¿Qué haces cuando nadie está mirando?

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Son las dos cuarenta de la tarde. El embarque sale hoy. Producción viene retrasada y alguien detecta una pieza dudosa.

El supervisor hace la cuenta en dos segundos: si detiene el lote, no llega a la meta. Nadie más ha visto la pieza. El siguiente turno entra en veinte minutos.

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¿Eso es un problema de calidad o un problema de cultura?

Casi todas las maquiladoras han invertido años en construir la calidad. Manuales, certificaciones, indicadores, capacitaciones, tableros con semáforos verdes. Es una inversión legítima y muchas veces ha funcionado: Juárez no sería lo que es sin las certificaciones ISO.

Pero esa infraestructura describe lo que debería ocurrir. No garantiza lo que ocurre a las dos cuarenta, cuando aparece la presión y la decisión recae en una sola persona.

Los procedimientos dicen qué debería suceder. La cultura determina lo que realmente sucede.

Y conviene aclararlo desde el principio, porque suele confundirse. Cultura de calidad no es tener una certificación. No es tener procedimientos, ni llenar formatos, ni hacer auditorías, ni tener un departamento de calidad.

Cultura de calidad es la manera en que una organización piensa, decide y actúa respecto a la calidad, incluso cuando nadie la está supervisando.

Toda empresa tiene dos organizaciones. La formal es el organigrama, los procedimientos, las políticas, los indicadores, los valores pintados en la pared de recepción.

La real es lo que la gente efectivamente hace. A quién consulta cuando tiene una duda. Qué errores oculta. Qué comportamientos tolera. Qué conocimiento nunca documentó. Qué hace cuando aparece la presión.

Hay cultura de calidad cuando esas dos organizaciones empiezan a parecerse.

La distancia entre ambas no se abre de golpe. Se abre despacio, y casi siempre por las mismas tres puertas.

La primera: el indicador vale más que la realidad. “Hay que llegar al noventa y ocho por ciento”, dice la dirección. Y alguien ajusta la manera de medir. No mejora el proceso: mejora el número.

La segunda: encontrar un problema tiene castigo. El que levanta la mano se lleva la junta, el reporte y la mirada. La organización termina enseñándole a la gente a callarse. Y lo aprende rápido.

La tercera: el jefe dice una cosa y hace otra. Nadie aprende cultura leyendo la política de calidad. La aprende observando qué hace su líder el día que hay presión.

Porque al final la cultura es una suma simple: lo que toleramos, más lo que premiamos, más lo que repetimos.

Si decimos “reporta los problemas” pero castigamos al que reporta, el mensaje real es otro: mejor escóndelos. Y ese mensaje viaja más rápido que cualquier comunicado interno.

Aquí viene la parte incómoda, y la digo después de veinte años auditando sistemas de gestión en México y Sudamérica.

Una auditoría verifica la organización formal. Revisa registros, evidencia, trazabilidad, procedimientos. Y puede encontrar todo en orden.

Lo que sucedió a las dos cuarenta, antes del cambio de turno, no deja registro.

Por eso una certificación puede convivir durante años con una cultura enferma. No porque el sistema falle, sino porque está midiendo otra cosa.

Un auditor con experiencia sí percibe la distancia entre las dos organizaciones. La percibe en el tono que cambia cuando entra el jefe a la sala, en el operador que voltea a ver a su supervisor antes de contestar. Rara vez puede documentarla: no existe requisito que hable de lo que la gente hace cuando nadie la ve.

Y mientras esa distancia no se nombra, se vuelve costumbre. La normalización de lo incorrecto es uno de los mayores enemigos de la calidad.

Lo interesante es que cerrarla no requiere un proyecto corporativo ni un presupuesto aprobado.

Un gerente tiene un área de influencia. Un supervisor tiene otra. Un ingeniero, un operador, cada uno modifica una parte del sistema.

Y hay dos comportamientos que cambian más que cualquier campaña interna: hacer visibles los problemas en lugar de esconderlos, y escuchar a quien realiza el trabajo.

El embarque tenía que salir. La pieza era dudosa. Alguien tenía que decidir.

Lo que ese supervisor decidió no lo definió el manual de calidad. Lo definió lo que aprendió en los años anteriores, observando qué le pasa aquí al que detiene un proceso.

Esa escena, tarde o temprano, deja de ser hipotética. Puede ser una pieza, una firma, un reporte, un dato, una persona.

Y probablemente nadie esté mirando.

ADN Oscar Peinado
Oscar Peinado

Cuenta con más de 20 años de experiencia implementando sistemas de gestión, auditoría y liderazgo transformacional en empresas del sector manufacturero. Es consultor y profesor en programas de maestría y profesional especializados en tecnologías, calidad, y logística. Su perspectiva combina el rigor técnico con el análisis profundo de cómo la falta de estrategias y liderazgo debilita industrias completas.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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