Joaquín Sabina (10 de julio de 1994)
“Soy muy mal novio, un pésimo amante y peor marido… pero un estupendo amigo.”
Amar el destino no es rendirse al caos: es abrazar la propia naturaleza, incluso cuando no cabe en el molde del “amor romántico” de catálogo. En tiempos de relaciones líquidas, afectos optimizados y gente que presume madurez emocional como quien presume un reloj, Sabina suelta una verdad incómoda: el “éxito” en el amor no siempre se mide por bodas, aniversarios o fotografías con filtro. A veces se mide por algo más raro y más caro: la lealtad de quien se queda cuando las luces se apagan y el personaje ya no alcanza.
Hay quienes viven el amor como trámite, como escalón, como meta. “Hasta que la muerte los separe”, dicen, y uno se pregunta, sin cinismo, ¿de qué muerte hablan? A veces muere la ilusión mucho antes que el cuerpo, y otras veces el cuerpo se va y el amor se queda, intacto, como una lámpara encendida en una casa vacía.
También estamos quienes pasamos media vida idealizando el amor con esa fe torpe de que, si sigues la ruta correcta, llegas, pero cuando llega, porque sí, a veces llega, no se parece a nada de lo que imaginabas. No llega por méritos ni por estrategia, ni por haber “sanado”, ni por tener el cuerpo correcto, ni por decir las palabras correctas, llega sin pedirlo, llega como lluvia de Zacatecas, quien lo ha vivido no me dejará mentir y llega de golpe, sin aviso, y con esa precisión rara de lo inevitable.
Primer golpe de realidad, el amor verdadero no se encuentra, te encuentra y cuando aparece te reordena, no con fuegos artificiales, sino con peso, de pronto respirar se parece a tener sed; natural y urgente, de ahí que suena absurdo que hoy haya que justificarlo tanto, ¿si o no? lo simple se volvió raro, lo natural se volvió sospechoso, y lo raro, en una sociedad que vende novedades, terminó empaquetado como producto.
El amor es frágil, no frágil como lo que no vale, frágil como lo que vale demasiado. Se rompe por descuidos pequeños que, vistos de lejos, eran el puente entero cediendo, un orgullo que no se dobló, un miedo que no se dijo, una conversación que se pospuso hasta volverse silencio y eso duele porque revela algo cruel, lo más grande depende de gestos mínimos.
Aun así, el amor sigue siendo el mayor activo humano, no por utilidad, por sentido. Si uno rasca la historia, casi todo se hace y se deshace por amor, amor a la patria, a una idea, a un hijo, a Dios, a una persona, incluso la venganza suele ser amor torcido, por amor se promete, por amor se traiciona, por amor se mata, por amor se salva, la humanidad insiste, con todo y su miseria, porque en algún rincón todavía sospecha que amar es la explicación menos indigna para existir.
Luego viene lo que nadie quiere admitir en voz alta, lo malo es el después.
El dolor del amor es infernal porque no se parece a nada, no es un golpe, no es una pérdida abstracta, es la fractura de un lugar que considerabas hogar, es el derrumbe de una habitación dentro del cuerpo a veces, además, el dolor llega con uniforme moderno, una conversación que se queda en “visto”. un mensaje escrito en la mente, un “luego hablamos” que se vuelve costumbre, ese silencio no hace ruido, pero pesa y en ese peso aparece la prueba más limpia de lo que uno entiende por amor: te rompen el corazón y aun así no puedes odiar, no por santo, no por superior, sino porque algo adentro se niega a volverse veneno; puedes estar triste, enojado, humillado, confundido, todo eso cabe, pero si fue amor, queda un resto intacto, el deseo de que el otro esté bien, incluso si ese bien ya no te incluye.
Los estoicos no te piden que sonrías, no te venden optimismo de plástico, te piden algo más duro y más digno: Amor fati, amar el destino, abrazar lo que es, no porque sea bonito, sino porque es real, no para resignarte, sino para no mentirte.
Amor fati no es decir “me tocó y ya”, es decir “me tocó y lo sostengo”, es mirar la pérdida sin maquillaje y no convertirla en excusa para volverte piedra. es aceptar que amar incluye riesgo, y que el riesgo incluye ruptura, y que aun así vale, porque lo vivido no se invalida por haber terminado y lo mágico no desaparece solo porque lo infernal exista.
Es triste ver como el mundo de hoy empuja en la dirección contraria, te educa para descartar, para cambiar de persona como quien cambia de pantalla, para bloquear en vez de hablar, para sustituir en vez de cuidar. El descarte es cómodo, pero tiene un precio, nos vuelve incapaces de sostener lo que exige tiempo, presencia, disciplina, ternura, nos acostumbra a huir del conflicto y, de paso, huimos de la intimidad, huimos del riesgo y, sin darnos cuenta, huimos del amor.
Por eso amar bien, hoy, ya es resistencia, resistencia contra el mercado metido en el pecho, resistencia contra la pereza emocional, resistencia contra la tentación de convertir a las personas en opciones.
La mejor elección no es “encontrar” el amor como quien gana un premio, aquí la mejor elección es sostenerlo con calma cuando aparece, cuidarlo, no darlo por hecho, no creer que se merece. Amar, cuando es real, no viene con garantías, viene con riesgo y quizá por eso se disfruta de verdad, porque sabes que puede romperse y aun así decides cuidarlo.
Si lo tienes: míralo bien, no lo trates como producto, no lo uses como entretenimiento y toma en cuenta que el relámpago gusta, ciega, arde y se extingue, por su parte el amor es fuego, no deslumbra siempre, pero calienta y si lo abandonas, se apaga.
Amar el destino, al final, no es rendirse, es elegir no traicionarte, que te duela, sí, pero que no te vuelva piedra, porque el mundo ya está lleno de gente que se protege del amor para no sufrir y termina sufriendo igual, solo que sin haber vivido lo único que valía la pena.

Alfonso Becerra Allen
Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.


