Somos una sociedad donde la cultura del narcotráfico se ha infiltrado en casi todos los ámbitos de nuestra existencia. Partiendo de una nula cultura de la legalidad, un incipiente Estado de derecho, escasas oportunidades de movilidad social, la desigualdad y la desesperanza se han vuelto campo de cultivo aspiracional para miles de personas que ven pasar la vida sin que el tren de las oportunidades pase frente a ellas.
En este país, tristemente, las estrategias de seguridad y justicia han sido transitorias y tangenciales. Se enfocan reacción inmediata y no en la reconstrucción del tejido social ni en un diseño serio de política pública de prevención social. El estudioso John Bailey no solo conceptualiza a la policía como un cuerpo técnico y profesional, sino como un elemento sine qua non de un Estado democrático donde la gobernanza se ejerce en un ámbito de derechos humanos. Ante su ausencia, la impunidad y la marginación producen una resignación trágica: una vida corta, en la ilegalidad y “a salto de mata”, a cambio de un sustento momentáneo.
No es casualidad la cantidad de jóvenes que aparecen en la nómina del “Mencho”, recientemente abatido. La cuestión es qué pasará ahora con la filtración de esa información. ¿Nos indignará de verdad? ¿Nos llevará a las lágrimas y desgarro genuino? El riesgo es que, como ha sucedido con otras tragedias —pienso en el centro de exterminio en el Rancho Izaguirre, en Jalisco—, seamos capaces de seguir adelante normalizando el horror, bajo el consuelo de que “afortunadamente no está cerca de nosotros”.
En esa teoría del “mundo feliz” que nos construimos a diario, estas tragedias no nos sacuden lo suficiente. Evadimos la realidad aun siendo conscientes de cómo la narco-política está infiltrada en nuestras estructuras. Nos creemos seguros dentro de nuestras casas o en espacios exclusivos donde convive la “gente bien”; pero la pregunta es: ¿qué es hoy la “gente bien”? La permisividad con el Cártel Jalisco Generación ha sido tal, que la pregunta es cuando aparecerá la nómina de “alto nivel”.
El colmo es el descaro. Si bien el arte es la huella del hombre y expresión de su realidad, como lo fueron las corridos de la Revolución, hoy nos enfrentamos a una abierta apología del delito. Resulta repugnante ver los “conciertos fúnebres” en favor del capo a cargo de Pedro Segura, ex candidato en Guerrero. Su aferramiento a cantar narcocorridos y su actitud prepotente ante la crítica defendiendo lo incorrecto con cinismo y agresiones a la prensa.
Se han prohibido estas apologías, la clave sigue siendo cómo erradicar desde dentro una aspiración que nace de la falta de futuro. En un país que premia lo torcido y establece sanciones solo para quedar bien ante el escrutinio, la urgencia no es solo legal, sino mediático. No habrá paz sin instituciones sólidas, ni habrá futuro si no recuperamos la capacidad de indignarnos ante lo que nos deshumaniza y efectivamente nos lleve a la construcción de estructuras sólidas.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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