En esta coyuntura, hay algo que se siente en la calle, en la conversación cotidiana, en el silencio de quienes ya no creen en los discursos grandilocuentes: la sociedad está cansada. Cansada de la política que promete mucho, confronta más y resuelve poco. Cansada de que gobernar se confunda con entretener.
Hoy la política se grita, se transmite en vivo, se convierte en espectáculo. Se gobierna frente a las cámaras, no frente a los problemas. Se construyen narrativas, no soluciones. Y mientras eso ocurre, la vida real sigue su curso: la inseguridad no espera, la economía no se detiene, la gente no puede pausar sus necesidades.
No es una postura ideológica. No es un debate entre izquierda o derecha. Es una experiencia compartida. Es el hartazgo de la ciudadanía que está al centro, donde no viven los extremos, sino las personas que trabajan, que cuidan, que resisten.
Cuando la política se vuelve espectáculo, el poder deja de escuchar. Y cuando deja de escuchar, empieza a imponer. Se gobierna desde la emoción del aplauso, no desde la responsabilidad de la decisión. Se polariza porque divide es más rentable que dialogar. Pero dividir no resuelve; solo posterga.
Venezuela es una advertencia que no podemos ignorar. No como bandera, no como consigna, sino como lección. Durante años, el discurso sustituyó a la realidad. La épica ideológica ocupó el lugar del análisis serio. El enemigo externo justificó todos los errores internos. ¿El resultado? Millones de ciudadanos obligados a huir de su país, instituciones debilitadas y una crisis que no se transmitió en cadena nacional, pero se vivió en cada hogar. Cuando el poder se ejerce desde el espectáculo, el costo lo paga la gente.
Y aquí conviene decirlo con claridad: no apoyar los extremos no es tibieza. Es sentido común. Es entender que la política no está para imponer visiones absolutas, sino para servir a una sociedad plural. No hablo desde un partido, hablo como ciudadana. Como alguien que cree que el Estado debe funcionar, no declamarse.
Hoy la coyuntura exige otra cosa. Exige liderazgo sin estridencia. Exige comunicación sin manipulación. Exige decisiones que quizá no den aplausos inmediatos, pero sí resultados duraderos. Gobernar no es agradar; es sostener.
La ciudadanía no pide milagros. Pide seriedad. Pide respeto. Pide que no se le trate como público, sino como protagonista. Porque la política no es un escenario, es un servicio. Y cuando se olvida eso, el cansancio social no es apatía: es una llamada de atención.
Escucharla no es opcional. Es urgente

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.


