En política, como en la naturaleza, nadie puede decretar cuándo florece una semilla.
El Kybalión describe una ley universal que parece escrita para entender también la vida pública: “Como es arriba, es abajo”. Los grandes movimientos del universo, los ciclos de la naturaleza y los procesos humanos comparten algo en común: todo tiene su tiempo, su ritmo y su proceso.
La naturaleza nunca se equivoca en sus ciclos. No existe un verano eterno, ni una primavera que pueda adelantarse por decreto. Primero viene la raíz, luego el tallo, después la flor y finalmente el fruto. Pretender saltar etapas no acelera el crecimiento, solo lo debilita.
La vida social y política funciona de manera muy similar.
Las comunidades atraviesan procesos de madurez colectiva. Surgen liderazgos, se consolidan proyectos, algunos se desgastan y otros se renuevan. Así ha ocurrido en todas las democracias del mundo y así seguirá ocurriendo porque el cambio forma parte del equilibrio natural de toda sociedad viva.
El terapeuta Milton Erickson solía dejar tareas aparentemente simples a sus pacientes. A uno de ellos le pidió que observara el pasto durante varias horas al día. Con el tiempo, el paciente descubrió que aquello que parecía uniforme estaba lleno de diferencias: tonos, alturas, ritmos de crecimiento. Erickson enseñaba que cuando aprendemos a observar con profundidad, dejamos de ver solo lo evidente y comenzamos a comprender procesos más complejos.
Hoy nuestra vida pública nos exige ese mismo ejercicio de observación.
Vivimos tiempos donde surgen voces que buscan anticipar escenarios, proyectar decisiones o construir futuros antes de que los propios procesos sociales terminen de madurar. Sin embargo, las democracias sólidas no se construyen desde anuncios prematuros, sino desde la voluntad colectiva que se expresa en la participación ciudadana.
Chihuahua, y particularmente Ciudad Juárez, ha demostrado históricamente que su ciudadanía no responde a designaciones anticipadas, sino a procesos construidos desde el contacto directo con la gente, desde el trabajo territorial, desde la cercanía y desde la confianza que se construye con hechos.
Los ciclos políticos, al igual que los naturales, no pueden imponerse. Se desarrollan.
Hoy vivimos un momento que invita a observar con mayor atención. Más que nombres, la sociedad comienza a analizar trayectorias. Más que discursos, se revisan resultados. Más que promesas, se valora la capacidad real de construir comunidad.
La transformación social nunca ocurre de forma inmediata. Es un proceso silencioso que muchas veces se gesta debajo de la superficie. Como cuando una semilla pasa meses creciendo en la oscuridad antes de romper la tierra y hacerse visible.
Podemos imaginar que la ciudadanía es el verdadero jardinero de la democracia. No todas las semillas germinan al mismo tiempo. Algunas necesitan más cuidado, más constancia y más raíces antes de florecer. Pero cuando el terreno social ha sido trabajado con responsabilidad, los frutos llegan en el momento correcto.
Hoy atravesamos un ciclo de ajuste, de observación y de toma de decisiones colectivas. Un ciclo donde la ciudadanía tendrá nuevamente la oportunidad de evaluar quién ha sabido escuchar, quién ha sabido construir y quién ha sabido acompañar el crecimiento de la comunidad.
Porque la democracia, como la naturaleza, no responde a imposiciones. Responde a procesos.
Y si algo ha demostrado la historia de Chihuahua, es que su gente sabe elegir su rumbo cuando llega el momento adecuado.
Tal vez esa sea la lección más profunda que nos regalan los ciclos: entender que el verdadero liderazgo no se proclama… se legitima.

Lucía Barrios
Psicoterapeuta, fundadora de CEFAMPI y autora. Experta en terapia breve, violencia de género y derechos humanos. Conferencista y docente en UACJ, ha liderado proyectos significativos sobre psicología y desarrollo humano.


