Cuando la tragedia se convierte en guion de campaña
El reciente descarrilamiento del Tren Interoceánico en Oaxaca, una tragedia que dejó 13 muertos, debería ser motivo de duelo, reflexión y análisis técnico. Pero en México, la realidad se instrumentaliza al instante y sin pudor. Aún con los cuerpos sin identificar, ya había columnas acusatorias, montajes gráficos en redes y voceros opositores transformando el dolor ajeno en munición política. No fue la excepción: fue la estrategia. “Go Negative”, como enseñó Jorge Castañeda hace años. Convertir el desastre en consigna.
Bajo esa lógica, el accidente no fue un hecho lamentable que requiere respuestas institucionales —que las habrá—, sino una oportunidad dorada para reforzar una narrativa adversa que lleva años cocinándose: la de una transformación que, según sus críticos, se cae a pedazos. Poco importa si las declaraciones técnicas estaban sacadas de contexto, o si el propio ingeniero citado salió a desmentir que se refiriera a este tren o a estas vías. Tampoco parece importar que en Estados Unidos también se descarriló un tren de carga, sin que nadie exigiera la renuncia de Donald Trump ni de Joe Biden. Allá los accidentes se investigan. Aquí, se aprovechan.
Este uso político del dolor tiene un nombre: carroñerismo mediático. No busca soluciones, no honra a las víctimas, no plantea alternativas viables. Solo busca sumar puntos en la contienda del descrédito. En lugar de esperar una investigación seria, se dictan veredictos en columnas escritas con más rabia que rigor. En vez de exigir peritajes independientes, se construyen narrativas viscerales donde el accidente es culpa directa del expresidente, de la presidenta, de quien se cruce. La política se convierte en espectáculo de linchamiento.
No hay duda de que el Tren Interoceánico es una obra ambiciosa, impulsada con prisa y cargada de simbolismo. Y por eso mismo, también está expuesta al juicio público. Pero una cosa es cuestionar legítimamente sus costos o su operación, y otra muy distinta es usar una tragedia para reforzar un relato que ya estaba escrito antes del siniestro. Es el guion de siempre: cualquier error es corrupción, cualquier falla es negligencia, cualquier víctima es culpa directa del presidente en turno.
Esta visión binaria, donde todo lo que hace el gobierno está mal por definición, no construye país. Desacredita, sí. Indigna, también. Pero no propone. Es oposición que solo sabe vivir del desastre, no evitarlo. Y lo más grave es que, al convertir cada tragedia en arma, terminan banalizando el dolor real de las personas. Las víctimas no son ciudadanos con historias, son herramientas para el discurso.
Lo que México necesita no es más polarización ni más columnas que simulan periodismo pero repiten consignas. Necesita saber qué falló, quién fue responsable y cómo evitar que vuelva a ocurrir. Necesita técnicos que hablen sin miedo a ser usados, peritajes serios y gobiernos —de cualquier signo— que respondan con hechos.
Sí, el accidente fue doloroso. Sí, se deben investigar responsabilidades. Pero también hay que decirlo claro:
No, no todo es culpa del gobierno.
No cada muerte es un crimen de Estado.
No todo tren que se descarrila es símbolo de una nación perdida.
A veces —como en cualquier país del mundo— los accidentes ocurren. Lo que diferencia a las democracias maduras es cómo se reacciona:
con instituciones, con responsabilidad y con altura de miras, no con linchamientos automáticos ni campañas carroñeras que, lejos de buscar justicia, solo buscan votos.

David Gamboa
Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.


