La máquina también aprende

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Tercera y última entrega

En las dos columnas anteriores hemos recorrido una pregunta que parece sencilla, pero que en realidad toca uno de los cambios más profundos de nuestro tiempo: ¿qué estamos pagando cuando pagamos por un trabajo? Primero hablamos del oficio, de ese conocimiento construido durante años frente a la materia, las herramientas y los errores; después hablamos del profesionista, de la universidad, del título y de la paradoja de una sociedad que durante décadas convenció a sus jóvenes de que estudiar una carrera era la ruta más segura hacia una mejor posición económica, mientras el mercado comenzaba a llenarse de profesionistas y a devaluar, en algunos casos, la capacidad diferenciadora de los títulos. Ahora tenemos que colocar una tercera figura frente a ellos: la persona que trabaja con inteligencia artificial, que quizá no cursó una carrera universitaria, pero que tiene a su disposición una herramienta capaz de acercarle conocimientos, procedimientos y capacidades que antes estaban reservados a quienes habían pasado años dentro de una escuela o de un taller.

Aquí es donde la discusión deja de ser solamente laboral y comienza a convertirse en una discusión sobre el conocimiento. Durante siglos, aprender significó invertir tiempo. Había que acudir con un maestro, entrar a un taller, asistir a una escuela, leer libros, practicar, equivocarse y volver a comenzar. El tiempo era una barrera de entrada y esa barrera tenía un valor económico. Quien había dedicado diez, quince o veinte años a dominar una actividad poseía algo que no podía adquirirse de inmediato. La experiencia era escasa porque era lenta. La inteligencia artificial está comenzando a modificar precisamente esa relación entre tiempo y conocimiento. No elimina los años de experiencia de un buen oficial ni sustituye automáticamente la formación de un profesionista, pero sí puede reducir de manera considerable el tiempo que una persona necesita para acercarse a determinados conocimientos y, sobre todo, para producir determinados resultados. Y cuando el tiempo necesario para producir algo disminuye, inevitablemente aparece una presión sobre su precio.

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Pensemos en un ejemplo sencillo. Hace algunos años, una persona que necesitaba un cartel publicitario tenía que acudir con un diseñador, explicar lo que necesitaba, esperar una propuesta, recibir correcciones y finalmente obtener un archivo listo para producción. Hoy puede entrar a una herramienta de inteligencia artificial, describir lo que quiere y obtener en segundos varias propuestas. ¿Eso significa que el diseñador dejó de ser necesario? No. Significa que cambió aquello por lo que debería cobrar. Si su valor consistía únicamente en operar un programa, la tecnología puede sustituir una parte importante de su trabajo. Si su valor está en comprender el problema de comunicación, conocer al público, construir una estrategia visual, tomar decisiones y responder por el resultado, entonces la tecnología se convierte en una herramienta que puede aumentar sus capacidades. La diferencia parece pequeña, pero en realidad es enorme: no es lo mismo vender la ejecución de una tarea que vender la capacidad de resolver un problema.

Lo mismo ocurre con muchas otras profesiones. Un abogado puede utilizar inteligencia artificial para revisar grandes cantidades de información, un arquitecto para explorar alternativas, un contador para automatizar procesos, un fotógrafo para editar imágenes y un escritor para generar estructuras o revisar textos. El profesionista que entienda la herramienta puede producir más en menos tiempo, pero también tendrá que demostrar que sabe cuándo utilizarla, cuándo desconfiar de ella y cuándo corregirla. Porque la inteligencia artificial tiene una característica que debemos tener muy presente: puede producir una respuesta convincente y estar equivocada. Puede fabricar una referencia, interpretar mal un problema, inventar un dato o entregar un resultado técnicamente impecable que no sirve para el propósito que tenemos enfrente. Por eso el futuro no será solamente de quien sepa pedirle cosas a una máquina, sino de quien tenga suficientes conocimientos para saber si la respuesta merece confianza.

Y aquí aparece una paradoja que me parece fundamental. La inteligencia artificial puede abaratar la producción de determinados trabajos intelectuales, pero al mismo tiempo puede aumentar el valor del conocimiento profundo. Cuando cualquiera puede generar una imagen, escribir un texto o producir una presentación, precisamente esos productos comienzan a perder capacidad de diferenciación. Lo escaso deja de ser la posibilidad de producir y comienza a ser la capacidad de decidir. En un mundo lleno de imágenes, el valor puede estar en saber cuál imagen importa. En un mundo lleno de textos, en saber qué vale la pena decir. En un mundo lleno de diseños, en saber cuál resuelve realmente un problema. En un mundo lleno de información, en saber distinguir la información útil de la basura.

