Minneapolis, ciudad de lagos y vibrante vida cívica, es hoy el epicentro de una tragedia que hiela la sangre más que el invierno de Minnesota. No enfrentamos una crisis de seguridad convencional, sino un experimento de autoritarismo federal. La “Operación Metro Surge”, desplegada en este enero de 2026, ha mutado de política migratoria a ocupación militarizada. Con dos ciudadanos estadounidenses muertos —Renee Good y el enfermero Alex Pretti— a manos de agentes federales en menos de un mes, la pregunta no es sobre fronteras, sino sobre los límites del poder del Estado sobre la vida humana.
Para entender la gravedad de lo que ocurre en las Ciudades Gemelas, debemos diseccionar esta crisis bajo tres principios rectores que están siendo sistemáticamente violados.
El humanismo político nos enseña que el Estado existe para servir a la persona, no para sacrificarla en el altar de la demagogia. Las muertes de Alex Pretti y Renee Good no son “daños colaterales”; son consecuencia de deshumanizar al ciudadano. Cuando el discurso oficial etiqueta a comunidades enteras como “enemigos”, se retira el freno moral. Ver a agentes federales disparando contra civiles en zonas urbanas es la antítesis de la seguridad ciudadana. La seguridad que cuesta vidas inocentes no es justicia; es barbarie disfrazada de autoridad.
En una república sana, las decisiones deben tomarse lo más cerca posible del ciudadano. La intervención federal masiva, ignorando la autoridad del Gobernador Walz y del Alcalde Frey, es una aberración al pacto federal. Enviar tropas de choque desde Washington a patrullar barrios que no conocen, con una agenda política de “retribución”, es una receta para el caos. La fuerza bruta del gobierno central nunca podrá sustituir la inteligencia y la proximidad de la autoridad local. Al anular las instituciones de proximidad, se rompe el tejido de confianza que sostiene a la comunidad.
La ley debe ser un escudo para el ciudadano, no un arma para el gobernante. Lo que vemos en Minneapolis es el triunfo del “Estado de Fuerza”. El uso desproporcionado de recursos, la detención de observadores legales y la intimidación contra la prensa son rasgos de regímenes que han perdido la razón jurídica. Como advirtió Cicerón: “Somos esclavos de la ley para poder ser libres”. Pero cuando la ley se aplica con selectividad para castigar a ciudades “rebeldes”, dejamos de ser libres para convertirnos en rehenes.
Lo que sucede hoy en Minneapolis no se quedará allí. Si normalizamos que el gobierno federal ocupe una ciudad bajo el pretexto del orden, habremos perdido la democracia. La sangre de Renee y Alex en la nieve de enero es una advertencia roja: el autoritarismo no siempre llega con un golpe repentino; a veces llega con uniformes oficiales, prometiendo seguridad mientras nos arrebata la libertad.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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