Hay un pasaje bíblico que me conmueve hasta los huesos y que, con motivo de estas fechas, comparto con gusto: justo antes de la crucifixión, Jesús habló a sus discípulos de una forma de amor que no tenía comparación con el concepto común. Un amor, en lo humano y en lo espiritual, que sobrepasa nuestro entendimiento, porque estamos acostumbrados a amar a quien nos ama, pero no a los ajenos… y mucho menos como Cristo nos ha amado.
¿Y cómo es eso? Tal vez San Pablo lo explique con mayor claridad años después de estos eventos, cuando habla de la caridad en términos de sacrificio, de generosidad, de entrega a los demás, sin dejar de reconocer nuestra propia condición humana. Yo creo que ese tipo de amor está más relacionado con lo que damos que con lo que recibimos.
Y en ese mismo contexto, Jesús corona ese pasaje del Evangelio de San Juan con una frase contundente: “No hay amor más grande que este: dar la vida por los amigos”. Y al término de ese momento trascendental, que hoy conocemos como la Última Cena, Jesús llama “amigos” a sus discípulos y les pide que sigan su ejemplo.
Por eso, el Domingo de Resurrección es esencial para el cristianismo: porque Jesús se entrega totalmente. Es el límite de la expresión humana del amor. Muere en la cruz por sus amigos, por todos, y finalmente resucita, porque es Dios y porque así estaba escrito.
Pero, sobre todo, nos demuestra cuánto ama al género humano, con todos nuestros aciertos y, especialmente, con nuestros defectos; con nuestra escasa virtud y nuestra constante inclinación al error. Ese es Jesús Resucitado: el gran modelo del cristianismo, que nos invita a cambiar, a ser mejores y a valorar lo que tenemos.
El ejemplo de Jesús debería acompañarnos todo el año y toda la vida. Porque siendo Dios, eligió la humildad, el servicio y el sacrificio por los demás como su forma de estar en el mundo.
¿Qué puede esperarse entonces de cualquier hombre o mujer con una responsabilidad pública, con ese pequeño margen de poder que la sociedad les concede? No que busquen aplausos, ni que se crean superiores, sino que entiendan su papel con claridad: ser servidores. Ser cercanos. Ser útiles. Ser, en el mejor de los casos, amigos de la gente.
El mensaje de Cristo puede resultar incómodo pero necesario: gobernar no es mandar, es entregarse. No es acumular poder, es ejercerlo con humildad.
Y quizá ahí está la verdadera transformación que tanto se proclama y tan poco se practica: en entender que el poder solo se justifica cuando se pone al servicio de los demás. Que el liderazgo no se mide por la fuerza sino por la capacidad de sacrificio. Y que, al final del día, la historia no recuerda a quienes se sirvieron del pueblo, sino a quienes estuvieron dispuestos a darlo todo por él.

Cruz Pérez Cuéllar
Abogado y político mexicano de larga trayectoria, quien actualmente se desempeña como Presidente Municipal de Ciudad Juárez.