Por eso creo que estamos cometiendo un error cuando planteamos el futuro como una competencia entre seres humanos y máquinas. La verdadera competencia será entre personas que sepan utilizar las máquinas y personas que no sepan hacerlo. Pero incluso esa afirmación se queda corta, porque tampoco será suficiente saber utilizar una inteligencia artificial. Dentro de algunos años será tan común utilizarla que esa capacidad dejará de ser una ventaja extraordinaria, de la misma manera que hoy nadie presume en una entrevista de trabajo que sabe utilizar un procesador de textos. La ventaja estará en lo que cada persona sea capaz de aportar antes, durante y después de utilizarla.

Ahí es donde vuelven a encontrarse el oficial y el profesionista. El oficial tiene algo que la máquina no puede adquirir simplemente generando respuestas: experiencia corporal, conocimiento material, intuición construida con miles de repeticiones y capacidad para resolver problemas concretos en el mundo físico. El profesionista tiene la posibilidad de aportar método, conocimiento especializado, análisis, responsabilidad y una formación que le permite comprender problemas desde una perspectiva más amplia. Y la persona que trabaja con inteligencia artificial puede incorporar una nueva capacidad: acceder rápidamente a información, explorar alternativas y multiplicar su productividad. Ninguno posee por sí solo la fórmula completa.

Por eso mi apuesta no está en el regreso romántico al oficio ni en la defensa automática de la universidad, mucho menos en la fascinación ingenua por la inteligencia artificial. El trabajador que tendrá mejores posibilidades en los próximos años será quien consiga combinar las tres dimensiones: la experiencia del oficial, el pensamiento del profesionista y la potencia de la inteligencia artificial. Será alguien capaz de hacer, comprender y aumentar sus capacidades mediante tecnología. Alguien que no confunda una respuesta generada con conocimiento, ni un título con competencia, ni años de experiencia con capacidad para adaptarse.

Y aquí también debemos mirar al salario. El aumento del salario mínimo puede mejorar el piso desde el cual millones de trabajadores comienzan a negociar su fuerza laboral, pero no resuelve por sí mismo el problema del valor profesional. Si el trabajo básico aumenta de precio mientras determinadas tareas intelectuales se vuelven más fáciles de producir mediante IA, la estructura salarial puede comenzar a moverse de maneras que todavía no comprendemos completamente. Algunos oficios especializados pueden adquirir mayor valor por su escasez y dificultad; determinadas tareas administrativas o creativas pueden abaratarse; y algunos profesionistas que sepan utilizar la tecnología podrán producir mucho más que antes. La pregunta será quién se queda con ese aumento de productividad: el trabajador, la empresa, el cliente o la propia plataforma tecnológica.

Si hacemos una prospectiva a tres años, hacia 2029, veremos una inteligencia artificial mucho más integrada a las actividades cotidianas y será cada vez menos excepcional encontrar trabajadores que la utilicen como parte de su jornada. A cinco años, hacia 2031, probablemente será más difícil cobrar simplemente por el tiempo empleado en determinadas tareas porque el cliente tendrá una referencia distinta de cuánto cuesta producirlas. Y a diez años, hacia 2036, podríamos encontrarnos con un mercado laboral en el que el título universitario siga siendo importante, pero ya no suficiente; la experiencia siga teniendo valor, pero deba actualizarse; y la capacidad de trabajar con inteligencia artificial sea tan cotidiana como hoy lo es utilizar una computadora.

Quizá entonces descubramos que la gran revolución no consiste en que las máquinas aprendan a trabajar como nosotros, sino en que nosotros tendremos que aprender a trabajar de una manera distinta gracias a ellas. El oficial tendrá que convivir con tecnología, el profesionista tendrá que abandonar la comodidad del título como garantía de valor y quien hoy comienza a trabajar con inteligencia artificial tendrá que comprender que una herramienta poderosa no sustituye automáticamente el criterio que todavía no posee.

Al final, quizá la pregunta nunca debió ser quién va a reemplazar a quién. La pregunta correcta es qué clase de trabajador queremos ser en un mundo donde una máquina puede hacer cada vez más cosas. Porque el valor del trabajo no desaparecerá mientras existan problemas que resolver, objetos que construir, decisiones que tomar y personas que respondan por ellas. Lo que sí puede desaparecer es la idea de que cobrar más depende simplemente de haber estudiado más, trabajado más años o aprendido a utilizar una herramienta.

El futuro probablemente pertenecerá a quien consiga convertir conocimiento en criterio, criterio en decisiones y decisiones en resultados. Y si algo nos ha enseñado la historia del trabajo es que cada vez que aparece una nueva herramienta, el ser humano no deja de trabajar: cambia aquello por lo que su trabajo tiene valor.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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