Hay obras de arte que no solo valen por lo que cuestan, sino por lo que significan. Una de ellas es El sueño (La cama), de Frida Kahlo, una pintura que suele mencionarse como una de las más caras realizadas por una mujer y que ha alcanzado precios históricos en el mercado internacional. Más allá de cifras y subastas, esta obra abre una conversación mucho más profunda: ¿qué pasa cuando el arte que define a un país termina lejos de su gente?
Frida Kahlo no fue solo una pintora reconocida; fue una mujer que transformó su dolor, su historia personal y su identidad mexicana en una obra universal. El sueño (La cama) no es una imagen cómoda: muestra fragilidad, enfermedad, introspección y una enorme honestidad emocional. Es una pintura que habla de la condición humana desde México hacia el mundo. Por eso no resulta exagerado pensar que obras como esta deberían estar en nuestro país, accesibles al público, como parte de nuestro patrimonio cultural.
Cuando una pieza así permanece en colecciones privadas en el extranjero, algo se pierde. No porque el arte no deba viajar o ser reconocido globalmente, sino porque su lugar natural también es aquel donde nació su significado. Ver una obra de Frida en México no es lo mismo que verla en otro contexto: aquí dialoga con nuestra historia, con nuestras heridas y con nuestra forma de entender la vida. Tenerla en museos públicos sería una forma de devolverle al pueblo una parte de sí mismo.
La cultura, entendida de esta manera, no es un lujo ni un gasto innecesario. Es una herramienta poderosa de transformación social. Invertir en cultura es invertir en educación emocional, en identidad y en pensamiento crítico. Un país que conoce a sus artistas, su historia y sus expresiones culturales es un país más fuerte, más consciente y más difícil de manipular.
Por eso es importante aclarar algo: hablar de cultura no es hablar de “pan y circo”. No se trata de espectáculos superficiales para distraer a la gente, ni de eventos vacíos que solo sirven para la foto. Se trata de estrategias culturales serias, de largo plazo, que generen impacto real y vayan de la mano con el desarrollo económico y el bienestar humano. Museos bien gestionados, programas culturales comunitarios, educación artística y acceso real al patrimonio generan beneficios que se reflejan en turismo, empleo, cohesión social y orgullo nacional.
Pocas acciones desde el gobierno pueden generar tantos beneficios al mismo tiempo como una política cultural sólida. La cultura alimenta el espíritu, da sentido de pertenencia y abre horizontes. Nos recuerda quiénes somos y qué somos capaces de crear. En un país con tantos retos, darle cultura a su gente no es un capricho: es una forma inteligente y profunda de construir futuro.
La obra de Frida es un tesoro nacional y asi debemos de valorarlo, es lamentable que parte de nuestra historia se encuentre en la sala de un particular y si Frida Kahlo ya le dio al mundo su arte, ahora nos toca a nosotros decidir si somos capaces de darle a nuestro pueblo el acceso a esa grandeza y entender, de una vez por todas, que la cultura no es adorno: es raíz, es fuerza y es transformación. Gracias por leer.

Daniela González Lara
Abogada y Dra. en Administración Pública, especializada en litigio, educación y asesoría legislativa. Experiencia como Directora de Educación y Coordinadora Jurídica en gobierno municipal.


