El inicio de un nuevo año suele invitarnos a formular propósitos personales: salud, trabajo, familia, estabilidad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre la responsabilidad colectiva que hoy enfrenta la humanidad en una de las etapas más delicadas de su historia.
Vivimos una era marcada por descubrimientos y avances tecnológicos que hace apenas unas décadas parecían ciencia ficción. La inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización y la capacidad de comunicación global han colocado en manos del ser humano un poder inmenso: el de transformar la vida para bien… o para mal. Hoy, una sola persona, una decisión malintencionada o una estructura sin ética puede dañar la dignidad de un individuo, desestabilizar una nación o poner en riesgo al mundo entero.
La historia nos recuerda que el problema nunca ha sido el conocimiento, sino el uso que se hace de él. Desde tiempos antiguos, la traición ha acompañado a la humanidad como una sombra persistente. Cuando Moisés condujo al pueblo hebreo hacia la libertad, no faltaron quienes dudaron, traicionaron y sembraron desconfianza. Siglos después, Jesucristo fue entregado por uno de los suyos, no por ignorancia, sino por conveniencia. Y a lo largo de los siglos, en todas las naciones, la traición ha alcanzado a héroes y heroínas que entregaron su vida buscando justicia, paz y estabilidad social, una estabilidad que, aún hoy, seguimos sin lograr plenamente.
Parte del conflicto radica en una verdad incómoda: los seres humanos no somos iguales. Compartimos dignidad, pero no genética, ni temperamento, ni historia personal, ni pensamiento. Cada persona percibe la realidad desde su propia experiencia, su razón, su conciencia y —para quienes así lo creemos— desde su propia alma. Por ello, responder a preguntas como ¿cuál es la verdad absoluta? o ¿cuál es la realidad auténtica? se vuelve cada vez más complejo en un mundo donde la información se manipula, se fragmenta y se utiliza según conveniencias políticas, económicas o ideológicas.
En esa confusión, la maldad encuentra terreno fértil. La violencia ya no se manifiesta únicamente con armas; hoy se ejerce también de forma emocional, digital, institucional y cultural. Se destruyen reputaciones, se normaliza el odio, se divide a la sociedad y se justifica el daño bajo discursos aparentemente correctos o necesarios.
Frente a este escenario, el año 2026 nos exige algo más que buenos deseos. Nos exige conciencia. Conciencia para entender que la tecnología sin ética es peligrosa; que la inteligencia artificial sin valores puede deshumanizarnos; que el progreso sin amor termina siendo una forma sofisticada de violencia.
La invitación es clara y urgente: unirnos por la paz y el amor universal. No como una consigna ingenua, sino como una decisión diaria, responsable y valiente. Usar el conocimiento para sanar y no para someter. Dialogar en lugar de destruir. Defender la dignidad humana por encima de cualquier interés.
Que este nuevo año no sea recordado sólo por sus avances técnicos, sino por un despertar de conciencia. Porque el verdadero progreso de la humanidad no se mide por lo que somos capaces de crear, sino por el bien que somos capaces de proteger.
Este llamado no pertenece a una religión, a una ideología ni a un partido político. Pertenece a la condición humana. La historia demuestra que cuando el poder se ejerce sin límites morales, los avances se convierten en instrumentos de dominación. Hoy no basta con ser inteligentes; es indispensable ser conscientes. No basta con innovar; debemos cuidar. No basta con tener razón; debemos tener compasión.
Cada palabra que pronunciamos, cada mensaje que compartimos y cada decisión que tomamos deja huella. En la era digital, esa huella se multiplica y permanece. Por eso, la responsabilidad individual adquiere un peso histórico. Callar ante la injusticia, normalizar la violencia o utilizar la tecnología para dañar también es una forma de traición al futuro común.
Que el 2026 sea un punto de inflexión. Que la humanidad recuerde que el amor no es debilidad, sino fuerza transformadora. Que la paz no es ausencia de conflicto, sino voluntad de reconciliación. Y que el mayor acto de inteligencia sigue siendo reconocer al otro como un semejante, no como un enemigo. Ese es el reto ético de nuestro tiempo y la responsabilidad que no podemos seguir postergando como sociedad global. Hoy, aquí y ahora, con decisión y humanidad plena

Héctor Molinar Apodaca
Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.
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