Desde América Latina, lo que ocurre hoy en Minneapolis no se observa como un problema lejano ni ajeno. Las muertes de civiles en operativos atribuidos a la policia migratoria y la respuesta social que ha seguido conectan con una memoria regional marcada por el abuso de poder, la represión estatal y la criminalización de los cuerpos más vulnerables. En nuestro continente, sabemos bien lo que sucede cuando la fuerza del Estado se impone sin control ni rendición de cuentas.
Las protestas que han surgido en Estados Unidos no nacen solo del enojo. Nacen del miedo, del cansancio y de una sensación profunda de desprotección. Para millones de personas migrantes, la presencia de agentes federales armados no representa seguridad, sino amenaza. Ese sentimiento es fácil de entender desde este lado del continente, donde durante décadas se normalizó que la autoridad persiguiera, golpeara o desapareciera a quienes consideraba incómodos.
Lo que hoy se vive en ciudades estadounidenses recuerda una lección conocida en América Latina: cuando el Estado deja de cuidar y comienza a agredir, la gente se organiza. Las calles se llenan no por moda ni por ideología importada, sino porque la dignidad tiene un límite. Las madres que marchan, los jóvenes que gritan, los trabajadores que se suman, no buscan desestabilizar un país; buscan ser reconocidos como personas, no como amenazas.
Para el gobierno federal estadounidense, el riesgo no está únicamente en la protesta visible, sino en ignorar su significado. América Latina ha visto una y otra vez cómo los gobiernos que minimizan el descontento social terminan profundizando la fractura entre poder y ciudadanía. El silencio institucional, la negación o el uso desmedido de la fuerza no apagan el conflicto; lo incuban.
Este momento también se cruza con algo que en nuestra región entendemos bien: la dimensión cultural de la resistencia. El crecimiento de un discurso anticolonial en Estados Unidos incomoda porque cuestiona jerarquías históricas que parecían intocables. La migración, la identidad latina y la memoria colonial ya no son temas marginales; están en el centro del debate público.
En ese contexto, la presencia de figuras populares como Bad Bunny adquiere un significado que va más allá del entretenimiento. Desde América Latina, su visibilidad se lee como un gesto simbólico potente: un artista caribeño, cantando en español, ocupando uno de los escenarios más vistos del mundo como el Super Bowl. No es solo música; es identidad, es historia, es una narrativa que se cuela en espacios donde antes no tenía lugar.
Para muchos gobiernos latinoamericanos, este escenario resulta familiar. Sabemos que cuando la cultura empieza a expresar lo que la política no quiere escuchar, es señal de que algo profundo se está moviendo. La inconformidad ya no se limita a marchas o consignas; vive también en canciones, en redes sociales, en gestos simbólicos que llegan a millones de personas.
Estados Unidos enfrenta hoy una disyuntiva que América Latina conoce bien: persistir en una lógica de control y fuerza, o reconocer que el descontento social es una advertencia, no una amenaza. La primera opción suele producir estabilidad aparente y conflictos duraderos. La segunda exige humildad institucional, revisión de políticas y, sobre todo, humanidad.
Desde esta región, la mirada es clara: ningún país es inmune a las consecuencias de ignorar a su gente. Las protestas nacidas del dolor no se disuelven con discursos ni con armas. Se atienden con verdad, con justicia y con voluntad política real. Cuando eso no ocurre, la historia, en el norte o en el sur, termina repitiéndose.
Lo que hoy sucede en Estados Unidos no solo interpela a su gobierno. También nos recuerda, como región, que la democracia no se sostiene por la fuerza, sino por la capacidad de escuchar, corregir y proteger la dignidad humana.

Daniela González Lara
Abogada y Dra. en Administración Pública, especializada en litigio, educación y asesoría legislativa. Experiencia como Directora de Educación y Coordinadora Jurídica en gobierno municipal.


