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    enero 15, 2026 | 0:49

    Entre rieles y palabras: un Día del Libro bajo tierra

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    Cada 12 de noviembre, México celebra el Día Nacional del Libro, fecha que coincide con el natalicio de Sor Juana Inés de la Cruz, figura cardinal de nuestra tradición literaria y símbolo de la inteligencia crítica como forma de libertad. Su memoria nos recuerda que el libro —siempre a contracorriente— es refugio, resistencia y punto de partida. Este año, la jornada llega marcada por una preocupación creciente: la reducción del presupuesto federal destinado a cultura para el próximo ejercicio fiscal. En un entorno donde los recortes se vuelven costumbre, resulta necesario voltear a ver los esfuerzos que, desde otras trincheras, buscan mantener viva la vida cultural del país.

    Uno de esos esfuerzos provino, paradójicamente, de los túneles del Metro de la Ciudad de México. El Sindicato Nacional de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo —uno de los sindicatos más influyentes del sector público capitalino, encabezado por su dirigente, el Ing. Fernando Espino Arévalo— y en coordinación con la Unidad de Cultura del Metrorealizó este año Arte Subterráneo, un encuentro cultural que reunió música, fotografía y poesía en una de las estaciones más concurridas del sistema. La coordinación estuvo a cargo de Linda Guiza, poeta y trabajadora del Metro, quien logró articular un programa que conecta de manera directa con el espíritu del Día del Libro: acercar la palabra a todos, incluso a quienes nunca pisan un museo o una sala de conciertos.

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    El valor del programa no recae sólo en su existencia, sino en la calidad de sus participantes. Entre los poetas convocados destaca Manuel Becerra, ganador del Certamen Nacional de Literatura Laura Méndez de Cuenca, del Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, del Enriqueta Ochoa y del Ramón López Velarde, además del Premio Internacional Jaime Sabines 2024. También participó Hortensia Carrasco Santos, galardonada con el XVII Premio de Poesía Editorial Praxis. La presencia de autores con sólida trayectoria en un espacio público subterráneo revela una apuesta cultural seria, no un simple acto protocolario.

    Conviene dimensionar el impacto del gesto: el Metro no sólo es el sistema de transporte más grande del país, sino la verdadera columna vertebral de la movilidad y de la vida cotidiana de la Ciudad de México. Millones de personas lo recorren cada día. Ningún museo, galería o biblioteca tiene un alcance comparable. Es, por definición, el espacio cultural más democrático y más heterogéneo de la capital. Allí, donde el tránsito constante parece impedir toda detención, la poesía encontró un respiro; la música, un eco; la fotografía, un punto de mirada.

    En tiempos de incertidumbre presupuestal, estos esfuerzos adquieren un peso simbólico y político particular. Mientras el Estado reduce los recursos destinados a la cultura, un sindicato del sector público —habitualmente asociado a la logística operativa del transporte— sostiene la idea de que la cultura es una necesidad social y no un lujo prescindible. La iniciativa, además, es impulsada desde la base trabajadora, lo que añade un componente comunitario pocas veces reconocido en la narrativa cultural del país.

    No se trata de idealizar. Ningún evento sustituye la urgencia de políticas culturales fuertes, estables y con visión de largo plazo. Pero sí permite reconocer que la cultura se mantiene viva gracias a quienes creen en su función social, incluso desde espacios inesperados. Arte Subterráneo demuestra que la cultura también puede brotar bajo tierra, allí donde se cruzan la prisa, la rutina y el cansancio, recordándonos que el derecho a la cultura no debe depender de presupuestos variables ni de coyunturas políticas.

    Sor Juana escribió: “Yo no estudio para saber más, sino para ignorar menos”. En esa frase cabe la razón profunda de actos como este. Acaso un recital breve, una fotografía detenida o un coro que irrumpe entre vagones no resuelvan los grandes debates nacionales, pero sí nos permiten ignorar menos: ignorar menos la poesía, menos la música, menos la imagen, menos la posibilidad de encuentro que todavía guarda la ciudad.

    Por un día, el Metro se convirtió en algo más que un sistema de transporte: fue un espacio de celebración cultural. Y quizá allí —entre rieles, voces y pasos— Sor Juana encontró este año un lugar inesperado para seguir cumpliendo años.

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    Elias Ascencio

    Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.

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