Febrero llega siempre con la promesa del amor. Flores, palabras bonitas, gestos públicos. Pero el amor real —el que importa— no siempre se parece a una postal. A veces es áspero, cansado, lleno de silencios. Así es el amor por Ciudad Juárez: imperfecto, complejo, pero profundamente leal.
Juárez no es una ciudad fácil de amar. Nos ha dolido. Nos ha puesto a prueba. Nos ha enseñado, a golpes, que la vida aquí se construye con resistencia. Hemos visto partir a quienes se cansaron de esperar, hemos aprendido a despedirnos sin dramatismo, como quien entiende que no todos soportan quedarse. Y aun así, muchos seguimos aquí. No por costumbre, sino por elección.
Amar Juárez es aceptar sus cicatrices sin romantizarlas. Es reconocer la violencia que nos marcó, las ausencias que pesan, las promesas que nunca llegaron. Es caminar sus calles sabiendo que no todo está resuelto, pero también sabiendo que hay una fuerza que no se rinde. Porque esta ciudad no se sostiene por discursos ni por discursos oficiales; se sostiene por su gente.
Aquí el amor se parece más a levantarse temprano, a abrir un negocio pese a la incertidumbre, a mandar a los hijos a la escuela con fe. Se parece a las madres que no se cansan, a los jóvenes que siguen soñando, a los trabajadores que cruzan puentes y fronteras todos los días sin perder la dignidad. Ese es el amor que no sale en campañas ni en fotografías, pero que mantiene viva a la ciudad.
También hay días en los que amar Juárez cansa. Días en los que uno se pregunta si valió la pena quedarse, si no habría sido más fácil empezar de nuevo en otro lugar. Esos días existen, y negarlos sería mentir. Pero incluso entonces, algo nos ata: una memoria compartida, un sentido de pertenencia, una terquedad noble que se niega a soltar.
Elegir a Juárez no significa conformarse. El amor verdadero no es resignación. Amar una ciudad también es incomodarse, cuestionar, exigir más. Es no aceptar la mediocridad como destino ni el abandono como norma. Porque quien ama, cuida; y quien cuida, señala lo que duele.
Ciudad Juárez no necesita que le juren amor eterno en fechas simbólicas. Necesita compromiso cotidiano. Necesita ciudadanos que no se vayan emocionalmente, aunque se queden físicamente. Necesita que no la tratemos como una ciudad condenada, sino como una ciudad que merece algo mejor.
Por eso, incluso con todo lo que ha sido y todo lo que falta, hoy vuelvo a decirlo sin ingenuidad: te sigo eligiendo, Juárez. No porque seas perfecta, sino porque eres nuestra. Y amar, al final, siempre ha sido eso: quedarse cuando sería más fácil irse.

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.


