En un mundo que parece obsesionado con el volumen, el brillo y la estridencia, la verdadera grandeza suele pasar en voz baja. Se manifiesta cuando alguien decide no imponerse, sino compartir; no deslumbrar, sino conectar. En el trabajo, en el arte y en la vida pública, la humildad y la sencillez no son debilidades: son la prueba más clara de una convicción profunda. Ahí, justo ahí, es donde se nota quién es grande de verdad.
Lo vimos con claridad en la presencia de Benito Antonio Martinez Ocasio en el Super Bowl. Más allá del escenario, de las cámaras o del alcance planetario del evento, lo que quedó fue un mensaje que no necesitó traducción: la esencia latinoamericana no se grita, se vive. La sencillez de la vida cotidiana, el amor por la naturaleza, el respeto por los amigos y la familia, la alegría compartida como acto de resistencia. Un discurso así, en tiempos de guerra y polarización como los actuales, es profundamente poderoso. Tan poderoso que, a veces, desconcierta.
Bastaba mirar las gradas para notar esa confusión: rostros anglosajones intentando descifrar un lenguaje que no venía del exceso, sino de la raíz. Incluso la aparición de Lady Gaga, con un espectáculo impecable y calculado, pareció un gesto forzado para “traducir” o incluir a quienes no terminaban de entender que la fiesta ya estaba completa. No era una exclusión; era otra lógica. Una lógica donde el centro no es el ego, sino la comunidad; donde el impacto no nace del artificio, sino del sentido.
Y es que poner de moda los valores con los que crecimos en nuestra tierra como la cercanía, la solidaridad, y el gozo simple hoy son tendencia mundial. No por estrategia de mercado, sino porque la música latina ha logrado algo extraordinario recordarnos, y recordarle al mundo, que la alegría también es una postura ética. Que bailar, cantar y celebrar no son frivolidades cuando nacen del amor y del respeto. Esa es una gran noticia.
Pero el mensaje no se queda en el escenario. Nos interpela a quienes trabajamos con y para otras personas. A quienes servimos desde lo público, enseñamos en las aulas, creamos arte, gestionamos proyectos o acompañamos procesos. La humildad no es hacerse pequeño; es hacerse accesible. La sencillez no es renunciar a la excelencia; es quitar lo que sobra para que lo esencial se vea con claridad.
Cuando olvidamos que vivimos en comunidad, el trabajo se vuelve una competencia estéril y el talento, un arma. En cambio, cuando recordamos de dónde venimos y para quién hacemos lo que hacemos, todo cambia de escala. La autoridad se vuelve cercanía. El conocimiento, generosidad. El éxito, responsabilidad compartida.
Tal vez por eso estos discursos confunden a quien espera fuegos artificiales y se encuentra con raíces. Porque la verdadera grandeza no necesita permiso ni aplauso inmediato. Se instala despacio, como una canción que al principio no entiendes del todo, pero que termina acompañándote mucho después de que el ruido se ha ido.
Hoy, más que nunca, necesitamos esa grandeza serena. En el arte, en el trabajo y en la vida. Porque la humildad no solo revela quiénes somos: también señala, con claridad, el mundo que queremos construir juntos.

Daniela González Lara
Abogada y Dra. en Administración Pública, especializada en litigio, educación y asesoría legislativa. Experiencia como Directora de Educación y Coordinadora Jurídica en gobierno municipal.


