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febrero 6, 2026 | 7:25

La estética del bienestar: la austeridad se escurre con el tinte

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La reapertura del salón de belleza en el Senado no se anunció, no hubo comunicado, ni transparencia,  siquiera la cortesía de avisar. Simplemente un día abrieron la puerta… y ahí estaba: el salón funcionando como si nunca hubiera sido clausurado en nombre de la “austeridad republicana” y para rematar la escena, una senadora sentada con el tinte en la cabeza. Cuando le preguntaron por el servicio, respondió con una naturalidad casi teatral: “¿Cuál servicio?”. El tinte escurriendo y la narrativa también.

El salón no es nuevo, existía desde hace años, pero fue cerrado para demostrar virtud política. Era el símbolo perfecto: “nosotros sí somos austeros” y ahora, sin explicación, sin proceso, sin justificación pública, reaparece como si la memoria colectiva fuera un mueble más del tocador.

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Pero la joya del guion llegó después;  la senadora Andrea Chávez, en un intento de defensa que terminó siendo autogol, declaró que ella ni siquiera usa el servicio de estética que  se peina con una secadora Dyson, una herramienta de lujo que cuesta más que la despensa mensual de muchas de las personas que apoyan al movimiento político al que pertenece. Una marca que la mayoría ni conoce, ni ha visto, ni podría comprar. Fue una declaración que no solo no ayuda, sino que exhibe una desconexión monumental entre el discurso de “estar con el pueblo” y la realidad de ciertos privilegios.

La ironía es tan perfecta que parece escrita por un guionista:

la austeridad se peina con Dyson y se retoca con tinte institucional.

Pero vayamos al punto que nadie quiere tocar, aunque huela a amoníaco:

Si las senadoras pagan por el servicio, ¿por qué el Senado paga los insumos?

¿Desde cuándo el erario financia tintes, tratamientos, shampoos profesionales y herramientas de estilismo para un servicio que supuestamente es privado?

¿En qué capítulo del manual de austeridad dice que el pueblo paga el acondicionador de keratina?

La respuesta no está en el salón, está en la narrativa.

La austeridad se convirtió en un símbolo moral, en una bandera ética, en un argumento para cerrar espacios y recortar presupuestos. Pero cuando conviene, esa misma austeridad se vuelve flexible, selectiva, casi caprichosa. Se aplica hacia afuera, pero se suaviza hacia adentro. Se exige al pueblo, pero se negocia en el Senado. ¡A caray!

La reapertura del salón no es un acto administrativo: es un recordatorio de que la austeridad no siempre es pareja, hay recortes que sí duelen y recortes que no. Servicios que se cierran para demostrar virtud y otros que se reabren para mantener comodidad y que la congruencia, como el cabello, requiere mantenimiento constante.

A la senadora Andrea Chávez se le atribuye públicamente haber impulsado la reapertura. No hay pruebas oficiales que lo confirmen, pero la percepción ya está instalada y en política, la percepción pesa tanto como el hecho. Más aún cuando la defensa del servicio se hace con una secadora de lujo en la mano y una escena previa donde una senadora niega un servicio mientras literalmente lo recibe.

La pregunta sigue ahí, incómoda, insistente, imposible de peinar hacia atrás:

¿cómo se sostiene un discurso de austeridad mientras se subsidia un salón de belleza?

Porque esto no es bienestar social.

Esto es estética del bienestar.

Una estética que funciona muy bien en redes, en discursos, en slogans, pero que se desmorona cuando se confronta con la realidad cotidiana de millones de personas que no tienen acceso ni a servicios básicos, mucho menos a un salón financiado por el Estado. Una estética que presume cercanía con el pueblo mientras se defiende con herramientas que el pueblo ni conoce.

No se trata de criticar el cuidado personal, aclaro, que bastante falta le hace a uno que otro. Se  trata de exigir coherencia.

Si el servicio es privado, que sea privado en todo: servicio, insumos, mantenimiento.

Si el servicio es institucional, que se explique por qué y para qué.

Pero lo que no se puede es sostener un discurso de austeridad mientras se financia un salón de belleza con recursos públicos.

La confianza ciudadana no se construye con discursos, sino con congruencia.

Y la congruencia, a diferencia de un tinte mal aplicado, no se puede disimular con un retoque.

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Aldonza González Amador

Criminóloga y Empresaria Juarense
Actualmente Presidenta del Organismo Nacional de Mujeres Priistas en el Estado de Chihuahua (ONMPRI) y Estudiante de Administración de Empresas en la Universidad de la Rioja España.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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