Se viene la Semana del Arte en la Ciudad de México y, como cada febrero, la ciudad se transforma. No porque haya una política cultural ambiciosa, ni porque el gobierno haya diseñado una estrategia de largo plazo para fortalecer el arte contemporáneo, sino porque (una vez más) la iniciativa privada activa un ecosistema que el Estado observa desde la barrera. Durante unos días, el arte toma las calles, los espacios industriales, las galerías y los circuitos informales, demostrando que la vida cultural de la ciudad no espera autorización oficial para existir.
La llamada Semana del Arte no es un evento único ni un festival institucional. Es un circuito de ferias, exposiciones, inauguraciones y proyectos paralelos que coinciden en tiempo y territorio. Zona Maco, Material, Salón ACME, BADA, ferias de diseño, presentaciones editoriales, exposiciones independientes y eventos satélite conforman un mapa denso que atrae a artistas, curadores, coleccionistas, investigadores y público general. La ciudad se vuelve un recorrido: se va de una colonia a otra, de un espacio formal a uno improvisado, de una feria millonaria a una muestra autogestionada en un departamento.
Lo relevante es quién organiza todo esto. La Semana del Arte no está coordinada por la Secretaría de Cultura federal ni por la de la Ciudad de México. No hay un comité público, no hay presupuesto estatal articulando el evento, no hay una política cultural que lo respalde estructuralmente. Lo que existe es una iniciativa privada sostenida por galerías, ferias, coleccionistas, gestores y espacios independientes. Zona Maco, el eje gravitacional del circuito, es una empresa privada. Material y Salón ACME son plataformas independientes. Incluso muchos de los eventos “alternativos” se financian con recursos propios o alianzas informales.
El contraste con el discurso cultural del gobierno es evidente. Mientras la narrativa oficial insiste en una cultura “popular”, “comunitaria” y “descentralizada”, la infraestructura real que genera impacto, circulación internacional y visibilidad global del arte mexicano no proviene del sector público. El Estado administra museos, organiza exposiciones con presupuestos cada vez más limitados y sostiene una retórica de acceso, pero no articula un proyecto contemporáneo sólido que dialogue con la producción actual ni con el mercado cultural global. La Semana del Arte ocurre, literalmente, a pesar de las políticas culturales, no gracias a ellas.
Los números son incómodos. Se estima que la Semana del Arte genera una derrama económica cercana a los 1,500 millones de pesos, considerando turismo, hospedaje, restaurantes, transporte, servicios de producción, logística y una parte del impacto local de las ventas de arte. Al mismo tiempo, las ferias principales reciben más de 140,000 visitantes únicos en una sola semana. Es decir, en menos de diez días, la iniciativa privada logra activar flujos económicos, turísticos y simbólicos que muchas políticas públicas culturales no alcanzan en todo un año.
Aquí está el punto crítico: no se trata solo de dinero, sino de capacidad de organización. Las ferias coordinan fechas, evitan traslapes estratégicos, atraen prensa internacional, generan rutas de visita y construyen una narrativa de ciudad cultural global. Todo esto sin un aparato estatal detrás. Mientras tanto, las políticas públicas culturales suelen carecer de evaluación de impacto, indicadores claros de asistencia y estrategias de ainternacionalización. El resultado es evidente: el público asiste donde hay propuesta, energía y articulación, no donde hay discurso burocrático.
Durante la Semana del Arte conviven todo tipo de eventos: ferias comerciales, exposiciones curatoriales, instalaciones, performances, presentaciones de libros y fotolibros, mesas de discusión, fiestas, visitas guiadas y proyectos efímeros. Hay mercado, sí, pero también riesgo, experimentación y discurso. Hay espacios de alta especulación económica y otros de resistencia simbólica. Esa diversidad —caótica, imperfecta— es precisamente lo que mantiene vivo al ecosistema artístico.
La lección es incómoda pero clara: una iniciativa privada bien organizada hoy tiene más impacto cultural que muchas políticas públicas. No porque el mercado sea moralmente superior, sino porque el Estado ha renunciado a pensar la cultura contemporánea como un sistema complejo que requiere inversión, riesgo y visión. La Semana del Arte demuestra que cuando hay voluntad, coordinación y claridad de objetivos, la cultura no solo existe: transforma la ciudad. El problema no es que la iniciativa privada haga cultura; el problema es que el Estado haya dejado de disputarle ese terreno.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


