir justicia en abstracto.
Se requiere una transformación profunda; ser ojos que observan, oídos que escuchan y, sobre todo, voces que denuncian.
Se requiere reconstruir la responsabilidad colectiva que hemos perdido.
Porque mientras sigamos normalizando la violencia, mientras la impunidad siga siendo la regla y no la excepción, mientras la infancia siga siendo invisible, casos como el de Eithan Daniel no serán la excepción; serán la consecuencia.
Y entonces, la pregunta dejará de ser qué nos pasó… para convertirse en qué dejamos de hacer.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


