Se ha presentado Bad Bunny y ha causado más ruido que el marcador final del Super Tazón y su ganador. No es una exageración ni una provocación: es una lectura del momento cultural que atravesamos. Mientras el partido cerraba y un equipo levantaba el trofeo, la conversación pública se desplazó hacia otro lugar. Bastó la presencia de un artista latino en el escenario central del espectáculo estadounidense por excelencia para alterar el eje del relato. En términos simbólicos, Bad Bunny ganó desde el instante en que se presentó; y, al mismo tiempo, los Patriots (por lo que representan y por el nombre que encarnan) perdieron algo más que un partido: perdieron centralidad narrativa.
El Super Bowl ha funcionado históricamente como una ceremonia de reafirmación del imaginario estadounidense. No es únicamente fútbol americano: es consumo, publicidad, espectáculo, identidad y hegemonía cultural. Durante décadas fue una vitrina del orden unipolar, donde Estados Unidos se mostraba al mundo como centro económico, cultural y narrativo. Sin embargo, esta edición dejó ver una fisura clara en ese relato.
La presentación de Bad Bunny no fue polémica por razones musicales. No se discutió su talento ni la calidad técnica del espectáculo. El conflicto fue simbólico. Un artista latino, cantando mayoritariamente en español, sin traducirse ni suavizar su identidad para una audiencia angloparlante, ocupó el escenario central del soft power estadounidense. Su sola presencia desplazó expectativas, incomodó certezas y generó una reacción desproporcionada. Eso explica por qué se habló más de él que del resultado del partido.
Estados Unidos atraviesa hoy una crisis de identidad profunda. Ya no se trata solo de polarización política, sino de una pregunta más incómoda: ¿qué significa hoy “ser Estados Unidos”? Para algunos sectores, la respuesta sigue ligada a una idea homogénea, monolingüe y tradicional. Para otros (cada vez más visibles), la identidad estadounidense es híbrida, multicultural y en constante transformación. El medio tiempo del Super Bowl se convirtió, casi sin proponérselo, en el escenario de esa disputa.
En este contexto, la cultura se vuelve un campo de batalla. A diferencia de la política institucional, la cultura no se regula fácilmente: circula, se viraliza, se resignifica. Y eso fue lo que ocurrió. La imagen de Bad Bunny recorrió el mundo más rápido y con mayor impacto que el nombre del equipo campeón. El fenómeno no fue local, fue global. América Latina, Europa y otros territorios leyeron el espectáculo como algo más que un show: como una señal de desplazamiento simbólico del centro.
Este episodio se inscribe en un momento histórico más amplio: el debilitamiento del orden unipolar. Estados Unidos ya no controla en solitario la economía, la tecnología ni los relatos culturales. El poder se fragmenta, se disputa y se descentra. En ese escenario, imponer identidad se vuelve una tarea cada vez más difícil. Y cuando esa identidad se ve cuestionada desde dentro (en su propio evento emblemático), la reacción suele ser defensiva.
Aquí es donde el juego simbólico se vuelve particularmente potente. Los Patriots no son solo un equipo. Por su nombre, por su historia y por su lugar en el imaginario deportivo, funcionan como un signo: representan la idea clásica de patriotismo estadounidense, continuidad, dominio, centralidad. Que los Patriots pierdan el Super Bowl no es, por sí mismo, extraordinario. Pero que lo hagan en una edición donde el foco narrativo se desplaza hacia una representación cultural latina convierte la derrota en algo más que deportiva.
Mientras los Patriots (símbolo del viejo centro) pierden el control del relato, Bad Bunny “gana” sin competir. No anota puntos ni levanta un trofeo, pero se impone en el terreno donde hoy se juega el verdadero poder: la atención, la conversación, la imagen. Su victoria es mediática, cultural y simbólica. La representación latina ocupa el centro del escenario más poderoso de Estados Unidos, mientras el símbolo del patriotismo tradicional queda relegado a un segundo plano narrativo.
No se trata de decir que Bad Bunny “derrotó” a Estados Unidos, ni de romantizar el espectáculo. Se trata de entender lo que la imagen condensa. En una sola noche, el Super Bowl mostró que el centro ya no es único, que la lengua dominante no es obligatoria y que el relato hegemónico ya no se sostiene sin fricción. La cultura latina no apareció como invitada exótica, sino como fuerza central.
Por eso el ruido fue tan intenso. Porque no se discutió un partido, sino una jerarquía. Porque, simbólicamente, mientras los Patriots perdían, la representación latina ganaba. Y en ese cruce (en esa imagen) se asoma algo más grande: el fin de una certeza y la evidencia de que el orden unipolar, también en lo cultural, está quedando atrás.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


