Cada que se cambia algo en la educación de este país, pareciera que se mueven muchas pasiones, hasta los que no son expertos se vuelven. Y no es para menos. Los libros de texto no son cualquier cosa: son la primera ventana al mundo para millones de niñas y niños. Ahí aprendemos quiénes somos, de dónde venimos y, sin que nos demos cuenta, quiénes “importan” en la historia.
En estos días se ha hablado mucho del relevo en la Dirección de Materiales Educativos de la SEP. Sale Marx Arriaga, quien fue una pieza clave en la implementación de la Nueva Escuela Mexicana. Hay que decirlo como es: su papel fue determinante para empujar el llamado humanismo mexicano en los libros de primaria y secundaria. Se atrevió a mover estructuras, a incomodar, a replantear la forma en que se contaban las cosas, claro no puedo negar errores evidentes pero por esa razon…
Su proceso ya concluyó. Y eso también es sano. Las transformaciones tienen etapas. No se trata de eternizar figuras, sino de avanzar hacia nuevos niveles. Si la primera fase fue replantear el enfoque educativo, ahora pareciera que entramos a un segundo momento: profundizar la transformación con una mirada mucho más clara hacia el reconocimiento de las mujeres en la historia de México.
La nueva titular es Nadia López García. Mixteca. Poeta. Escritora en lenguas indígenas. Y cuando uno escucha eso, entiende que no es un simple cambio administrativo. Es un mensaje. Es reconocer que las voces indígenas no son adorno cultural ni folclor de ceremonia, sino pensamiento vivo, creación, literatura, historia.
En un país que durante siglos invisibilizó a las mujeres y a los pueblos originarios en los relatos oficiales, que hoy una mujer indígena esté al frente de los contenidos educativos nacionales tiene una carga simbólica enorme. No es menor. No es casual.
Y aquí entra algo que me parece interesante y que no podemos ignorar: la visión de Claudia Sheinbaum de impulsar un sexenio de mujeres. Pero no cualquier discurso vacío de “ahora nos toca”. No se está hablando de cuotas. Se habla de mujeres de ciencia, de cultura, de leyes. Mujeres preparadas, con trayectoria, con compromiso.
Eso manda un mensaje poderoso. Sobre todo a las niñas.
Porque durante décadas crecimos leyendo libros donde los protagonistas casi siempre eran hombres. Los grandes científicos, los presidentes, los héroes, los estrategas. Las mujeres aparecían como excepción brillante o como acompañantes. Y aunque nadie lo dijera abiertamente, el mensaje estaba ahí: el poder tiene rostro masculino.
Cambiar esa narrativa no es borrar a nadie. Es completar la historia. Es decirle a una niña en Chihuahua, en la sierra, en la frontera, en cualquier colonia de este país: tú también puedes. Tu historia cuenta. Tu idioma vale. Tu voz construye nación.
Y también es decirle a los niños varones algo muy importante: la igualdad no les quita nada. Al contrario, les libera. Les permite crecer sin la carga del machismo clásico mexicano, ese que les enseñó a competir todo el tiempo, a no llorar, a dominar para sentirse fuertes. Educar en igualdad es formar generaciones que se vean como pares, no como rivales.
Ahora, tampoco quiero romantizar. Ser mujer no es garantía automática de ética ni de sensibilidad social. También hay mujeres que, igual que muchos hombres en el poder, se adueñan del cargo, intimidan equipos, cierran puertas y lucran con la posición. El género no santifica. La preparación y el compromiso deberían marcar la diferencia.
Lo digo con claridad porque el feminismo serio no es aplaudir todo lo que haga una mujer solo por ser mujer. Es exigir congruencia, resultados, apertura, honestidad. Si se habla de un sexenio de mujeres, que sea un sexenio de mujeres responsables, capaces, dispuestas a escuchar y a rendir cuentas.
El relevo de Marx Arriaga por Nadia López puede leerse desde muchas perspectivas políticas, pero también puede leerse como parte de una evolución natural en un proceso de transformación educativa. La primera etapa removió el modelo tradicional. Ahora el reto es profundizarlo con enfoque de igualdad y reconocimiento histórico.
Porque la educación es poder. Decidir qué historias se cuentan y cuáles se omiten moldea la manera en que nos vemos como país. Si las mujeres científicas, las escritoras, las revolucionarias, las pensadoras empiezan a ocupar el espacio que siempre debieron tener en los libros, eso cambia mentalidades a largo plazo.
Y en lo personal, creo que necesitamos esa sacudida cultural. No para dividir, sino para equilibrar. No para imponer, sino para ampliar.
Vamos a ver cómo se van dando los cambios. Ojalá sigan siendo positivos. Ojalá la transformación siga su curso y se traduzca en contenidos sólidos, rigurosos, incluyentes. Ojalá la educación pública siga siendo un espacio donde todas y todos podamos reconocernos.
Porque al final del día, de eso se trata: de que nuestras niñas se crean capaces de lograr lo que deseen con sus vidas. Y de que nuestros niños aprendan a convivir en igualdad, dejando atrás prejuicios que ya no caben en el México que queremos construir.
La educación no se transforma con slogans. Se transforma con decisiones coherentes y con liderazgos que entiendan la responsabilidad histórica que tienen en sus manos. Hoy el tablero se mueve. Y lo que está en juego no es un nombre, sino la narrativa que acompañará a millones de infancias en su formación.
Si esa narrativa logra ser más justa, más plural y más honesta, entonces sí estaremos hablando de una verdadera evolución educativa.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


